Tiempo de lectura ūüí¨ 2 minutos

Avion edificio

Fotograf√≠a: Jes√ļs Mass√≥

El idilio de Cádiz con el mar es tan antiguo como su propia historia. Por el mar arribó y partió el esplendor de una urbe marinera, cultural, mercantil e industrial.

El mar sirvió de arma de resistencia, allá por 1812, cuando las Cortes Generales promulgaron en Cádiz la primera Constitución del país, con la que se conquistaron derechos tan elementales como el sufragio universal, la soberanía nacional, la separación de poderes, la abolición de la Inquisición y la libertad de imprenta e industria, entre otras promulgaciones.

Antes, y mucho antes de aquel momento, entonces y ahora, la bah√≠a de C√°diz se sirvi√≥ del mar y de su situaci√≥n estrat√©gica para sobrevivir y renacer. Probablemente, ni el ayer, ni el ma√Īana de C√°diz ser√≠an el mismo sin la industria que gira en torno a su bien m√°s preciado: el mar. De ese buen o mal aprovechamiento, siempre se produjo su grandeza o su declive, como lo demuestra la historia o los momentos actuales.

Representa un suicidio laboral, social y econ√≥mico ofrecer la espalda a nuestro principal recurso. Bajo ning√ļn concepto se deber√≠a abandonar, o adormecer, el conjunto de actividades productivas derivadas de las aguas que nos rodean, como son: la industria naval, los puertos de la Bah√≠a, la pesca -hoy desarrollada adem√°s en la¬† acuicultura- y las diversas actividades deportivas y recreativas emanadas del mar. Como ahora nos lo demuestran las bondades sociales, econ√≥micas y culturales obtenidas por la Gran Regata.

La metr√≥polis gaditana, compuesta por esas cinco ciudades acariciadas por las c√°lidas aguas de su Bah√≠a y ba√Īadas por las del Atl√°ntico, portadoras del mismo ADN geogr√°fico, hist√≥rico, cultural e industrial, se enfrenta al momento hist√≥rico de tener que defender, o defenestrar lo suyo. Y si decide enterrar su historia,¬† estar√° condenando su futuro.

Tiempo de lectura ūüí¨ 3 minutos

Playa tablas mujer

Fotograf√≠a: Jes√ļs Mass√≥

Ahora que comienzan a calmarse las rápidas aguas del verano (aunque ya sabemos que en Cádiz el verano alarga sus dedos anaranjados hasta bien entrado septiembre) quizás sea un buen momento para parar el balón y pensar en todo lo que ha ocurrido en estos meses de levante y trasiego estival.

Es cierto que la ciudad ha atravesado un verano especialmente ajetreado en lo cultural y lo l√ļdico, y que comienza a extenderse entre la gente la idea de que con ello el nuevo equipo de gobierno ha demostrado imaginaci√≥n, capacidad organizativa y hasta cierta audacia. Y esto es algo que hay que celebrar pues, durante este primer a√Īo de gobierno del cambio, los cepos de la oposici√≥n, la inexperiencia e ingenuidad propia de los concejales debutantes, la descoordinaci√≥n interna y, sobre todo, la gota malaya diaria de la prensa hostil y sus voceros hab√≠a comenzado a instalar en la opini√≥n com√ļn la idea de que ‚Äúla ciudad est√° paralizada‚ÄĚ y que ‚Äúestos no saben gobernar y van a llevarnos al abismo‚ÄĚ. Aun as√≠, el verano y sus jaranas han venido a contrarrestar un poco esa peligrosa campa√Īa de erosi√≥n y ha supuesto un primer espaldarazo simb√≥lico a la gesti√≥n del nuevo equipo de gobierno y, sin duda, va a servir para ayudarle a afrontar el nuevo curso con cierto refuerzo popular y con otra energ√≠a diferente a la de estos meses pasados. En esto parece que todo el mundo podemos f√°cilmente estar de acuerdo.

Sin embargo, habr√≠a que subrayar algunos interesantes matices al respecto. Por un lado, lo cierto es que la programaci√≥n de este verano no es del todo diferente a la de otros veranos anteriores, ni en la programaci√≥n en s√≠ ni en la filosof√≠a que tras ella subyace. Es cierto que se han producido algunos peque√Īos matices inteligentemente dise√Īados que han dado un car√°cter m√°s festivo, alegre y social (la Regata ha sido el ejemplo m√°s claro) o han mostrado procesos profundos de m√°s calado en lo cultural y lo asociativo (la recuperaci√≥n de ese excelente espacio que es el ECCO y que parec√≠a enterrado en vida). Y no ha faltado la intrepidez, como con la disoluci√≥n pac√≠fica del monstruo de las barbacoas. Ni siquiera, en la variedad, han faltado propuestas que m√°s bien parecieran dise√Īadas en los s√≥tanos del think tank del teofilato (como las puestas de sol con m√ļsica). Pero la verdad es que grandes cambios de calado, estructurales, de pensamiento base, no se han producido.

A pesar de todo, lo innegable es que la ciudad ha mostrado un m√ļsculo callejero animoso, abigarrado y especialmente alegre. Vivo en el centro y s√© de lo que hablo. Este verano se ha notado un fulgor, un alborozo y un j√ļbilo que, aun con veranos semejantes en lo institucional, hac√≠a mucho que no sent√≠amos. Por alg√ļn extra√Īo misterio, que no tiene que ver directamente con la gesti√≥n municipal, este verano las calles de la ciudad han brillado de otra forma. Es asunto que ni economistas ni soci√≥logos podr√≠an explicar. Y es que parece que hemos recuperado algo de lo que hab√≠amos perdido. El largo teofilato hab√≠a ido a√Īo a a√Īo cortando para esta vieja y dicharachera ciudad un traje burguesito, recatado, vetusto y trist√≥n. Un traje gris√°ceo que no terminaba de ajustarse bien a la tradicional forma de ser de la gente de la ciudad. Ni los grandes eventos, ni los conciertos veraniegos, ni un nuevo estadio, ni las regatas anteriores, ni las cifras de los cruceros‚Ķ¬† nada parec√≠a, en realidad, darnos del todo alegr√≠a. Porque la alegr√≠a se hab√≠a perdido. Nos la hab√≠an quitado a favor del orden, la limpieza y el descanso de los vecinos (esos tristes balconettis de la vida). Esa alegr√≠a callejera, hedonista, populachera, ruidosa, sencilla, un pel√≠n canalla y proletaria que esta ciudad hab√≠a perdido, hija bastarda de la picaresca y la libertad (la libertad peque√Īa, la real, no la otra, la opulenta, la de las constituciones) parece sin embargo haberse asomado en este verano por nuestras a calles. Y eso a pesar de que algunos vecinos, perfectamente troquelados durante la larga cuaresma nocturna del teofilato, no duden en aguarnos la fiesta (hasta Horeca ha tenido que salir a cantarles las cuarenta a los vecinos protestones).

As√≠ que el gran cambio no han sido los peque√Īos cambios, que habr√°n contribuido, sin duda, pero que por s√≠ solos no bastan para explicar la flor extra√Īa y hermosa que hemos visto este verano por nuestras calles. El cambio, el verdadero cambio que esta ciudad ya necesitaba, no tiene tanto que ver con lo municipal sino con las energ√≠as nuevas de una ciudad y unas gentes que, poco a poco, tras el oscuro invierno del r√©gimen anterior, se vuelven lentamente a encontrar consigo misma.

Ahí reside el milagro. Ahí está el misterio.

Tiempo de lectura ūüí¨ 4 minutos

Hombre corriendo

Fotograf√≠a: Jes√ļs Mass√≥

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒQu√© levantazo, illo.

Mucho se ha hablado de los estragos del viento de levante en este verano del estrés. De sus inconvenientes, de sus rachas de ochenta kilómetros, de lo que ha afectado a la psicología, a la pesca y a la sacrosanta hostelería. Salvadora de la balanza de pagos provincial.

‚ÄĒQu√© ruinazo.

Nos ha obligado a construir una ética del sufrimiento ventoso. A filosofar sobre el cansancio al que somete al cuerpo, a analizar su hedor por los bajantes, a calcular la cantidad de arena que deja en la saliva, a estudiar el grado de acartonamiento de la ropa tendida. Ha inspirado novelas peores que su soplo inclemente. Incluso algunos lo han visto como una maniobra de distracción ante los cambios en la corporación municipal de nuestro amado líder, tan criticados de la punta del Boquerón padentro.

‚ÄĒEsto no es norm√°.

Pero este a√Īo, dicen, la cosa ha sido dura. Ha obligado a cerrar el puerto de Tarifa, ha echado a la gente de la playa sin tregua, ha cancelado el catamar√°n de la Bah√≠a, ha despeinado y mosqueado a los turistas, ha provocado p√©rdidas econ√≥micas en los lateros y en los chiringuitos, ha invitado a la b√ļsqueda en internet de “playas donde no pegue el levante”, ha dejado encerrada a la gente en el piso por el que ha pagado una talegada, ha provocado discusiones tontas agravadas por esa suerte de mosqueo infinito de sufrir la levantera.

‚ÄĒ¬ŅHa tenido algo que ver el levante con la de mierda que tiene mi Kichi en C√°di-C√°di?

Y, sobre todo, ha sido‚ÄĒseg√ļn la prensa‚ÄĒ un agente del mal que ha afectado al “motor” econ√≥mico de la provincia. El turismo.

‚ÄĒEso ni tocarlo, ¬Ņeh?

El turismo. Esa actividad econ√≥mica de la que naci√≥ la burbuja inmobiliaria, que tapiz√≥ de cemento las costas, que ha transformado y destruido el paisaje costero, que ha quebrantado la ley de costas para beneficio privado, que ha enriquecido la corrupci√≥n sist√©mica de los ayuntamientos, que ha maquillado las altas en las seguridad social con licenciados y ha convertido a Andaluc√≠a en un “para√≠so”, en el que comprar una segunda vivienda, llena de gente graciosa, amable y floja.

‚ÄĒ¬ŅYa empezamos?

El turismo: ese que obliga a los licenciados con dos masters a trabajar por 5 euros la hora sirviendo raciones de sardinas sequeronas, tonino por caballa, pota por choco frito y tortillitas de camarones congelás. Ese que forma colas kilométricas de turismos a la entrada de la playa de Bolonia. Ese que peta los aparcamientos de El Palmar. Ese que está creando su propia burbuja, que pronto explotará.

‚ÄĒT√ļ est√°s mu equivocao.

Ese que peta los sitios, aumenta los precios, baja la calidad de los servicios, paga mal, es desconsiderado, sucio, poco cívico, que exige siempre buen tiempo, que demanda que TODO esté veinticuatro horas abierto. Ese Cayo Coco mental en el que todos los indígenas somos servidores, informadores, animadores socioculturales, camellos, cantaores, que formamos parte del decorado de la historia.

‚ÄĒ¬ŅEl rinc√≥n gastron√≥mico? Ni idea.

Ese que es la pesadilla para el futuro de la Coordinadora de Profesionales del Metal de C√°diz. Ese que convierte a la ciudad en un parque tem√°tico de la historia. En el que los cruceristas la consumen como el que pasea por Disneyland Par√≠s. Pero ¬Ņqu√© historia? ¬ŅLa m√≠a? ¬ŅLa tuya?

‚ÄĒ¬ŅLa de las camareras de piso?

‚ÄĒ¬ŅLa de los chicucos malajes?

‚ÄĒ¬ŅLa de la gente de la calle Pasqu√≠n?

‚ÄĒ¬ŅLa de los negros del callej√≥n?

‚ÄĒ¬ŅLas de las ni√Īas que ven√≠an a trabajar de internas desde Chiclana, Medina o Conil?

No, se√Īora. Se vende aquella tan aclamada y estudiada por los historiadores que identifican “C√°diz” con los se√Īores que llamaron a Haydn para que les hiciera el pasodoble de medida de ese a√Īo. Aquellos que, gracias al pecado de explotar a los iguales, se construyeron palacios donde todav√≠a no puedes entrar, querido turista. Porque son propiedad privada. Patrimonio privado. El Hola de la historia. Esos que se enriquecieron con la invasi√≥n de un continente y con la sangre de los pueblos originarios de lo que ahora llamamos Am√©rica.

‚ÄĒYa estamos con el derrotismo.

Aquellos a los que ni el levante de la historia, ni la humedad, ni los ba√Īos comunes, ni las rajas en los tabiques (como sonrisas de un promotor inmobiliario) de los barrios de los pobres antes del fest√≠n de FITUR, molest√≥.

‚ÄĒA lo que vamos. Que se te va el coco.

El levante y su insistencia es el que nos salva de la Gran Transformaci√≥n Definitiva de esta provincia en un destino tur√≠stico irreversible poblado de ingleses borrachos, alemanes jubilados y espa√Īoles conquistadores. Es un arma contra la colonizaci√≥n definitiva de las costas. Una defensa ante la posibilidad de que muchos repitan, se vengan arriba y se compren una casa a pie de playa. Es una muralla contra la gentrificaci√≥n y el ladrillazo. Una defensa para que la jet set playera no se instale definitivamente y seamos una Costa del Sol II, o decorados a√ļn m√°s dram√°ticos.

‚ÄĒSopla, sopla fuerte, levante.

Sé que sonará duro para muchos y muchas. Pero Cádiz no es una mujer. Nunca lo fue. Ni mucho menos la pretenden dos novios, el levante y el poniente. Siento contradecir el pasodoble y al maestro. Pero me suena demasiado a poesía heteropatriarcal en la que la mujer es un objeto que piropear, que seducir. Un objeto mensurable. Como ninfas, diosas, reinas, damas de honor y coquineras al uso.

‚ÄĒDi√≥, tust√° chalao.

C√°diz no es una mujer, ni es la “se√Īorita del mar”, ni “la novia del aire”. Como mucho es la follamiga de los cruceros, la salada caridad de los hidratos de carbono de las colas frente a la parroquia. La criadita del mar. La parienta de las crisis hist√≥ricas. La sosia del levante.

‚ÄĒ¬°Pero si ya es suroeste!

‚ÄĒY ha llov√≠o.

C√°diz es una ciudad que necesita el levante. Necesita a la gente que trabaja en el metal, en los astilleros, en la cultura. Para salvarse. Para seguir.

No sólo camareros.

Sopla. Sopla fuerte, levante.

Tiempo de lectura ūüí¨ 3 minutos

Hombre buscando libros

Fotograf√≠a: Jes√ļs Mass√≥

¬ŅAd√≥nde huir? ¬ŅAd√≥nde los endemoniados?

¬ŅQu√© refugios, qu√© b√ļsquedas, qu√© siembras?

David Eloy Rodríguez

Como crucigramas de ra√≠ces que se alimentan del mar, como una madeja de acertijos que se alimenta tambi√©n del mar, como una manada de horizontes que sobrevive al mar, la ciudad de las ciudades ondea sus banderas. La ciudad de las ciudades parece viva, fresca todav√≠a como el at√ļn que a√ļn aletea en la inmensa red que lo atrapa, en la red que es su hogar-cementerio, en la enorme red que estamos cosiendo con nuestras propias manos, con nuestros decir-hacer, con nuestro calor de hogar, con nuestros miedos, con nuestros hijos.

Siendo como somos unas gentes de sed y mar estamos bien acostumbrados a tratar con este tipo de herramientas, su fabricaci√≥n y su uso no nos coge desprevenidos.¬† Es por eso que hemos construido una red tan perfecta que no nos deja oler sus verg√ľenzas ni sus ancianas tripas ro√≠das por el tiempo que no descansa. Hemos sido capaces de fabricar una trampa en la que estamos contentos, ondeamos nuestras banderas al viento y a√ļn nos sobra espacio suficiente para plantar los geranios que cuelgan de nuestros balcones.

Orgullosos todos, desde siempre, de poder casi respirar en una red tan bonita y tan nuestra. Claro que no pod√≠a esperarse menos de unas gentes de mar y luz, de nudos marineros, de ca√Īa y anzuelo, de puentes y alamedas, de balnearios por castigo, de carro√Īa y de gaviotas.

Misteriosamente, es casi un haza√Īa ver c√≥mo todos somos capaces de respirar al mismo tiempo. Es casi un milagro que permanezcamos vivos en esta preciosa jaula dorada que si bien nos acoge acaba en numerosas ocasiones por empujarnos a la fuga. Y para escapar parece que solo hay un camino, solo hay un camino para salvarse: la propia fuga.

Emprender la huida de una red tan nuestra es lanzarse al abismo, andar por lenguas de aguas desconocidas para cualesquiera de nosotros que somos pueblo de mar, gente de sed, gente de horizontes que sobreviven al mar, gente de luz y de gaviotas con carro√Īa incluida, es lanzarse al abismo. Emprender la huida para la mayor√≠a de nosotros es algo cruel e impensable. Por eso el viejo remienda la red y el joven se escapa de ella.

El joven prepara sus cansadas maletas cada septiembre, cada octubre, cada noviembre, cada diciembre y as√≠ como un goteo incesante de niebla invisible se desvanece en el oc√©ano m√°s lejano. De cualquier modo es mejor as√≠, que los viejos sigan remendando sus entra√Īas cada uno en su trono, en el lugar que le corresponde por su sabidur√≠a, su experiencia, sus a√Īos de viejo porque la juventud de esta ciudad de ciudades, de este pa√≠s de pa√≠ses, no est√° tan preparada, no est√° tan elaborada como la madera anciana y oxidada de los muebles de las cabezas de los veteranos, no necesitan bet√ļn de judea para limpiar el polvo a sus corazones antiguos, ni tampoco huele a talco como sus cuerpos de viuda negra. El joven cierra los ojos y se va encogido de hombros con sus maletas cansadas y el peso de su vocaci√≥n agarr√°ndoles los tobillos. Pero es mejor as√≠, as√≠ nos va mejor, hay m√°s aire para respirar y menos gastos en bombonas de oxigeno y menos gastos en inhaladores y menos gritos y menos llantos y menos problemas. La juventud no est√° preparada, no tiene sitio, no ha vivido, no sabe, no conoce.

Es por eso que los viejos, cada tarde de este moribundo mes de agosto, no han dormido la agradable siesta. Se han dicho cada uno en el silencio m√°s perverso del sill√≥n de su salita, hemos ganado otro oro, hemos ganado otra plata, hemos ganado otro bronce, as√≠ un d√≠a tras otro hasta contar diecisiete. Cada tarde de este moribundo mes de agosto todos los viejos de esta ciudad de ciudades, de este pa√≠s de pa√≠ses han ondeado sus banderas y celebrado los m√©ritos y logros de una juventud que no est√° preparada por lo visto para convivir con ellos, de una juventud que les molesta, de un juventud que les roba el descanso, de una juventud que no quiere remendar sus redes porque les da asco el olor de la carro√Īa que hay en sus rincones.

El joven arrastra sus medallas cansadas cada septiembre, cada octubre, cada noviembre y se marcha de gota a gota sin hacer demasiado ruido, se marcha sin banderas y sin m√°s equipaje que sus a√Īos sin estrenar pero con sus diecisiete medallas a la espalda, ni una m√°s ni una menos, para eso s√≠ est√° preparado.¬† Pero es mejor as√≠.

‚ÄúM√°s sabe el diablo por viejo que por diablo‚ÄĚ.

Como una mara√Īa de redes que se alimentan del mar, la ciudad de las ciudades ondea su bandera.

Tiempo de lectura ūüí¨ 3 minutos

Mujer fumando catedral

Fotograf√≠a: Jes√ļs Mass√≥

¬† ¬† ¬† ¬† ¬† ¬† ‚ÄstTienes que arreglarlo o el edificio se a venir abajo, porque tiene graves da√Īos estructurales.

¬† ¬† ¬† ¬† ¬† ¬† ‚ÄstPues no, lo siento pero lo vas a arreglar t√ļ.

¬† ¬† ¬† ¬† ¬† ¬† ‚Äst¬°Pero si es de tu propiedad!

¬† ¬† ¬† ¬† ¬† ¬† ‚ÄstYa, pero se trata del Oratorio de San Felipe Neri, que es hist√≥rico y muy importante. As√≠ que me lo vas a arreglar. T√ļ ver√°s‚Ķ

¬† ¬† ¬† ¬† ¬† ¬† ‚ÄstBueno, vale.

As√≠, gracias a la lluvia de millones de euros de dinero p√ļblico procedentes de la Junta de Andaluc√≠a, se salv√≥ el Oratorio de una inminente ruina. Hace cuatro a√Īos de aquello. Cuatro a√Īos del primer sapo que se tragaba la administraci√≥n p√ļblica, que hizo frente a la costosa rehabilitaci√≥n del edificio, emblema del Bicentenario de la Constituci√≥n de 1812 y del propio constitucionalismo espa√Īol.

Poco tiempo despu√©s, el Obispado de C√°diz tomaba el control absoluto del uso y gesti√≥n del Oratorio y, a partir de ah√≠, s√≥lo se celebraron misas y alg√ļn acto de tem√°tica religiosa. El Obispado borr√≥ cualquier alusi√≥n a su importante papel hist√≥rico durante la elaboraci√≥n de la primera constituci√≥n espa√Īola. La Junta de Andaluc√≠a protest√≥ d√©bilmente ante el Obispado:

‚ÄstVamos a ver, si la rehabilitaci√≥n se pag√≥ con dinero p√ļblico, el uso del Oratorio debe reflejar el papel constitucionalista que tuvo.

¬† ¬† ¬† ¬† ¬† ¬† ‚ÄstPues no, el Oratorio es de nuestra propiedad y aqu√≠ se hace lo que nosotros decimos.

¬† ¬† ¬† ¬† ¬† ¬† ‚ÄstBueno, vale.

La Junta se tragaba otro sapo, que no era el √ļltimo, pues a continuaci√≥n el Obispado impuso que todo aquel que quisiera entrar en el Oratorio ten√≠a que pagar tres euros, norma que sigue en vigor. Hubo gente que no lo vio bien, pues si la rehabilitaci√≥n se hab√≠a hecho con dinero p√ļblico, el Obispado no deb√≠a cobrar la entrada.

¬† ¬† ¬† ¬† ¬† ¬† ‚ÄstPues s√≠, cobro porque esto es de mi propiedad.

¬† ¬† ¬† ¬† ¬† ¬† ‚ÄstPero bueno, ¬°si esto se pag√≥ con dinero de todos los contribuyentes!

¬† ¬† ¬† ¬† ¬† ¬† ‚ÄstAh, pero entre esos contribuyentes tambi√©n hab√≠a cat√≥licos‚Ķ

¬† ¬† ¬† ¬† ¬† ¬† ‚ÄstBueno, vale.

No se trataba de tragarse sapos, sino que era una dieta de batracios en toda regla. Así que ya nada importaba, ni siquiera el control de las entradas o los fondos recaudados por ese concepto. Nada había cambiado en este país, la dieta de batracios era una realidad. Durante siglos todo había funcionado así: si había que arreglar el techo de la iglesia, lo pagaban los parroquianos, pero la iglesia seguía sin pertenecerles. Ahora la diferencia es que el arreglo de la iglesia lo pagan todos, fieles e infieles…

Todo sigue igual ¬ŅAlguien es capaz de determinar las propiedades inmobiliarias del Obispado de C√°diz? Es dif√≠cil, un misterio que queda escondido bajo el chantaje emocional de la obra social. La caridad. Un argumento tan falsuno como que la Iglesia vive de la colecta dominical y no de sus empresas, acciones, recursos financieros y exenciones de impuestos.

Sí, todo sigue igual, el personal a base de una dieta de batracios, mientras la Iglesia predica la pobreza desde un trono de oro. Y dice la Constitución, ¡qué gracia!, que éste es un país aconfesional. Para troncharse.

Tiempo de lectura ūüí¨ 3 minutos

Hombre banco sol

Fotograf√≠a: Jes√ļs Mass√≥

Las formas viejunas de pensar el liderazgo lo entienden como algo que se concentra en una sola persona (a menudo un var√≥n) o en un peque√Īo grupo de personas (‚Äúla direcci√≥n‚ÄĚ o, en ciertas tradiciones pol√≠ticas, ‚Äúla vanguardia‚ÄĚ). Es una concepci√≥n patriarcal, vertical y jer√°rquica: el l√≠der manda, los dem√°s le siguen.

El l√≠der analiza la realidad, se√Īala el futuro y decide el rumbo a seguir. El l√≠der encarna el proyecto a alcanzar, lo personaliza, lo representa.

El líder concentra todo el poder y lo ejerce con decisión. Al líder no se le discute, se le apoya, se le refuerza (y, llegado el caso, se le adula). Cualquier cuestionamiento al líder o a sus designios es una falta de lealtad, una traición al proyecto. Solo cabe la sumisión, el sometimiento a su voluntad.

Las organizaciones y los equipos, en el liderazgo vertical, están para asistir al líder, para ejecutar sus órdenes (sub-ordinados), para cumplir sus mandatos.

El mejor l√≠der -dicen estas concepciones- es el que posee “carisma”, el que no tiene que imponer su voluntad por medio de la autoridad o la fuerza sino que, con su ‚Äúencanto‚ÄĚ, seduce e induce a las dem√°s personas para que aquella se cumpla. El l√≠der carism√°tico no precisa de un equipo sino de un coro (que, en c√≥digo gaditano, bien pudiera ser una comparsa o, en ocasiones, una chirigota) que, como en el teatro griego, reproduzca y potencie sus mensajes.

Por contra, las visiones más avanzadas del liderazgo lo conciben como una tarea compartida. Esas concepciones innovadoras hablan de horizontalidad e inteligencia colectiva, de cooperación y sinergia.

Los l√≠deres son necesarios y son importantes porque no hay proyectos ni equipos sin liderazgo, pero m√°s importantes a√ļn lo son los equipos. De hecho, el l√≠der del siglo XXI ha de trabajar para que la participaci√≥n y la interacci√≥n entre los miembros del equipo funcionen con la m√°xima eficacia, de tal forma que las relaciones de subordinaci√≥n se invierten: es el l√≠der quien trabaja para el equipo (y esto explica en buena medida aquello de ‚Äúmandar obedeciendo‚ÄĚ, que proponen los zapatistas).

Pero, además, el liderazgo innovador no se concentra en una sola persona: se comparte, se reparte, se distribuye entre quienes forman el equipo o la organización, dependiendo de las circunstancias y las necesidades de cada momento, y también de las cualidades y capacidades de cada cual.

Esta manera de entender el liderazgo tiene su fundamento en la afirmación de un principio básico: un equipo es siempre más inteligente que el más inteligente de sus miembros, es más capaz de encontrar las mejores respuestas a problemas complejos. Y ésta es una evidencia demostrada.

Con toda seguridad, un buen equipo conseguirá mayores y mejores logros si cuenta con un buen liderazgo, pero un líder, por genial que sea (y pocas personas lo son), no es nada sin un buen equipo.

En defensa de los liderazgos unipersonales o concentrados en unas pocas personas se argumenta que son m√°s eficaces, m√°s √°giles, m√°s r√°pidos en la toma de decisiones, y se dice que, por el contrario, los procedimientos participativos y horizontales alargan las deliberaciones y aplazan las decisiones, haciendo menos productivos los procesos.

Ello es, cuando menos, discutible especialmente si se atiende a la calidad y la eficacia de las decisiones más que a su cantidad y rapidez. Y ello es así porque las decisiones son de mayor calidad cuando son fruto de la construcción colectiva, pero también porque es mucho más fácil hacer nuestra una decisión en cuya construcción se ha participado que hacerlo con otra que se nos impone desde una instancia superior.

Algunas mentes ingenuas creen que -en los procesos colectivos- basta con tomar una decisión (o dictar una ley o un decreto) para que ésta se cumpla, pero olvidan que siempre es necesario que se activen las conciencias y, sobre todo, las voluntades de quienes han de llevarlas a cabo. Y el liderazgo participativo y democrático se ha demostrado mucho más eficaz a la hora de movilizar conciencias y voluntades.

El liderazgo distribuido y compartido refleja una concepci√≥n del poder como resultado de la suma de capacidades, que se multiplica cuantas m√°s personas implica. Ese es el significado profundo del concepto, tan de moda, de “empoderamiento” vinculado necesariamente a la participaci√≥n y la cooperaci√≥n.

A pesar de que en estos tiempos nuestros predomina el discurso de la participación y el empoderamiento ciudadano, los modelos de liderazgo siguen siendo a menudo unipersonales o vanguardistas, verticales y jerárquicos. La participación popular -que a menudo se reduce a la movilización o la adhesión- sirve entonces para legitimar las decisiones del líder o la dirigencia.

La realidad política -a derecha, centro e izquierda- está repleta de ejemplos de esta manera obsoleta de entender y practicar el liderazgo. Lo cual resuena bastante a aquello que se llamó el despotismo ilustrado y choca frontalmente con eso que llamamos democracia participativa.