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Es un deja vu. El Cádiz se juega un ascenso recurrente, que puede llegar o no, pero que siempre imprime un mismo aire de afán y de melancolía en la ciudad que rodea a su equipo. No hay frontera visible ni verja portuaria que les separa. No hay un gran abismo entre la dignidad y la decadencia de una o de otro, humedad de carne de bragueta  y olor a linimento Sloan, remontada imprevista y barricada en el puente.

El submarino amarillo de mi admirado Manolo Santander es uno de los equipos que mejor se identifican no sólo con la afición sino con el territorio donde crecieron sus colores: “Azul como el agüita es mi color/y amarillo como el sol/que se pone en la Caleta”, describiría Javier Ruibal en su himno trimilenario que desplazó en el imaginario popular al himno de Andy y Lucas que la directiva del club eligió para conmemorar su centenario.

El Cádiz siempre aguarda el ascenso como Cádiz espera que vuelva a haber carga de trabajo en los astilleros, el clavo ardiendo de su supervivencia. La hinchada añora al salvadoreño Jorge Mágico González –“un futbolista enorme en un equipo pequeño” como le define Enrique Alcina—y lo hace con la misma pasión que Fernando Pessoa dispensaba a don Sebastián en su imposible retorno de la batalla de los tres reyes. Le reivindica como la ciudadanía suspira aún por la carrera de Indias, los vapores zarpando hacia La Habana, Mayagüez, Buenos Aires, Manila o Montevideo y la Casa de la Contratación como un símbolo de lo que pudo haber sido y no fue, una catedral sin mal de piedra, un cantón sin parados ni sordos de astilleros.

»El fútbol –escribió Pier Paolo Pasolini– es un sistema de signos, por lo tanto es un lenguaje. Hay momentos que son puramente poéticos: se trata de los momentos de gol. Cada gol es siempre una invención, es siempre una subversión del código”. El Cádiz parece ser, por lo tanto, poco subversivo, más aficionado a que le metan goles que a encajarlos en la portería contraria. Así, los suyos, resignados a las tandas de penaltis de las subvenciones, del Estado acudiendo  en auxilio de esta población que alguna fue capaz de secuestrar a un rey para exigir  las libertades.

Según Pasolini, “el goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año” y “el fútbol que produce más goles es el más poético”. Aquí, hemos venido a emborracharnos y el resultado nos da igual. Si no hoy goles en el Carranza, tenemos cuplés en La Viña y cantiñas en Santa María, con versos escritos en el aire que duran mucho más que los transcritos sobre un papel.  Andalucía y Cádiz, ya se sabe, son capaces de las mayores revoluciones –nos contaba Antonio Gala– pero llegando

Resulta paradójico que el Cádiz se mida, en una fase tan crítica, con el Hércules. Es una hermosa parábola. Gades se enfrenta a su fundador. ¿Sabrá el cadismo azuzar los leones o aguardará mansamente a que alguien venga a resolver sus males? Quizá el once aguarde como los gaditas a que el BOE reinvente por decreto ley ese viejo estereotipo tan divertido pero tan injusto del viejo Ignacio Espeleta cuando Federico García Lorca le preguntó ¿usted en qué trabaja? Y él respondió ¿trabajar yo? Yo soy de Cádiz.

De Cádiz, si, de la leva de los sin nada para el callejón sin salida de Trafalgar. De Cádiz, si como aquel dream team histórico que podría haber alineado a Andrés González, Machicha, Baena, Pepe Mejías, Botubot, Chico Linares, Carmelo, Juan José, Barla o Kiko. De Cádiz, si, del de Fermín Salvochea y el de la breve resistencia del 36. Del Cádiz crecido entre el campo de las balas o las alambradas y chumberas de la Mirandilla hasta el heroísmo del Balón.

Pasoilini creía que en el fútbol siempre cabía imaginar “una cosa sublime” que no sucede nunca: “Es un sueño”, describe. Como el sueño de Cádiz, dormido en la historia, pero imperecedero. El fútbol, a juicio de Antonio Gramsci es »el reino de la lealtad humana ejercida al aire libre». Sin equipo no hay fútbol. ¿Tiene Cádiz equipo? ¿En el césped y en el asfalto? Al menos, lealtad si tiene. Y una larga memoria que suele llevarle a la nostalgia cuando debiera ser la gasolina que echara andar el motor del futuro.

»Tal vez los jugadores tengan la hermosura y la tragedia de las mariposas, que vuelan tan alto y tan bello pero que jamás pueden apreciar y admirarse en la belleza de su vuelo». Eso mismo escribía Milan Kundera sobre los futbolistas. Quizá cupiera también decirlo de los gaditanos. Tal vez su derrota sea su triunfo. Tal vez su pesadilla sea su sueño. Es posible que la belleza no nos alimente pero siempre será una victoria.

Fotografía: José Manuel Valentín Donda

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