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La vida nos arrastra y vapulea como una ola embravecida. La vorágine del día a día fagocita sin remedio las agujas del reloj, las páginas del calendario, los cumpleaños y nocheviejas. Nuestro motor particular acelera cada día al sonar el despertador y frena, agotado, al llegar la noche. El trabajo nos envuelve, la familia nos demanda, las amistades nos anhelan y todos aquellos desafíos pendientes nos esperan con desidia. Y nosotros, mientras tanto, vivimos tarareando con resignación el Don’t stop me now de Queen. Y precisamente necesitamos todo lo contrario. 

De repente, sin esperarlo, un virus cuyo origen real no sé si llegaremos a conocer algún día, ha pulsado el botón de pause, y nos ha ofrecido una oportunidad única e irrepetible de parar y mirar, de mirar y pensar, de pensar y actuar. Dentro de la gravedad sanitaria de la situación, la pandemia sobrevenida nos ha ofrecido un escenario inesperado y dramático, pero también nos ha brindado una coyuntura necesaria de interrupción del frenético devenir de nuestra existencia, abocado, sin duda, a la demencia y el cataclismo. Al igual que la madre naturaleza ha acogido este tiempo de tregua como un respiro transcendental en el que ha disminuido la contaminación, la sobreexplotación y el cambio climático; el ser humano debe amparar esta parada como un regalo que nos permitirá resetearnos y regresar, cuando todo esto concluya, con una concepción y mentalidad diferentes.

Alvaro perez post
Imagen de Couleur en Pixabay

En este sentido, se nos ha abierto un resquicio, una vía de escape irrechazable, la posibilidad de retomar cuestiones pospuestas desde hace años;  rescatar esas lecturas atrasadas y esas otras que nunca habíamos pensado acometer; echar de menos, como nunca, el abrazo de nuestros seres queridos y confirmar cuán importantes son para nosotros; ordenar nuestras estanterías mentales y físicas, llenas de sueños, proyectos, ideas descabelladas, libros polvorientos, facturas y manuscritos; ponerte al día con las recomendaciones cinematográficas y, por qué no, revisionar (aunque es más correcto decir rever) películas que han marcado nuestra vida; volver a escuchar aquella comparsa que no superó las preliminares en el año 86 y cuya grabación te pasaron hace siglos; regresar a la infancia más irracional para entretener a tus hijos con las más disparatadas creaciones; …

Pero también, por qué no, es tiempo de evidenciar que nuestra aptitud culinaria sigue siendo igual de calamitosa que antes de la cuarentena; comprobar que somos capaces de odiar himnos musicales ochenteros adaptados por mor de una epidemia; cerciorarte (aunque ya lo sabíamos con seguridad) de la incompetencia de la clase política que tiene nuestro país; comprobar la elevada majadería del ser humano, reflejada en desatinados post, exhibidos sin pudor en los escaparates de las redes sociales; desarrollar nuestra competencia digital a través del experto dominio de “novedosas” herramientas para hacer videoconferencias, el aprendizaje de recursos para grabar vídeos absurdos, y el descubrimiento del “internet de las cosas”; aceptar estúpidos “challenges” ingeniados por las cabezas pensantes más “prestigiosas” del mundo mundial; y afrontar otros tantos benditos pasatiempos insustanciales que antes no podíamos concebir.

Tiempo, tiempo, tiempo, … Las terribles circunstancias nos han ofrecido un tiempo que no disfrutábamos, ¿lo sabremos aprovechar? No se trata de ocupar ese tiempo en su totalidad por temor a perderlo. Fijaros que yo promulgo algo que puede resultar contradictorio, la esencial encrucijada que se nos presenta es, sin duda, la perspectiva de detener el tiempo, respirar hondo, pensar en lo que hemos hecho hasta ahora y, sobre todo, en lo que queremos hacer a partir de ahora. El ser humano es el único animal con la “meritoria” capacidad de tropezar dos veces con la misma piedra, y es probable que no saquemos ningún aprendizaje de esta situación (soy así de negativo), pero no podremos decir que no hemos tenido la oportunidad de resetearnos y cambiar nuestro futuro.

A mí, en particular, esta congruencia me ha dado la oportunidad, entre otras cosas, de sentarme, con cierta tranquilidad, a escribir esta humilde reflexión para El Tercer Puente, …

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