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Fernando de la riva

Fotografía: Jesús Massó

Dice un amiguete que “con la edad me estoy volviendo un hater“.

En una sola frase, el tío viene a llamarme viejuno y odioso, o más bien odiador, que es lo que significa esa palabra inglesa de moda. O sea, dicho en castellano castizo, un viejo cascarrabias con mala leche.

Y todo porque me permito criticar públicamente, en las redes sociales por ejemplo, lo que me da la gana, en su opinión sin ninguna objetividad.

Como si la objetividad fuera posible, más allá del pensamiento científico (y tampoco estoy muy seguro). Como si la subjetividad no fuera la condición natural de lo que piensan, dicen y hacen los sujetos, o sea las “personas humanas”.

A ver si el problema va a ser que critico lo que, en la opinión (¿objetiva?) de mi amiguete, no debe criticarse o más bien lo que él defiende.

Digo yo que nadie está en posesión de la verdad, ni siquiera él o yo, que esa verdad -como decía el difunto Aristóteles- es la suma de todas las partes. Pero también digo que la crítica es siempre necesaria, incluso cuando pueda estar equivocada, porque solo con ella es posible salir de la zona de confort y poner en cuestión nuestras palabras y actos.

Si únicamente contáramos con el apoyo y el aplauso de nuestros “fanboys“, que es como se llama -en inglés, of course– a los que jalean y adulan a sus ídolos, todo sería más de lo mismo para que todo siguiera igual. Como cantaba aquel: “estamos tan agustito”… que para qué cambiar.

El rechazo a la crítica, o lo que es lo mismo, la censura, es algo propio de los autoritarismos de todos los colores. En eso coinciden, no les gusta un pelo.

Los autoritarismos no aprecian a los disidentes, la diversidad de opiniones, son más de pensamiento único, de palmeros, de gente que solo sabe aplaudir, a la que todo lo que haga el líder (supremo, por ejemplo), o la lideresa (que también haylas), lo que hagan “los míos”, les parece bien y todo lo que hagan “los otros” les parece mal.

El autoritarismo quiere gente que renuncie a su sentido crítico en nombre de una lealtad mal entendida, que se parece mucho a aquella “adhesión inquebrantable” del franquismo.

Como entonces, para los autoritarismos, quien critica o discrepa es una amenaza, parte de la conjura judeo-masónica, traidor, desleal compañero de viaje, gente que le hace el juego al enemigo.

No se me escapa que hay poderes fácticos, grupos empresariales o medios de comunicación por ejemplo, que en nombre de la crítica legítima y de la libertad de expresión esparcen el bulo y la mentira para hacer daño a quienes amenazan sus privilegios de casta o de clase. Pero ese hecho penoso no puede volverse coartada para sofocar cualquier crítica y para convocar adhesiones palmeras.

El único límite de la crítica, en mi opinión, está en el respeto a las personas, en evitar la descalificación personal como recurso ante la ausencia de otros argumentos, algo tan habitual por ejemplo en la disputa política. Pero, desde el respeto, creo que toda crítica es válida, aunque –repito- pueda estar equivocada.

Pero, pensándolo bien, quizás sea cierto, como dice ese amiguete, que con la edad me estoy volviendo más criticón y menos correcto, políticamente hablando.

Siempre he sido bastante impertinente y un poco bocas, aunque cuando eres joven te preocupa caer bien, no cerrarte puertas, hacer amigos…por lo cual cuidas más las formas y los objetos de la crítica.

Pero conforme vas cumpliendo años te importa menos el qué dirán, aprendes que es imposible caerle bien a todo el mundo, que no se puede vivir o actuar tratando de agradar a todos (y mucho menos a quienes no te quieren bien) y te permites decir lo que piensas aunque pises algún callo por el camino.

Decía alguien, de cuyo nombre no puedo acordarme (será la edad), que a las personas se las conoce por sus amigos pero también por sus enemigos.

Pues eso, que ciertos enemigos son la prueba de que no vamos tan desencaminados. Es más, debería preocuparnos antes el elogio de ciertos enemigos que la crítica de los amigos. Como dice la sabiduría popular: “Es mejor que un amigo te diga hijo de puta a que un hijo de puta te diga amigo”.

Dicho sea sin ánimo de molestar.

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