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Hombre campo del sur

Fotografía: Jesús Massó

Siempre he tenido dudas con respecto al lugar que ocupamos en la sutil línea que va del deseo a la realidad. Una dicotomía, esta de la realidad y el deseo, que se encuadra en el más absoluto de los surrealismos, como nosotros, como nuestra ciudad, que presume de vender historia y patrimonio, pero en un puesto del Piojito. Me explicaré, para que me entienda. Desde hace años, las tiendas de los museos han pasado a formar parte de su carta de servicios, contribuyendo no solo a su autofinanciación, sino también a mejorar la experiencia del visitante y a reforzar las marcas de la institución. No hace falta que le diga, porque usted también lo sabe, que hay museos que se cotizan casi más por su tienda que por su colección, y aunque pueda resultarle exagerado, ahí están los datos. El pasado año, la tienda de un museo como el Thyssen facturó tres millones de euros –con el top ventas en fundas de gafas-, el Guggenheim cuenta con un diez por ciento total de ingresos que proceden de la venta de camisetas y marcapáginas fundamentalmente; y en 2014 el Museo del Prado cifraba en más de cinco millones la facturación de la venta de sus suvenires, con los abanicos como pieza estrella. Reconózcalo, usted también es de los que compra en esos paraísos del kitsch que le salen al encuentro antes de llegar a la salida de un museo.

Yo, que soy una fanática de las tiendas de los museos y que en muchas ocasiones he llegado a pagar por ver una exposición que no me interesaba nada por el simple hecho de poder acceder a la tienda, atesoro todo tipo de lápices, gomas, carpetas, cuadernos que reproducen las obras de arte que más me gustan. Son objetos relativamente baratos, sin más pretensiones que las de terminar sus días en cualquier oficina o mesa de trabajo, pero con el poder absoluto de evocarnos momentos casi siempre felices. En fin. Yo, que soy una fanática de este mundo de suvenires, siempre he pensado que en esta ciudad vamos muy por detrás de todo esto, y pisando el freno.

Aquí, donde se puso el non plus ultra que traducido resulta, es imposible adquirir este tipo de mercaderías museísticas. Ni el Museo de Cádiz, con sus sarcófagos –imagínelos en forma de sacapuntas, por ejemplo- con la Tía Norica y con sus Zurbaranes; ni el Museo Municipal con la maqueta, ni el del títere, ni el yacimiento Gadir, ni la Santa Cueva – ¡esos Goyas!- contemplan la posibilidad de tener una tienda de donde llevarse un pedacito de esa historia que tanto nos gusta refregar al mundo. Ni siquiera el Teatro Falla, al que cada vez más acuden peregrinos carnavaleros que estarían dispuestos a llevarse una reliquia en forma de ladrillito colorao o de lápiz o de postal.

Nada. Imposible. Los turistas, cruceristas de bolsillo XS en su mayoría, se tienen que contentar con el imán de la gitana y la taza chunga que pone Cádiz, como podría poner Bollullos de la Mitación.
Porque mientras no cuidemos el producto, raro será que vendamos la burra. Y no solo de puestas de sol vive el hombre.

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