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Nene
Fotografía: Jesús Massó

Los pájaros del barrio son confiados y cantarines. Anuncian la llegada del día y en ese instante parece posible la felicidad. Por la cuesta de Jabonería asoma un sol casi de campo, un sol que se posa sobre los adoquines como si fueran trigo.  El baldosín de Fray Leopoldo luce unos claveles rojos aun sin marchitar y la señora Elvira al pasar le hace un saludo alzando la mano, un brindis torero de majeza y advertencia: no vayas a fallarme.

Desde el muelle, un barco con apariencia de edificio vomita hacia la plaza de San Juan de Dios un ejército de turistas achicharrados. Calzados con sandalias y calcetines, siguen a una guía que habla en extranjero y se tapa con una sombrilla que dice en letras coloradas “Serenade of the seas”. Esto de la serenata de los mares parece tener eco en tierra y por la plaza pululan artistas espontáneos de todas las castas: desde el guitarrista al que da gusto escuchar, hasta el tipo del acordeón al que pagarías para que se fuera a dar la murga a Bahía Blanca, pero allí no va porque sus vecinos no dan dinero, únicamente Ferreros Roché revenidos. Bahía Blanca tampoco la visitan los palomos, solo estorninos que se conoce que prefieren ir a cagarse sobre los ricos. El estornino es un pájaro con mucha conciencia de clase, algo que abunda tan poco como el lince y la buena educación.

Bahía Blanca es un barrio triste, un barrio que más que barrio es zona. Volvemos a la plaza porque hay más ambiente. La señora María y el señor Diego hablan con el vendedor de cupones. A la señora María le quedan pocos dientes, pero mucho arrojo y valentía. Desde sus más de ochenta años contempla la vida con una suerte de resignación y complacencia. María y Diego saben que la felicidad es esquiva y hay que buscarla en las cosas pequeñas.

Un pequeño chaparrón ha recluido al personal en los soportales del Ayuntamiento mientras por la calle que sube al Campo del Sur se abre la puerta de la residencia de mayores para dejar pasar a la señora Micaela, quien todos los días, mañana y tarde, llueva o truene, coge sin destino el autobús número 2 y recorre la línea entera únicamente para observar la vida, otras vidas metidas en las horas que pasan. Desde su asiento mira las huellas que ha dejado la lluvia en el cristal y, en ese instante, el sol abre una brecha en el cielo plomizo y ella alza la mirada para atrapar la luz, para ofrecerle al día lo que queda.

Una voz en off va desgranando los nombres de cada parada. En «Mirandilla» sube un niño que parece albino, pero resulta ser alemán. Hoy solo viaja gente apresurada y húmeda, gente que mira hacia adentro, como los dementes y las personas tristes.

A Micaela hoy le cuesta vivir, igual es porque nadie estará esperándola en la última parada o porque los pájaros no cantan en los días de lluvia.

Por Jabonería, esta calle empedrada de alegrías pequeñas, baja despacio la esperanza despidiendo el día. No es jueves, ni es santo; es un día cualquiera en su grandeza.

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