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Hombre corriendo

Fotografía: Jesús Massó

            —Qué levantazo, illo.

Mucho se ha hablado de los estragos del viento de levante en este verano del estrés. De sus inconvenientes, de sus rachas de ochenta kilómetros, de lo que ha afectado a la psicología, a la pesca y a la sacrosanta hostelería. Salvadora de la balanza de pagos provincial.

—Qué ruinazo.

Nos ha obligado a construir una ética del sufrimiento ventoso. A filosofar sobre el cansancio al que somete al cuerpo, a analizar su hedor por los bajantes, a calcular la cantidad de arena que deja en la saliva, a estudiar el grado de acartonamiento de la ropa tendida. Ha inspirado novelas peores que su soplo inclemente. Incluso algunos lo han visto como una maniobra de distracción ante los cambios en la corporación municipal de nuestro amado líder, tan criticados de la punta del Boquerón padentro.

—Esto no es normá.

Pero este año, dicen, la cosa ha sido dura. Ha obligado a cerrar el puerto de Tarifa, ha echado a la gente de la playa sin tregua, ha cancelado el catamarán de la Bahía, ha despeinado y mosqueado a los turistas, ha provocado pérdidas económicas en los lateros y en los chiringuitos, ha invitado a la búsqueda en internet de «playas donde no pegue el levante», ha dejado encerrada a la gente en el piso por el que ha pagado una talegada, ha provocado discusiones tontas agravadas por esa suerte de mosqueo infinito de sufrir la levantera.

—¿Ha tenido algo que ver el levante con la de mierda que tiene mi Kichi en Cádi-Cádi?

Y, sobre todo, ha sido—según la prensa— un agente del mal que ha afectado al «motor» económico de la provincia. El turismo.

—Eso ni tocarlo, ¿eh?

El turismo. Esa actividad económica de la que nació la burbuja inmobiliaria, que tapizó de cemento las costas, que ha transformado y destruido el paisaje costero, que ha quebrantado la ley de costas para beneficio privado, que ha enriquecido la corrupción sistémica de los ayuntamientos, que ha maquillado las altas en las seguridad social con licenciados y ha convertido a Andalucía en un «paraíso», en el que comprar una segunda vivienda, llena de gente graciosa, amable y floja.

—¿Ya empezamos?

El turismo: ese que obliga a los licenciados con dos masters a trabajar por 5 euros la hora sirviendo raciones de sardinas sequeronas, tonino por caballa, pota por choco frito y tortillitas de camarones congelás. Ese que forma colas kilométricas de turismos a la entrada de la playa de Bolonia. Ese que peta los aparcamientos de El Palmar. Ese que está creando su propia burbuja, que pronto explotará.

—Tú estás mu equivocao.

Ese que peta los sitios, aumenta los precios, baja la calidad de los servicios, paga mal, es desconsiderado, sucio, poco cívico, que exige siempre buen tiempo, que demanda que TODO esté veinticuatro horas abierto. Ese Cayo Coco mental en el que todos los indígenas somos servidores, informadores, animadores socioculturales, camellos, cantaores, que formamos parte del decorado de la historia.

—¿El rincón gastronómico? Ni idea.

Ese que es la pesadilla para el futuro de la Coordinadora de Profesionales del Metal de Cádiz. Ese que convierte a la ciudad en un parque temático de la historia. En el que los cruceristas la consumen como el que pasea por Disneyland París. Pero ¿qué historia? ¿La mía? ¿La tuya?

—¿La de las camareras de piso?

—¿La de los chicucos malajes?

—¿La de la gente de la calle Pasquín?

—¿La de los negros del callejón?

—¿Las de las niñas que venían a trabajar de internas desde Chiclana, Medina o Conil?

No, señora. Se vende aquella tan aclamada y estudiada por los historiadores que identifican «Cádiz» con los señores que llamaron a Haydn para que les hiciera el pasodoble de medida de ese año. Aquellos que, gracias al pecado de explotar a los iguales, se construyeron palacios donde todavía no puedes entrar, querido turista. Porque son propiedad privada. Patrimonio privado. El Hola de la historia. Esos que se enriquecieron con la invasión de un continente y con la sangre de los pueblos originarios de lo que ahora llamamos América.

—Ya estamos con el derrotismo.

Aquellos a los que ni el levante de la historia, ni la humedad, ni los baños comunes, ni las rajas en los tabiques (como sonrisas de un promotor inmobiliario) de los barrios de los pobres antes del festín de FITUR, molestó.

—A lo que vamos. Que se te va el coco.

El levante y su insistencia es el que nos salva de la Gran Transformación Definitiva de esta provincia en un destino turístico irreversible poblado de ingleses borrachos, alemanes jubilados y españoles conquistadores. Es un arma contra la colonización definitiva de las costas. Una defensa ante la posibilidad de que muchos repitan, se vengan arriba y se compren una casa a pie de playa. Es una muralla contra la gentrificación y el ladrillazo. Una defensa para que la jet set playera no se instale definitivamente y seamos una Costa del Sol II, o decorados aún más dramáticos.

—Sopla, sopla fuerte, levante.

Sé que sonará duro para muchos y muchas. Pero Cádiz no es una mujer. Nunca lo fue. Ni mucho menos la pretenden dos novios, el levante y el poniente. Siento contradecir el pasodoble y al maestro. Pero me suena demasiado a poesía heteropatriarcal en la que la mujer es un objeto que piropear, que seducir. Un objeto mensurable. Como ninfas, diosas, reinas, damas de honor y coquineras al uso.

Dió, tustá chalao.

Cádiz no es una mujer, ni es la «señorita del mar», ni «la novia del aire». Como mucho es la follamiga de los cruceros, la salada caridad de los hidratos de carbono de las colas frente a la parroquia. La criadita del mar. La parienta de las crisis históricas. La sosia del levante.

—¡Pero si ya es suroeste!

—Y ha llovío.

Cádiz es una ciudad que necesita el levante. Necesita a la gente que trabaja en el metal, en los astilleros, en la cultura. Para salvarse. Para seguir.

No sólo camareros.

Sopla. Sopla fuerte, levante.

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