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Es curioso. En el país en el que la palabra izquierda o socialismo está identificada con el demonio, los sindicatos tienen un fuerte poder. Siempre me ha llamado la atención esa contradicción del movimiento sindical estadounidense. Apenas hay partidos obreros pero sí hay una gran capacidad de los sindicatos de paralizar sectores completos de actividad, como ocurrió, en los casos más paradigmáticos con los guionistas o los jugadores de la NBA.

Dicen que, en algunos casos, esta capacidad de control y presión de los sindicatos estadounidenses está vinculada a prácticas mafiosas de coacción y extorsión sobre determinados empresarios. Ciertamente desconozco si eso es cierto o es la forma en la que el capital justifica su debilidad ante los trabajadores organizados sectorialmente.

En España el movimiento sindical no tiene una capacidad tan intensa de influir en lo que sucede. Los sindicatos de clase apenas pueden ya paralizar el país con una huelga general y dada la situación de paro que vivimos, extremada ahora pero permanente desde que tengo uso de razón, y la facilidad del despido todos los trabajadores somos potenciales esquiroles cuando se convoca una huelga.

Sólo algunos sectores pueden ejercer presión real sobre sus patronos. Es el caso de los controladores aéreos, como ya se vivió en España en 2010, o de determinados empleados públicos. De estos últimos, a mi me suele llamar la atención el comportamiento de los sindicatos de la Policía Local. Quizá son los únicos que se pueden equiparar a aquellos sindicatos estadounidenses en los que Jimmy Hoffa se convirtió en un mito.

Me pasó cuando un sindicato de la Policía Local denunció a un carnavalero por un pasodoble. Y me ha pasado estos días cuando he visto que salían en tromba y en unidad inquebrantable pidiendo la dimisión del alcalde de Cádiz por unas declaraciones sobre el famoso vídeo del decomiso del pescado a un vendedor ambulante.

Quizá podríamos explicarle a los sindicatos de la Policía Local que la actuación de los agentes está sometida a crítica pública puesto que son empleados públicos, es decir, cobran de nuestros impuestos. Más aún cuando forman parte de quienes tienen el monopolio del uso legítimo de la violencia. Pero entiendo que no merece la pena. Primero porque no les interesa y segundo porque no es el problema, porque en las declaraciones del alcalde no les critica, de hecho dice que su actuación fue impecable.

También podríamos explicarles a los sindicatos de Policía Local que en un Estado democrático las normas se pueden cambiar. Que los agentes tienen que cumplir las que hay y por eso el alcalde califica su actuación de impecable, pero que si los políticos que hacen las normas deciden modificarlas, ellos tendrán que aplicar otras. Precisamente, en esa voluntad de cambio se inserta un debate como el que plantea el alcalde. Eso es la democracia, que seguro que los sindicatos de la Policía Local de Cádiz han oído hablar de ella.

Sin embargo, tampoco creo que le interese el debate filosófico-jurídico. Porque la sensación es que esto es sólo una excusa para presionar al equipo de Gobierno municipal. Está feo hacer política con el uniforme de la Policía Local puesto, pero allá cada uno con su conciencia. Vivimos época de cambios y quien más y quien menos quiere reubicarse en este nuevo panorama. Unos lo hacen besando al alcalde y otros amenazándolo.

En mi caso, que no estoy ni en un lado ni en el otro, le recuerdo al señor alcalde que él es el último responsable de la Policía Local. Además, su concejal de la materia ha sido cocinero antes que fraile por lo que debería saber los resortes que conducirían a controlar esta situación. Y ya que estamos, también quiero recordarle al alcalde que la venta ambulante es competencia municipal, que las ordenanzas se pueden cambiar y que ya lleva un año en el Gobierno. Porque está muy bien hacer declaraciones en los medios, pero algunos queremos verle gobernar.

Fotografía: José Montero

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