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Jaimepastor
Imagen: Pedripol

Superada la sorpresa, ¿deberíamos celebrar —seamos o no pensionistas— el cambio de criterio del gobierno de Rajoy respecto a las mejoras de las pensiones? La sorpresa surge porque, inexplicablemente, el gobierno del PP ha sacado de la chistera un pico de millones de euros para atender una parte sustancial de las reivindicaciones de quienes perciben una pensión pública. Digo sacado de la chistera porque, sin duda, ha sido un juego de manos, un recurso a la magia, teniendo en cuenta que, hasta ahora, el propio Rajoy aseguraba por activa y por pasiva que no los había, y que no existía manera alguna de conseguirlos… Y de pronto, ¡ale hop!, los hay: pura magia, repito. En cuanto a celebrar esta rectificación —ya que agradecerla quedaría feo democráticamente hablando— creo más adecuado escribir unas líneas de reflexión en clave aguafiestas.

Ironías aparte, resulta que —como seguramente conocen ustedes—, siendo decisivo en función de la aritmética parlamentaria el voto del PNV para la aprobación de los Presupuestos Generales presentados por el gobierno del PP, el partido nacionalista vasco puso finalmente como una de las condiciones para apoyarlos que se incrementaran las pensiones públicas en todo el Estado un 1,60%, en línea con la subida del IPC, tal como reclaman las y los pensionistas, entre otras medidas. ¿Debería este colectivo estar de enhorabuena y dar las gracias al gobierno —como reclamaba el desafortunado y tosco portavoz Rafael Hernando— ante esta “generosa” medida del ejecutivo de Rajoy? Pues parece que no. Pensionistas de toda España, lejos de mostrar agradecimiento, insisten en su insatisfacción, y aseguran que continuarán con  las movilizaciones.

Efectivamente, no sólo quienes perciben una pensión pública, sino la sociedad en su conjunto, tienen —tenemos— motivos para la indignación, por muy “generosa” que pueda parecer al referido portavoz del gobierno, y a su partido, esta lluvia de zanahorias montorianas esparcidas sobre un colectivo tan importante en número y significación social, como es el de aquellas personas que viven de una pensión. Porque tanto el gobierno de Rajoy (PP) como el de Urkullu (PNV), con la concesión de esta subida lineal de las pensiones, han dado un paso más hacia ese futuro-presente de una democracia supuestamente democrática en la que para alcanzar la gracia (no el reconocimiento, el respeto y la salvaguarda de derechos) de los poderes políticos de turno, la ciudadanía se ve obligada a entregar a cambio lo que quizás constituya el valor inmaterial humano por antonomasia: la dignidad.

Y es que no puede calificarse de otra manera que de indigna esa práctica “política” que hace descansar una insignificante y tardía subida de las pensiones sobre la aprobación de unos Presupuestos Generales del Estado también indignos, en cuanto que constituyen un paso más en el proceso de descredito del ya de por sí endeble sistema democrático que nos quieren hacer pasar como modélico. Pero ya sabemos que para el liberalismo existe la libertad (la libertad liberal), pero no existe la dignidad (la dignidad personal) de la gente corriente y concreta…, especialmente de aquella gente menos favorecida en el desigual, injusto e ilegítimo reparto de las rentas. A ese mecanismo “político” indigno, que obliga a entregar al completo la dignidad a cambio del reconocimiento incompleto de un derecho, es a lo que está negándose con contundencia y responsabilidad el movimiento de pensionistas.

No deberíamos perder de vista un hecho fundamental para la comprensión de todo lo que está ocurriendo no sólo en España, sino en el mundo “democrático” en su conjunto, es decir, en ese contexto que con grandilocuencia interesada se suele denominar “la cultura democrática occidental”. Porque este caso que estamos analizando, la práctica de una “política” indigna, hecha de puro e interesado tacticismo, no es un episodio aislado en el devenir de esta democracia liberal escasamente democrática que cada vez estamos disfrutando menos y vamos a padecer más, a juzgar por las tendencias que apuntan en esa dirección, y que se confirman a cada día que pasa. Veamos…

Hubo un tiempo —que no debería producirnos rubor intelectual en llamar historia del movimiento obrero— en el que los logros literalmente arrancados por la clase trabajadora a los poderes de la explotación, el dinero y el seguidismo político, lejos de rebajar la dignidad y la autoestima de los trabajadores, las incrementaban, porque tanto los movimientos reivindicativos como los logros penosamente alcanzados eran consecuencia de una conciencia de clase (una “cosa” que los “modernos” neoliberales pretenden desactivar tratando de convencernos de que es una antigualla de la historia). Tanto las acciones reivindicativas, como los logros, eran causa y efecto de una conciencia del valor de la unidad y de la solidaridad entre quienes no tienen más riqueza que su trabajo. Escribo estas líneas el día uno de mayo, desactivado Día Internacional del Trabajo, y pienso que esa dignidad fundamentada en la conciencia de pertenecer al numeroso colectivo de los comunes, esa conciencia del valor de la unidad, de la importancia de la actitud crítica, de la determinación de no dejar pasar ni una a los poderes indignos e ilegítimos…, esa dignidad es la que se ha intentado extirpar de la subjetividad de la gente trabajadora. En su lugar, desde el Poder, se ha pretendido conformar una masa pastoreada de trabajadores postmodernos, clínicamente desmemoriados a propósito.

En lugar de trabajadores reivindicativos, dignos y orgullosos de serlo, se les ha querido reducir de nuevo a la categoría de siervos de la gleba, propia de otros tiempos. Sujetados a faenas trastocadas y precarias, autóctonos sempiternos del tajo, y hasta hace poco atiborrados de entelequias tan aparatosas como evanescentes llamadas “poder adquisitivo”, “calidad de vida”, “progreso”, “cultura del ocio”, y otras seductoras excrecencias de origen liberal-anal, sobreviven en estos tiempos de plomo con jornales de miseria, horarios de goma, y despojados muy a menudo de su dignidad… Desmesuradamente “informados” ahora por una desinformación inducida, y que por su característica inflación suele impedir el conocimiento cabal de las cosas, casi se ha conseguido hacerles olvidar el pasado tortuoso, pero digno, de las conquistas de ese movimiento obrero que ahora se quiere presentar como una reliquia del pasado, prescindible por tanto, según el taimado pensamiento contable neoliberal.

Este es el panorama laboral impulsado por las élites hiperfavorecidas gracias al imperio de unas leyes expresamente legisladas a su favor. Cada reforma significa, en realidad, una vuelta de tuerca más en el proceso de incremento de la explotación y de las desigualdades, que son ya hirientes en el mundo… Había algo más que robar que aquella “vieja” plusvalía, de la que ya consiguieron apropiarse: ahora están intentando, como ya he señalado, despojar a ese mundo del trabajo postmoderno, de diseño neoliberal, incluso de su dignidad. Se llevó a cabo una previa operación de individualización, de aislamiento (sindicación para qué); se favoreció la desmemoria de aquella lucha obrera, y se esparció sobre la sociedad un miedo constante y difuso que disuade la acción reivindicativa.

Afortunadamente, no todo está perdido: movimiento 15M, presencia masiva de un feminismo siempre activo, activismo de pensionistas, mareas y plataformas reivindicativas diversas… La dosificación discrecional de zanahorias como burdos cebos resulta ser una maniobra zafia e indigna que sólo sirve para retratar a los políticos que hacen uso de ella. La gente va siendo de nuevo consciente de que, en democracia (en auténtica democracia), los derechos no son materia de intercambio por migajas de zanahorias, porque el principal derecho es la dignidad. Y la más irrenunciable responsabilidad de quienes están ahí en representación de la soberanía popular es, precisamente, proteger a la gente, a la ciudadanía, de esos poderes globales que cada día intentan privarnos de la democracia y de la dignidad. Ante políticas engañosas e indecentes, insistamos: así no; sin dignidad, no. No obstante, puede que surja una duda inevitable: ¿sabrán los acaparadores de las zanahorias qué es eso de la dignidad?

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