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Tellez

Fotografía por Jaime Mdc

Ochenta años atrás, no hubo prácticamente guerra civil en la Bahía de Cádiz, donde el golpe fascista triunfó con rapidez y escalofrío. Ciudades como San Fernando sufrieron en sus carnes aquel crimen colectivo, que anticipó otra masacre, la de la Segunda Guerra. Los historiadores han retratado ya, desde La Isla a El Puerto, la alevosía de las sacas, las detenciones por el simple albur de un puñado de ideas, las muertes a mano armada en plena calle o ante el paredón del escarnio o la venganza, entre delaciones que tan bien retrata Alicia Domínguez en “El verano que trajo un largo invierno” o el sadismo de Fernando Zamacola y los Leones de Rota, cuyos detalles póstumos delató incluso un jefe de Falange para evitar que su propio régimen lo condecorase.

Mientras Granada sigue buscando, a trancas y barrancas a Federico García Lorca, la ardilla de Alfonso XI se ha convertido en un largo mapa de fosas por el que cualquiera podría recorrer la Península saltando de tumba en tumba. Cádiz ha excavado algunas pero sigue sin saber donde se esconde la de María Silva La Libertaria.

En 1991, apareció “Trigo tronzado”, de José Casado Montado, un libro en torno a dicha barbarie en la ciudad que empezó a debatir La Pepa.  En sus páginas, figuraba una larga relación de víctimas, pero también de quienes él presumía como victimarios, aunque en algún caso no existiera una evidencia clara de dicho supuesto. Al menos, así lo sugiere Enrique Montiel, el escritor isleño que conoció a Casado y que fue en realidad quien descubrió, en su día, un Libro único Secreto que mandó redactar el Vicario Capitular del Obispado, mediante una orden especial que cumplieron los sacerdotes de la Iglesia Mayor Parroquial y la Iglesia de San Francisco.

Montiel prestó aquel documento a Casado, quien escribió su libro a partir de dicho y sorprendente hallazgo. Se trataba de una larga relación de anotaciones en torno a casi doscientas ejecuciones practicadas en La Isla, El Puerto de Santa María o Puerto Real, entre 1936 y 1942. Fue también Montiel, pocos años más tarde, quien me facilitó otras fotocopias de aquel libro, cuyo contenido parcial publiqué en “Diario de Cádiz”. La hija de un concejal isleño que había sido dado por desaparecido durante la contienda me dirigió una carta llena de lágrimas en la que me contaba como la última imagen que guardaba de su padre era la del batallón de pistoleros que vino a detenerlo a su casa en el 36: hasta hoy, al leer su artículo, desconocía qué había ocurrido realmente con mi padre, venía a decirme.

Llamé al Obispado, entonces. Un portavoz me aseguró que no existía constancia alguna de la existencia de aquel libro. Sus fotocopias, sin embargo, las entregué al departamento que entonces velaba por la memoria histórica en la Diputación de Cádiz. Allí se conservan, como me consta. Lo que nadie sabe es donde está el original de ese libro. Me cuentan que pronto desapareció de los archivos eclesiásticos de San Fernando, donde alguna mano justiciera los fotocopió para hacer pública su masacre.

A efectos oficiales, ese libro nunca existió. Ochenta años después de aquel infierno, la Iglesia Católica podría, al menos, reconocer su existencia y brindarlo a la pesquisa de los investigadores. Quizá así atenuara, al menos, su vieja complicidad con aquel golpe de Estado que mató, como cantara Cecilia, un millón de sueños.

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