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¿O es que no reconoces a tu hermano
cada vez que se cambia de camisa?

Alberto Porlan

Es tiempo de flores, tiempo de vírgenes, tiempo de libros, tiempo de palabras en definitiva y, concretamente, tiempo de palabras que se lleva el tiempo. Urna is coming.

Venimos con el lodo pegajoso del miedo que nos han dejado en la piel unas elecciones generales que no están a la altura del verbo elegir pero en las que se reconoce demasiado el verbo señalar. Ahora, sin apenas tiempo de recomponernos del bombardeo general que hemos sufrido, nos toca enfrentarnos a nuestros vecinos. Muchos de nosotros ya estamos en casa afilándonos las garras. Miramos a nuestro alrededor buscando víctimas a quienes señalar o amedrentar o convencer en el mejor de los casos. Buscamos a nuestro alrededor a quien juzgar por su ideología política, por su incoherencia política o por buscar un culpable que nos permita saciar la sed de nuestro dedo índice.

Senalar es de mala educacion
Fotografía: Jesús Machuca

Mi madre siempre decía que señalar era de mala educación. Yo no sé si tengo mala o buena educación pero desde luego me cuesta mucho señalar, sin embargo muchas veces sí me señalo.

El señor que me vende cada día tres barras de pan por un euro y una sonrisa no dejará de vendérmelas aunque su voto y el mío no coincidan. No dejará mi hermano de ser mi hermano por mucho que vote a Ciudadanos, ni mi vecina dejará de darme los buenos días en la penumbra temprana de la escalera por mucho que se abstenga.

A pesar de nuestro estar político, seguiremos siendo gente aunque en estos tiempos que corren no nos lo parezca. Esta discriminación política a la que nos sometemos bien podría llamarse racismo político y, por supuesto, la epidemia se extiende a todos los frentes que ampara la política. Como todos somos seres políticos por el mero hecho de estar vivo, a todos nos afecta en mayor o menor grado.

No sé en qué momento pasó, pero está pasando. Siempre hay una verdad suprema (que no es tan diferente a un dios todopoderoso) que nos justifica y, peor aún, nos identifica y para colmo de males nos permite creernos seres de luz (¡Ay, si los Iluminatti levantarán la cabeza!).

La supremacía moral, que resulta de cualquier verdad absoluta, es el primero de los síntomas de esta peligrosa epidemia que nos recorre hoy la sangre. No caigamos en la trampa de las vírgenes de la democracia y no señalemos con nuestro dedo leproso al tendero de la esquina, ni al luto de la beata de misa de ocho, ni a la frutera rolliza que te vende con desgana, ni a la muchacha del estanco que te llama por tu nombre, ni al capillita, ni al chirigotero, ni al de derechas, ni al de izquierdas porque da lo mismo: son (somos) gente. Y ser gente es mucho más glorioso que ser solo una cosa. Una cosa con su significado único, con su silencio, con su jaula, me parece demasiado poco para ser y mucho menos para señalar y/o juzgar a alguien.

Es tiempo de cuevas, tiempo de sangre, tiempo de guerras, tiempo de redes, tiempo de palabras, en definitiva, y concretamente del tiempo que se lleva las palabras.

P.D. Estas palabras no están escritas desde el buenismo, ni mucho menos: están escritas desde el antimalismo que no es lo mismo.

FIT

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