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Surfero playa

Fotografía: Jesús Massó

Qué de veces, a propósito de la situación actual, escucho alabar aquel consenso del 77 del que nació la constitución que nos rige. Qué de veces los tertulianos de radio evocan la voluntad política de aquellos señores que supieron pactar y negociar sacrificándose cada uno de ellos por el bien de España.

Pero hay que recordar que aquí sólo se sacrificó la izquierda. El único sacrificio que tuvo que hacer la derecha fue renunciar al Franquismo. Y renunció tan poca cosa que la familia de Franco todavía sigue gozando de sus privilegios y de la fortuna que el Perola amasó mientras fue caudillísimo de todas las Españas. Y además, el país sigue lleno de símbolos franquistas recordándonos a diario quiénes fueron los vencedores.

Pero no sólo eso, pues sólo nos falta arrodillarnos para que de una vez se cumpla la Ley de Memoria Histórica. La Iglesia sigue al lado de aquellos vencedores y no es capaz de reconocer que formó parte de la represión. El gobierno del PP sigue sin reconocer lo que hizo la derecha durante 40 años, mantiene fundaciones fascistas con nuestro dinero y financia al Valle de los Caídos sin fiscalizar qué se hace con él.

Para que existiera ese consenso que ahora se pone de ejemplo, el PSOE tuvo que renunciar al marxismo y abrazarse a la socialdemocracia y Carrillo al  Eurocomunismo, que era como echarle sifón a su ideología y que le valió que hubiera escisiones en sus filas.

Ya se sabe que el personal no estaba mucho por las izquierdas radicales después de la que liaron los comunistas en la Unión Soviética; pero tampoco ninguno de esos partidos  trabajó para que los españoles con ideología de izquierda nos ilusionáramos. Así que ese pacto fue, en realidad, una rendición por la prisa en formar parte del Parlamento y acomodarse en sus escaños. Fue bueno para la derecha, pero nefasto para la gente de izquierda. Por eso lo evocan tanto; porque de nuevo intentan una bajada de pantalones para que siga gobernando la derecha. Lo mejor sería olvidarlo cuanto antes y no recordarlo más.

Una vez empezada la Transición -que no llegó a terminarse nunca- y ya con todos los políticos acomodados, pudimos ver cómo pensaban realmente. En el tiempo en que mandó el PSOE es cierto que España experimentó cambios en lo social, pero mantuvo el Concordato y nunca notamos que esto fuera un país aconfesional; seguimos dominados por la Iglesia. Tampoco mandó a los cielos al Valle de los Caídos ni acabó con las fundaciones de corte fascista. Al igual que Montoto, el PSOE concedió amnistía fiscal a los evasores y privilegios económicos a los muy ricos.

La democracia era, para nosotros los jóvenes de entonces que soñábamos con un mundo nuevo, un medio para alcanzar fines más humanos y mayor justicia social. Sin embargo, ellos la tomaron como un fin en sí misma: “Ya tenemos democracia, ya tenemos bastante”. Nunca fue para ellos una herramienta para acometer una obra grande, sino la obra ya terminada; como si alguien comprara unos zapatos no para hacer caminos al andar, sino para colgarlos y contemplarlos.

Igual pasa con la relación política/individuo. Para los políticos, el individuo debe ser el fin por el que trabajar; debe ser el destinatario de todos los progresos. Sin embargo, el individuo, para ellos, no pasa de ser el medio para sus progresos políticos. Un simple votante que es olvidado después del recuento de los votos.

En resumen: todo fue un falso consenso para una transición inacabada y que nos ha llevado a ninguna parte.

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Pedripol editorial

Imagen: @pedripol

El Tercer Puente es un ejercicio de resistencia. Dice Josep María Esquirol: “La resistencia se entiende, coloquialmente, como un fenómeno político que representa la oposición de un pequeño grupo al dominio impuesto por una ocupación o por un gobierno totalitario. Se trata, efectivamente, de una reacción, de una acción en forma de reacción, de una defensa, más que de una ofensa…En la resistencia hay que armarse de conciencia, de voluntad, de coraje y de inteligencia estratégica para autoorganizarse y perseverar a pesar de la persecución a la que sistemática e inevitablemente se verán sometidos los implicados”.

El Tercer Puente sigue siendo una apuesta propositiva, aunque entendemos que haya a quienes les sienten mal los espejos que ponemos. El problema no está en el espejo sino en lo que ven cuando se miran en él. Reconocerse es tarea ardua pero ayuda a reflexionar y abandonar ese ataque a proyectos y personas que practican algunos. Aquí construimos y seguiremos construyendo. Poner espejos es construir perspectivas.

Para seguir articulándonos y organizándonos como resistentes, para seguir construyendo esas perspectivas, vamos incorporando a compañeros y compañeras en este camino de acción reactiva de defensa. En este número se estrenan Hilda Martín y su ácida visión, Pedro Castilla y su perspectiva de lo comunitario, José García Fernández y su mirada periférica y La Siesa que inaugura una serie de textos con mirada humorística a la cotidianeidad local.

Pero no se queda aquí la red que estamos tejiendo; la incorporación de Paco Sánchez Múgica y la alianza entre El Tercer Puente y La Voz del Sur acercan a Cádiz y Jerez, fortalecen comunidades y generan entramados destinados a reubicar a esa ciudadanía que gobiernos y poderes mediáticos habían excluido. Son nuevos tiempos, nuevos encuentros y nuevos tejidos. Recorre con nosotros, por undécima vez, El Tercer Puente.

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Mujer caleta movil

Fotografía: Jesús Massó

Si algo caracteriza a la buena Siesa, entre otros muchos detalles, es el padecimiento de alguna dolencia rara. En la mayoría de las ocasiones esta dolencia es fingida, incluso exagerada, hasta el punto de vivirlo con tal convencimiento que la buena Siesa puede llegar a formar parte de colectivos afectados en los que sólo haya un miembro: ella misma. Incluso alguna vez se ha conseguido una “paguita” por incapacidad, todas sabemos de varios casos.

La intensidad de la dolencia expone a la buena Siesa a cierto grado de exclusión social que ella suele denunciar públicamente aunque en privado se sienta muy confortable con ese papel. No olvidemos que La Siesa suspende en habilidades sociales. Por todas es conocido el caso de la Siesa del Himalaya, reconvertida en ermitaña salvaje y confundida por muchos como la abominable Siesa de las nieves.

Como fiel representante del siesismo más añejo, a nuestra Siesa gaditana le afecta también una enfermedad rara: la siesta súbita. Un extraño síndrome de narcolepsia que hace que se duerma de pronto, en cualquier lugar o situación, dejándola incapacitada y paralizada durante un breve lapso de tiempo que puede alcanzar los 20 minutos; aunque lo ideal es que sean 15.

Cuentan las neutras lenguas que un día de levante de 2016, (cualquier día del verano de 2016, es difícil precisar), la Siesa fue a sacar dinero del cajero que hay en la Plaza del Palillero. Antes de salir, para no acabar muy despeinada, la Siesa se colocó una toquillita con sus dos buenas horquillas gordas cogiditas en las sienes – así le había enseñado su madre que tenían que ir las mujeres de bien-, se puso la bajera limpia y se tiró a la calle.

Eran las 11 de la mañana pero el trasiego crucerista era tal que resultaba casi imposible avanzar en línea recta. Cuando la Siesa desembocó por Novena ya eran las 12 y el sol da añadía al levante ese punto de maldad extra que la Siesa imaginaba en la infancia de tantos y tantas destructoras de la humanidad. Se paró allí,  entre la maceta esa grande que hay en medio para fastidiar y la antigua puerta de salida del cine. Se colocó la mano por visera cual Gades ensiesada para proteger su mirada de la luz y el viento y así echar una visual a la plaza planeando el recorrido más corto hacia el cajero de la esquina. En el mosaico humano que poblaba el Palillero había de todo. A la cabeza de varios grupos, guías preparados levantando paraguas reconducían a su manada por las distintas rutas de la ciudad. Turistas italianos se movían en familias, ataviados con ropajes mediterráneos de bastante más calidad que la autóctona. Los ciclistas hacían sonar sus timbres en un vano esfuerzo por abrirse paso en aquel Palillero reconvertido en zoco de medina árabe. Más de uno se llevó alguna frase reubicatoria “vete al carril bici con tus castas”, a lo que los ciclistas respondían con cara de holoturia un “dónde está eso”. Incluso los ancianos tenían su huequito, sentados en los bancos tomaban sus dosis diarias de vitamina D; algunos acompañados por sus cuidadores, la gran mayoría solos, pero todos refunfuñando entre dientes maldiciones al levante y a la muchedumbre extraña que ocupaba “su Cádiz”.

– Esto con Teófila no pasaba.

– Fitetú, Maripi, que el levante era más flojo y daba menos calor.

– Los adoquines eran más lisos y las cuestas menos “empinás”.

– Sí, sí, sí, sí,- asentían todos con la cabeza.

Era cierto, había mucha gente; incluso los taxistas se quejaban en gremio porque había mucha turista pero ninguna cogía un taxi.

Desde su posición de Gades ensiesada, la Siesa podía observar toda la complejidad de la zona. Recordó a su abuela contándole que allí siempre había mucha gente porque era la plaza de los palillos, de las charlas y los encuentros. Y qué bien había cumplido con aquella función, que seguía siéndolo con el paso de los años, aun cuando iba cambiando el paisaje y la fauna de la ciudad y de aquella plaza. Porque el paisaje del Palillero también había cambiado, aunque ella todavía creía oír la cantinela del sordomudo que cantaba los números apostado en la esquina dónde hoy se sitúa la farmacia Central.

Se le puso un pellizco de nostalgia por la inocencia perdida, pero fue pasajero porque, como todas sabemos, las siesas nunca fueron inocentes. Parafraseando a Winton Cherchul “La nostalgia es cosa del pasado”.

Todos esos pensamientos invadían la cabeza de nuestra siesa cuando, al otro lado de la plaza, subiendo de Candelaria, divisó a un hombre joven cartera en mano, y supo automáticamente que también se dirigía al cajero. En la mente de la Siesa, un mecanismo activó el siesil mode on. Tenía que llegar antes que ese hombre, aunque él estuviera en cabeza, aunque a él le correspondiera por justicia ponerse el primero según el convenio de la Haya de Buenas y Morales Formas de Comportamiento Cívico en su artículo 17.b-b. Daba igual, ella tenía que ponerse por delante. La Siesa echó una mirada dibujando un trazado perfecto que atravesaba parejas cogidas de la mano, correas que unían perros con sus dueños y que rozaba fuerte a personas bebiendo agua. Se lanzó a la carrera, interrumpió conversaciones íntimas, se llevó algún insulto. Cuando a punto estaba aquel hombre, cartera en mano, de sacar la tarjeta dispuesto a introducirla en la ranura, la Siesa puso un pie por delante en aquel espacio socialmente establecido como primer lugar y deslizó su cuerpo convirtiéndose en pared infranqueable delante del cajero.

Ea! Allí estaba ella. Miró hacia atrás marcando territorio y abrió su bolso sobaquero con parsimonia. Sacó la Master Card de la cartera de piel buena y le ocurrió.

No solía ocurrirle a menudo, solo en momentos de especial intensidad y calor, y ese día de levante cumplía ambos requisitos. Que qué le ocurrió os preguntaréis, pues que a la Siesa le dio un ataque de siesta súbita. Quietecita ahí delante soñó con cielos llenos de música durante las puestas de sol, con museos llenos de gente, con cofrades y carnavaleros haciendo el amor.

Cuando despertó notó como que flotaba pero no le extrañó, podía ser un síntoma post ataque de siesta súbita. Entonces le vino un olor a flores y a cirios encendidos. Abrió los ojos y, al mirar hacia arriba, se dio cuenta de que estaba bajo palio mientras abajo unos cargadores la mecían a paso de horquilla. Recordó que esa mañana había salido de casa con una toquilla negra de encajes. A su alrededor ya no veía el Palillero, pero sí mucha gente con los ojos entornaitos por el fragor del levante. La muchedumbre la meció hasta la calle San Juan y allí, de un balcón, salió Antonia Santos Gallardo a cantarle una saeta.

De cómo llegó a su casa aquel día la Siesa no está segura. Solo sabe que llegó muy despeinada y diciéndose a sí misma:

– ¡Qué verano más estresante carajo!

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Chico bicicleta principal

Fotografía: Jesús Massó
nombre femenino
En psicología, capacidad que tiene una persona para superar circunstancias traumáticas como la muerte de un ser querido, un accidente, etc.
“la resiliencia potencia la felicidad”

¡Vaya! Ya me siento de nuevo pesada, cansada, intentando esbozar una sonrisa que no me sale, que no es natural. El despertador suena, o no, me levanto y el día es el mismo que el anterior y que el anterior del anterior. Peleas, encuentros desagradables por cualquier tontería que se cruza en tu camino. Ves la tele, todo te parece penas y desgracias. Escuchas a tus familiares, a tus amigos y es lo mismo de siempre. Pero no es el mundo, eres tú. Toca de nuevo cambiar de rumbo y no acostumbrarse ni acomodarse a la vida “que te ha ido saliendo”.

Un día un concepto apareció navegando por internet y me marcó para siempre. La resiliencia como capacidad para afrontar cambios y disfrutar con ellos. El concepto escrito en la cabecera de este artículo hace especial referencia a la superación del dolor o a las circunstancias accidentales o traumáticas; pero la palabra va mucho más allá. La siento más como una actitud, una forma de vida que adoptas y a la que te agarras cuando ves que todo se estanca.

Me gustan los cambios, disfruto con ellos. Nos quedamos a veces en la zona de confort y nos da miedo salir de ella por desconocer qué pasará. Cuando esa incertidumbre es, precisamente, lo excitante de los cambios; mirarte al espejo y preguntarte si lo que vas a realizar hoy está alineado con tu próximo objetivo o si mañana estarás más cerca del mismo gracias al trabajo que has hecho hoy. Me lo pregunto cada vez que salgo por la puerta de casa camino del coche. Ya hace unos meses que más de un día me he dicho que no iba alineada con mi objetivo. Ahí está el síntoma de que algo va mal.

Puede ser que la resiliencia se haya implantado en nuestras vidas para quedarse. ¿Por qué este concepto antes no se usaba? ¿Ha aparecido para justificar los continuos cambios que las personas de mi generación estamos viviendo por circunstancias del momento? ¿Tenemos que ser resilientes por convicción o por necesidad? Comentaba con un compañero asturiano, también viviendo fuera de su ciudad natal, que nuestra generación no puede planificar su vida a más de dos años vista; que en los trabajos que tenemos, aún indefinidos, siempre aspiramos a mejorar y mejorar. Tal vez porque empezamos más precariamente –y más tarde en el caso universitario– que nuestros padres y madres, pero tal vez también puede deberse a la situación y los cambios políticos que hemos vivido durante la crisis. En menos de cinco años ha cambiado toda una generación. Ha cambiado el vocabulario, y lo que antes era “he conseguido el trabajo de mi vida” ahora se convierte en “la resiliencia trae la felicidad”.

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Parque gimnasio polideportivo

Fotografía: Jesús Massó

¿Que Cádiz es una ciudad de mariquitas? Permítanme que arroje un punto de duda sobre este asunto. No dudo, sin embargo, de la persistencia de cierta leyenda de estela iridiscente que ha hecho convulsionar a las virilidades más hormigonadas de esta ciudad cuando el alcalde ha izado la bandera multicolor contra sus claros y salados cielos. He oído decir al rebufo: “lo que nos faltaba, con la fama que tenemos”. Pero nosotros, ni caso, y hemos insistido, “dale Kichi, al cielo con ella”.

Es más, yo creo que el Cádiz mariquita es mucho más que una leyenda. Es un mito político. La asociación en la memoria colectiva entre la ciudad y las expresiones más afeminadas de la homosexualidad masculina ha sido objeto de todo tipo de especulaciones históricas o pseudohistóricas desde tiempos inmemoriales: que si el Cádiz dieciochesco era punto de partida de buques que transportaban a prostitutas y sodomitas deportados hasta las Américas, que si los gaditanos y gaditanas acogieron tolerantemente a un grupo de esos sodomitas que naufragaron cerca de La Caleta, que si a caballo entre los siglos XIX y XX a los homosexuales descubiertos mientras hacían el servicio militar se les internaba en el Castillo de San Sebastián… ninguna debidamente documentada salvo la de mi gran amigo y catedrático de la UCA, Paco Vázquez, que nos cuenta en un opúsculo de inminente publicación los orígenes e implicaciones del mito.

Todo empieza cuando el entonces gobernador civil de Cádiz, Pascual Ribot y Pellicer, es acusado el 17 de octubre de 1898, por el periódico madrileño El Nacional, de organizar la prostitución masculina en la ciudad, cobrando contribución comercial y estableciendo la cartilla sanitaria. Era el llamado “escándalo de las cartillas”, que provocó una crisis en el Gobierno de Sagasta de mayores proporciones que el mismo Desastre, hasta el punto de propiciar la dimisión del cuñado de Ribot, ministro de Fomento.

El artículo de El Nacional, elocuentemente titulado “El reino de Sarasa”, cuestionaba la actuación del servicio de ‘higiene especial’, al mando del gobernador civil, por haber repartido las susodichas cartillas sanitarias no solo entre las prostitutas de la capital, sino también entre los llamados “maricas de burdel” o “sirvientes de mancebía”, los cuales, se sospechaba, ofrecían a su vez servicios sexuales a la marinería y otros viajeros que arribaban al puerto de Cádiz en aquel convulso periodo de la historia de España. La gente notable y más acomodada de la ciudad salió entonces en manifestación contra Ribot, y las agrupaciones carnavalescas tampoco pasaron el asunto por alto. Es el caso, entre otros tantos, de ‘Grandes Industriales de París’, que en el Carnaval del año siguiente al escándalo entonaba letrillas como esta: “Cuando hubo las cartillas/ Del gobernador/Allá en Trebujena/ Nos dio hasta temblor./ Supimos que en Cádiz/  A los mariquitas/ Por su gran oficio/ Sacaron cartillas./ Y al venir nosotros/ Pudimos comprar/ Este gran resguardo/ Que traemos atrás”. Pero mejor no sigo contando, para no hacerle spoiler a mi amigo Paco.

Lo cierto es que este mito fundacional ha hecho pervivir la leyenda incluso cuando por encima de ella ha pasado más de un siglo, incluidos cuarenta años de nacionalcatolicismo, hasta llegar a la fecha actual en la que ya no somos aquellos “maricas de burdel”, sino un segmento de mercado bastante jugoso que es preciso ordenar y ordeñar. Ahora somos los DINKs (en inglés, Doble Renta y Sin Hijos), por mor de los ideólogos de la mercadotecnia rosa, que ha animado incluso a los sectores más ultramontanos de la ciudad a recibir a los cruceros gais con la misma expectación que Penélope recibió a Ulises a su regreso a Ítaca.

He aquí la actualización del mito del Cádiz marica. Pero es solo eso, un mito. Los entonces “maricas de burdel” son hoy el precariado que trabaja de manera estacional en los bares y restaurantes que sirven a esos que llegan en cruceros, son las lesbianas excluidas real y simbólicamente de este hoy eufemísticamente llamado Cádiz gayfriendly, los gitanillos que buscan calor masculino más allá de las rígidas normas morales del clan, los muchos, muchísimos, que no somos DINKs.

Por supuesto, los sectores más recalcitrantes de la sociedad gaditana negarán la mayor y dirán que aquí no hay homofobia ni hace falta plan de las administraciones para combatirla, que vivimos en la ciudad del “buen rollito”, en el Cádiz marica de toda la vida, que los insultos del presidente de la peña flamenca ‘Enrique el Mellizo’ a Miguel Poveda no fueron más que un calentón de boca, que si el grupo Molotov viene a cantar a las fiestas populares del verano gaditano ‘Matarile al maricón’ no es para ponerse hecho un basilisco, que el caso de la pareja de guiris que fue agredida por dos homófobos en el centro de la ciudad no está nada claro ni es para sacarlo en grandes titulares.

Pero que no se equivoquen las conciencias tranquilas y los estómagos agradecidos. Si en Cádiz no hay más agresiones ni manifestaciones de homofobia es porque apenas ahora comienza a haber una comunidad lgtbqi visible y audible, apenas ahora empezamos a llegar a las instituciones, a las instalaciones culturales, a los espacios públicos. Así ha ocurrido en las ciudades donde las personas lgtbqi representan una entidad sociológica imposible de obviar, en muchos de los países donde acaban de reconocerse una serie de derechos civiles a esta población. Que una parte nada desdeñable de la sociedad, jaleada desde los púlpitos, les ha respondido con un repunte de la violencia homofóbica y transfóbica.

¿Será distinto en el Cádiz de los mariquitas? ¿En el Cádiz gayfriendly? Todo esto está por ver. De momento, el único acto de travestismo celebrado por sus habitantes como se merece es el de las aguas que los rodean desde que Alberti escribió aquello de “El mar. La mar. El mar. Solo la mar”. Y todo el océano es hoy demasiado poco para nosotros.

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Paco sanchez mugica i

Fotografía: Jesús Massó

Mientras las gaditanas se hacían tirabuzones en La Viña con las bombas que lanzaban los fanfarons, José Bonaparte dormía junto a su séquito en un palacio del marqués de Los Álamos de la jerezana calle Francos. Mientras Cádiz resistía al invasor, el rey apodado Pepe Botella hacía a Jerez capital —lo del Tío Pepe, la primera marca registrada de España algunas décadas más tarde, no tuvo nada que ver con él—. La invasión francesa convirtió a uno de los municipios más grandes de España en una de las 38 prefecturas del gobierno civil ordenado por el hermano de Napoleón. Cuando acabó la francesada, apenas tres años después, la también llamada prefectura del Guadalete desapareció con ella. Pero Jerez, que llegó a acumular el 20% de las exportaciones del país en la España decimonónica y estaba criada en la petulancia de los señoritos y terratenientes, puede que nunca superase ver arrebatada esa condición capitalina. Podría decirse que el complejo no ha dejado de sobrevolar en el imaginario colectivo desde entonces.

No es solo este aspecto capital lo que habría profundizado en la brecha entre ambas ciudades. Hay cuestiones religiosas que también han alimentado la separación entre estas poblaciones —Jerez perteneció durante mucho tiempo a la Diócesis de Sevilla, mientras que Cádiz tenía la suya propia—, por no hablar de la propia idiosincrasia de un pueblo agrario y de secano frente a otro abierto al mar. Por lo que sea, las dos ciudades se han dado la espalda para evitar una simple mirada de soslayo que las acercara. Pero ambas, en el fondo, no han hecho más que acabar durante todo este tiempo mirándose al ombligo más provinciano y cerril. Alimentadas por tópicos seculares, abigarradas tradiciones, folklorismo jartible, carajotadas del fútbol, e intereses políticos poco confesables.

Me pide Paco Cano que me estrene en El Tercer Puente con un comentario sobre “esa relación aún por descubrir e iniciar entre Jerez y Cádiz”. Dos poblaciones cuyos habitantes parecen solo tener en común el gusto por suprimir la ‘z’ final de los nombres de sus ciudades. ¿O no es solo eso? No había por qué pero quizás pensé que era bueno rebobinar a principios del siglo XIX para situar el origen —sin tener que recurrir a los fenicios o al Jurásico— de  las siempre complicadas relaciones entre la capital y la primera ciudad de la provincia en población bien entrada la segunda década del siglo XXI.

“Ojo, que a mí me encanta Cádiz, ¿eh?”, puntualizan algunos para suavizar cualquier comentario negativo en una discusión sobre la capital administrativa de la provincia. “El centro de Jerez está muy animado; la Feria me encanta”, argumentan otros para cruzar el puente y liquidar los escasos 50 kilómetros que separan por carretera a ambos municipios. Poco más. En esos comentarios subyace la inquina, la víscera, el chovinismo cateto, el recelo, el complejo. Te soporto si hace falta, pero no me caes bien, parecen decir. “Puta Cádiz, Jerez capital; Cádiz es un pueblo de Jerez…”, ladran de un lado. “Sevilla y Jerez la misma mierda es; Jerezanos, yonkis y gitanos…”, aúllan desde el otro. Los jerezanos de mi generación, que padecemos con amor-odio a esta ciudad maldita con campiña al fondo —esa que Moreno Barranco llamaba cementerio viviente que nuestros padres nos han dado como cuna—, hemos crecido con esas consignas ultras y fanáticas de fondo sur sobrevolando el imaginario colectivo. Hasta trabajé en la redacción de un periódico en la que escribir el gentilicio “gaditano” estaba maldito.

Pero mi realidad, y espero que la de cada vez más gente, es que cuando soy capaz de abstraerme, cuando salgo del caparazón y cojo perspectiva, adoro Jerez tanto como me fascina Cádiz. Cuando me voy fuera unos días, tomo oxígeno y regreso, lo hago con ganas de cambiar mi entorno. Y cuando me separo de su cruda realidad de paro y miseria, las comparo, las abrazo, las fundo y las entiendo, llegando a valorar sus potencialidades, y a apreciar sus más valiosos tesoros, sus más pintorescas singularidades. Y me reconcilio con quienes cada día intentan cambiar el estado de cosas que siempre he conocido. Y aborrezco mucho más todo lo que tenga que ver con vivir de espaldas unos con otros.

¿Cómo se cambia todo esto? Probablemente lo saben pero no quieren. Hablan de sinergias pero siguen tejiendo división. Hablan de hacer provincia, pero siguen manteniendo chiringuitos y anteponiendo votos a ciudadanos e integración territorial. Hablo de los políticos: perdonen la tristeza (o la pereza). De la ciudadanía, espero otra cosa. Espero lo que está ocurriendo y probablemente no se den cuenta. Sucede que conozco gente de Jerez que vive en Cádiz y amigos de Cádiz que viven en el edificio Ermita de Guía, una tétrica oda al crepúsculo inmobiliario en la entrada de Jerez. También pasa que mis amigos de Jerez van cada año a disfrutar de los carnavales o a la playa de Cortadura como amigos de Cádiz vienen a disfrutar de las zambombas o los tabancos. Tengo un colega gadita que es community de una bodega de Jerez, y conozco a jerezanos currando en proyectos de alta tecnología con vistas a la Caleta. Todo va fluyendo. Por fortuna, quiero pensar que cada vez hay menos jerezanos que fantasean con que un maremoto sepulte a Cádiz; y menos gaditanos que afirman que Jerez, “esa tierra de señoritos y engominados”, apesta a mierda de caballo.

Las ciudades y sus gentes, sus mentalidades, afortunadamente están cambiando. Insisto: eso quiero pensar. Las fronteras se diluyen y las nuevas tecnologías —cuando se usan bien— nos acercan más rápido que cualquier Cercanías. De los políticos, poco o nada podemos esperar. Quizás alguna vez llegue el AVE a Cádiz o se ponga fin al crimen del peaje de Las Cabezas; puede que fragüe al fin un plan serio y no partidista que reparta con criterio y conciencia social los cuantiosos fondos europeos que llegarán a espuertas hasta 2020 —1.300 millones de euros gestionados por Gobierno y Junta— a una provincia con más paro que la franja de Gaza. Puede que alguna vez pase algo que nos acerque de verdad y convierta el arco Jerez-Bahía-Cádiz en el gran área metropolitana del sur de Europa. De los políticos, ya les digo, espero más bien poco.

De la gente, de la ciudadanía, sin embargo, lo espero todo. Espero justo lo que está pasando. Que nos acerquemos sin darnos cuenta. Que mantengamos el contacto, que intercambiemos proyectos y conocimiento, que fluyan las experiencias culturales, educativas, sociológicas, investigadoras, gastronómicas… Espero que cambie todo para que todo cambie y que vayamos a lo que nos una antes que a lo que nos separa, por muy tópico que suene eso. Que nos acariciemos y nos comprendamos después de muchas décadas durmiendo en camas separadas. Como probablemente ocurrió antes de aquella noche en la que Pepe Botella dormía plácidamente en un palacete jerezano mientras las gaditanas, de madrugada, se reían eufóricas de los mostachos y morriones de los invasores gabachos. “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría, y también de la locura”. Eso pensó Dickens en su Historia de dos ciudades, justo en el arranque de la Revolución francesa, y eso puede que esté pasando ahora sin percatarnos demasiado en esta bendita provincia que, en realidad, son tres. Aunque del campo de Gibraltar ya si acaso hablamos otro día.