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M ariza
Fotografía: Jesús Massó

¿Alguien recuerda el monólogo de Antonia San Juan en Todo sobre mi madre? Una sombra avanza sobre las tablas. El telón está echado, y el público llena el patio de butacas. Pero en vez de comenzar Un tranvía llamado Deseo, es La Agrado quien aparece en la palestra. “Por causas ajenas a su voluntad, dos de las actrices que diariamente triunfan sobre este escenario hoy no pueden estar aquí. Así que se suspende la función”. Pero en vez de limitarse a dar la mala noticia, el personaje empieza a improvisar, e invita a los espectadores que lo deseen a quedarse, y a disfrutar de un show algo más frívolo e intrascendente que el drama que habían ido a ver. Pues bien, salvando todas las distancias, es justo lo que me dispongo a hacer ahora.

La dirección de ETP tiene a bien invitarme a publicar en sus páginas cada cierto tiempo, algo que me entusiasma, pero que me supone siempre un nuevo reto. Como podrán ver en la nota biográfica de más abajo, no soy ni periodista ni un profesional de la escritura. Así que dependo de un montón de factores para llevar a buen puerto mi colaboración. Carezco de la disciplina necesaria para escribir de un modo continuado, de ahí que mis obras completas no contengan más que un puñado de canciones, un par de comedias, y algunos cuentos y artículos. A pesar de todo, acepto la invitación de colaborar con esta revista siempre que dispongo de tiempo, y cada vez que lo hago me esfuerzo por dar lo mejor de mí.

Pero esta vez no pude abordar el artículo como me habría gustado. Una larga mudanza, el catarro que aún arrastro, y otras vicisitudes con las que no quiero aburrirles, me impidieron hacerlo. Necesito empezar rumiando la idea durante algunos días. Y digo “rumiar” porque es el verbo que mejor describe esa parte del trabajo previo. En realidad no pienso ni estructuro ni nada que se le parezca. Solo le doy vueltas a la idea dentro de la cabeza, como ropa en una lavadora. No sé cómo, eso hará que todo sea un poco más fácil cuando decida sentarme a escribir. Pero, incluso llegado ese momento, soy un autor indeciso y puñetero, así que siquiera esta última parte del proceso me suele salir de un modo fluido. Al final, el tiempo se me echaba encima, tenía que entregar el artículo hoy y anteayer siquiera había empezado a plantearlo.

Ese es el motivo por el que estoy aquí, como La Agrado, contándoles mi vida y milagros, a falta de una propuesta mejor, asumiendo la misión de salvar los muebles, echándole morro a la posibilidad de colocar este texto apresurado entre la calidad crítica y analítica de mis compañeros colaboradores. Así que pueden pasar al siguiente artículo si lo desean, pero como diría La Agrado: “A los que no tengan nada mejor que hacer, y para una vez que venís al teatro, es una pena que os vayáis. Además, si les aburro hagan como que roncan, así: grrrrr. Yo me cosco enseguida y para nada herís mi sensibilidad, eh, de verdad”.

Y ya que les estuve hablando del modo en que me enfrento al hecho de escribir, se me ocurre que podría ahondar por ese camino un poco más.  En los talleres de creación literaria, a la mayoría de los alumnos les interesan los trucos usados por los escritores más veteranos. Yo no soy un autor de éxito, así que los consejos que pueda darles no les ayudarán a triunfar en la literatura, pero resulta que llevo juntando palabras bastante tiempo, cuento con un reducido grupo de amigos que aseguran que no lo hago mal y, sobre todo, necesito con urgencia un tema para este artículo que ya llevo por la mitad, así que me decanto por seguir por ahí.

Pero descuiden, para evitar que mis consejos literarios se les hagan bola, les daré forma de decálogo. La efectividad comercial y didáctica de esta fórmula se remonta ya a los tiempos de Moisés. Así que ni vaselina ni ostias, nada como dividir cualquier cosa en diez trocitos para que entre mejor. También empezaré a usar la segunda persona del singular para hablarles a partir de ahora. Quedará más íntimo y amigable. Y, ya por último, y teniendo en cuenta que son las mujeres quienes más leen y escriben, y puestos a cumplir con la razonable cuota de un lenguaje no sexista (pero alejado de esas fórmulas que buscan contentar a tod@s y que me son inasumibles), les propongo usar el femenino como género neutro. No estoy cien por cien seguro, pero creo que sería la segunda persona del femenino/singular. ¿Os vale? Pues ahí van mis:

Diez consejos para escritoras nóveles, tengas la edad que tengas.

-Empieza por poner una palabra detrás de otra, y sigue todo el tiempo que puedas. Procura no mirar atrás ni releer. Se trata de comprobar hasta adonde eres capaz de llegar. Pronto descubrirás que es una actividad muy distinta a pasar las mañanas chateando. Escribir sin un interlocutor que te responda es algo parecido a hablar con una pared. Una actividad de locos que empezará a perturbarte desde el primer momento. Siento la mala noticia, pero era importante que lo supieras.

-Si a pesar del riesgo psíquico que ya sabes que entraña, estás decidida a pasarte media vida sola, encerrada en tu cuarto y delante del procesador de textos, allá tú. Tarde o temprano te verás obligada a adoptar, o adaptar a tu estilo, la triste reflexión de Truman Capote: “Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse”. Hacerlo no te servirá de mucho, ya te lo digo yo, pero dará a tu carrera literaria un toque drama queen muy efectista. Suerte.

-Empieza a comportarte como un genio en cuanto hayas terminado tu primera página. Da igual su calidad, la literatura necesita de nuevas niñatas que se sueñen Virginia Woolf y adolescentes idiotas y chulescos como Rimbaud. Es una cuestión de sangre nueva, de troncos que arrojar al fuego de la literatura universal. Si tu primera página la escribes a los cincuenta años, este consejo también vale para ti. Es solo que dispones de menos tiempo. Aligera.

-Toda opinión personal envejece de un modo lamentable, así que mejor ahórrate la tuya al escribir. Si acaso te vieras obligada a exponerla, deja bien claro que opinar es algo que no te tomas muy en serio. Aunque mi consejo es que no te tomes muy en serio nada que hagas. Tampoco a ti misma ni a tu carrera literaria Y mucho menos cualquier cosa que yo pueda decirte. Y que conste que no te quiero confundir. Hazme caso.

-Confía en las palabras cuyo significado conoces, y en la alquimia que te brinda su mezcla. Antes de empezar a usar el inglés que acabas de aprender, prueba a aproximar conceptos como manzana y limadura de hierro. La escritura se construye así, arrimando palabras e ideas, y confiando en que el chispazo que generan provoque un incendio. Añadir a tu castellano palabras en inglés sería echar agua fría sobre aceite hirviendo. No va a prender de ninguna manera, solo te salpicará, te quemarás y al volver de urgencias te tocará limpiar la cocina.

-No es necesario que tú lo seas, pero intenta que tu obra parezca inteligente. Hablamos de un mirlo blanco, un valor escaso, y más en estos tiempos. Pero por nada del mundo renuncies a parecer un sabio despistado. Para ello no cites a Wittgensteins sin ton ni son (y este consejo ya me duele dártelo, pues es un apellido capaz de dignificar hasta un reportaje del Pronto). Tampoco necesitas abordar los principios de la astrofísica en cada página que escribas, recuerda que se puede hacer una crónica inteligente hasta del Sálvame. Yo intento suplir mi falta de inteligencia abusando del sentido del humor. Porque aunque no son lo mismo, inteligencia y humor se parecen casi como dos monedas de un euro, y en el fondo tienen un valor idéntico.

-A medida que avances como escritora, sentirás que el demonio de la narrativa te empieza a poseer. Asumirás retos más y más complejos, y los roles acabarán siendo tan distintos a ti misma, que habrás de esforzarte muchísimo para empatizar con cada personaje. Es una actividad muy enriquecedora, cierto, pero cuyas consecuencias tendrás que empezar a asumir tarde o temprano. A Flaubert se le atribuye un “Madame Bobary soy yo”, y puede que eso mole mazo, pero significa también que alguien se está callando un “Heidi soy yo”, o un “Yo soy Fu Manchú”. Así que si no estás preparada para que tus lectores crean que eres clavada a la protagonista de tu novela, ahórrate el disgusto.

-Escribir tiene mucho más que ver con la jardinería de lo que pudiera parece. Así que cuando creas tener el texto terminado, coge las tijeras de podar y desbroza sin miedo. Respeta la estructura que sostiene el follaje, claro, pero corta cada rama de cuyo extremo no cuelgue una flor o una fruta. Este consejo vale solo para la prosa. A un poema tendrías que hacerle la manicura. Es algo mucho más delicado. La poesía se duele y sangra si no la tratas con el cariño que se merece.

-“No te andes con rodeos. Sé conciso y breve, que cada frase sea un puñetazo a la cara del lector”. Esta es una tontería que nos repiten mucho los narradores americanos y sus acólitos. “Para aprender a escribir, lee a los clásicos”, nos dicen en cambio los autores europeos. Pero prueba a leer a Shakespeare y su concisa capacidad expresiva. En vez de “amanece lloviendo”, te soltará “el astro de fuego se eleva sobre las viejas lágrimas mundo”, y se quedará tan ancho. Así que mejor pasa de todos los consejos y escribe lo que te salga del mismísimo moño. No hagas nunca caso a nadie.

-Y sobre todo, y por encima de todo, no te pares a pensar en qué debes escribir ni cómo debes hacerlo. Si has decidido escribir, huye siempre hacia adelante. Es justo lo que termino de hacer ahora para cumplir mi compromiso con ETP.

Esto son los diez consejos que os doy ahora, pero tenía otros. Gracias por vuestra flexibilidad lectora, amigos. En mi próximo artículo intentaré ser un poco más ortodoxo. O igual no. Besos.

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