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Jaime pastor

Fotografía: Jesús Massó

Nadie a estas alturas desconoce que vivimos momentos especialmente complicados. La actualidad, en todos los órdenes, se nos aparece con ribetes y formas borrosas que dificultan sobremanera la comprensión de lo que realmente acontece en el mundo, en nuestro país, en nuestros contextos más próximos, en nuestra propia interioridad… Quizás siempre fue así. Tal vez nunca hemos llegado a conocer cabalmente las claves de los acontecimientos y las razones que originan y mueven los acontecimientos esenciales del mundo, de nuestro entorno cercano, de nuestra subjetividad. Pero tenemos noticias de que al menos hubo un tiempo en que ese conocimiento lo creíamos posible. Poseíamos un manojo de certezas, seguramente ingenuas, pero que actuaban como tranquilizantes cognitivos. Sin embargo, ahora comprobamos que somos herederos de un desencanto descomunal. Y puede que esté ocurriendo eso tan extraño que consiste en la imposibilidad de alcanzar el conocimiento como consecuencia del exceso de información… Todo es posible hoy, puestos a no saber

Dice la opinión experta que el problema estriba en que, al abordar los asuntos políticos y sociales  —asuntos de convivencia en definitiva—  estamos haciendo un uso excesivo de la emocionalidad en detrimento de la racionalidad. Y aparecen estudios con títulos tan significativos como “La democracia sentimental”, que atribuye a esta descompensación entre emociones y razón el actual surgimiento mundial de fenómenos como el nacionalismo, la xenofobia, el populismo…

Pero claro, cabe preguntarse: ¿Y por qué se produce ahora esta preponderancia de las emociones hasta el punto de que la racionalidad queda prácticamente eclipsada? Evidente las causas no pueden reducirse a una sola, pero cualquier explicación tendría que contemplar como causa fundamental la pedagogía negativa practicada —más o menos intencionada, más o menos interesada— por las élites de los poderes hegemónicos a lo largo del extenso periodo histórico que comienza con la preponderancia mundial del liberalismo, incluida su versión neo de los tiempos más recientes. En algún momento (puede que ese momento fuera coincidente con el inicio del neoliberalismo) se produjo un punto de inflexión en las estrategias de control y dominio propias de todo poder autoritario: la manipulación del pensamiento dejó así paso al manejo de las emociones de las gentes, fundamentalmente las emociones que giran en torno al miedo y a la identidad. Y es que el pensamiento, cultivado escasamente y desactivado su potencial revolucionario, pasó a un plano secundario en el interés de las élites del poder para fabricar consentimiento y sumisión… Era el turno de las emociones, de los sentimientos. Y en esas parece que estamos.

Realmente, la potenciación interesada de los miedos y la exacerbación intencionada de los sentimientos identitarios son recursos ancestrales utilizados por los poderes de todos los tiempos. Recursos ancestrales que han seguido siendo utilizados por el poder en los tiempos supuestamente democráticos de hegemonía liberal. Creo que no descubro nada nuevo mediante estas reflexiones nada originales, pero que no han sido ni suelen ser suficientemente aireadas por los propietarios y administradores de la democracia liberal realmente existente. El tabú, el tótem, el chivo expiatorio, el pensamiento mágico, son elementos muy apreciados, bajo nuevas formas, por quienes siguen concibiendo a la ciudadanía como muchedumbre a la que dirigir y encauzar. Antes, mediante la fuerza y la opresión; ahora, con las formas suaves desarrolladas por el actual nuevo régimen definido como “democracia autoritaria”.

Por tanto, tenemos una nueva obligación moral —es decir, práctica— de resistencia: preservar el autogobierno de nuestros sentimientos y emociones. Pero hay más. Para sustentar esta moral de resistencia, necesitamos, en primer lugar, conocer muy bien el territorio que queremos preservar. Tenemos, por tanto, que tener muy claro qué es eso de las emociones y los sentimientos. No lo que nos han hecho creer que son —aquella pedagogía negativa— sino lo que nosotros, como individuos y como sociedad, queremos que sean. De ahí la necesidad de que tomemos plena conciencia de un hecho ya expresado unas líneas más arriba: el autogobierno de nuestro propio aparato emocional es parcial y limitado. Igual que la esfera del pensamiento ha sido objeto clásico de manipulación, las emociones constituyen ahora una “mercancía” disputada por los mercaderes de subjetividades, con la vista puesta en la producción de sumisión y control.

Y, desde luego, es indispensable desenmascarar ese modo de proceder recurrente del liberalismo, atribuyendo un supuesto origen y orden natural a ciertas realidades que se prefieren, interesadamente, preservar de cualquier intento de intervención humana en orden a su transformación y mejora: así ocurrió con la concepción que el primer liberalismo quiso imponer respecto del mercado, y así procede el neoliberalismo ahora en relación a las emociones y los sentimientos. Para esa maquinaria planetaria de producción de obediencia difusa en que se ha convertido la ideología neoliberal, las emociones, como el mercado, serían una realidad natural donde convendría no intervenir (y menos con criterios democráticos) para procurar su mejora.

Es necesario, pues, revertir esa concepción naturalista, substancialista, del sistema emocional humano, que nos hace desatender la posibilidad y la necesidad de mejorar muchas de nuestras manifestaciones emocionales. Lo mismo que con la racionalidad, habría que repensar una sentimentalidad que en ocasiones se torna socialmente nociva. Y este replanteamiento no cabe otro remedio que hacerlo desde un pensamiento complejo y un sentimiento también complejo. Es natural, justo y legítimo el miedo a que se complique nuestra situación personal y a que se trunquen nuestros proyectos de vida; a que se cuestionen nuestras señas de identidad y a que se quieran poner determinadas condiciones a ciertas expresiones de nuestros sentimientos. Pero no somos individuos aislados, como querría y siempre ha pretendido imponer la ideología liberal, sino personas cuya primera seña de identidad debería ser nuestra condición social. Somos en cuanto que sociedad. Ampliamos nuestra personalidad—no la reducimos, como sostienen los dueños del estatus quo— cuando nuestros intereses y nuestros proyectos de vida tienen un anclaje comunitario.

Desgraciadamente, con el fracaso colectivo por el que atraviesa estos días la sociedad española,  estamos sufriendo en propia piel los efectos de una emocionalidad quizás adecuada y válida para una Edad de Hierro Planetaria, pero que se revela como un obstáculo insalvable para la convivencia en el mundo hostil que tenemos delante. Ni los nacionalismos exacerbados de uno u otro signo, ni las manifestaciones exageradas de sentimientos identitarios, ni los deseos de ver realizados nuestros propios sueños apartando al otro de nuestro lado, pueden contener la suficiente fuerza moral para encarar el futuro. ¿A quién no le produce extrañeza que no se haya encauzado tanta vehemencia y tanta emocionalidad desatadas estos días hacia la reivindicación radical por los daños colectivos causados por las políticas de recortes —económicos y de derechos— que, esas sí, terminarán con cualquier proyecto de vida honrada y digna?

De ahí el título que encabeza estas líneas: renovar nuestro fondo de armario emocional. En primer lugar, minimizando esa brecha artificiosa entre razón y emoción. En segundo lugar, poniendo en bucle —y no en contraposición— pensamiento y sentimiento, de manera que podamos encontrar una vía más acorde con las nuevas necesidades cognitivas y emocionales necesarias para construir un mundo mejor; así pues, debemos encontrar la manera de hacer posible una configuración racional de los sentimientos y, simultáneamente, una configuración sentimental del pensamiento: el resultado, una unidad compleja y más rica de racionalidad y sentimentalidad.  En tercer lugar, asumir que no podemos seguir más tiempo atrapados por un sistema emocional rígido e inamovible, pues está claro que la mayoría de los conflictos de convivencia provienen de una emocionalidad dogmática y de naturaleza competidora.

Es necesario identificar y denunciar ese evidente interés del poder en que lo complejo se complique. Lo complejo se complica inevitablemente cuando se afronta la realidad con instrumentos (racionales y emocionales) simplistas. En fin, tenemos por delante una tarea que si nos empeñamos en hacerla desde trincheras mentales y emocionales compartimentalizadas, se nos hará más difícil entender las causas de lo que verdaderamente ocurre en el mundo, en nuestro alrededor más cercano, y hasta en nuestra propia subjetividad. Ojalá no hubiese ocurrido lo que Almudena Grandes ha descrito estos días: “Las banderas han tapado los procesos por corrupción, los asesinatos machistas, la explotación de los trabajadores precarios”.

Termino añadiendo un deseo: que las banderas no nos hagan perder de vista la necesidad urgente de salir de esa Edad de Hierro Emocional que nos empequeñece.

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