Tiempo de lectura 💬 3 minutos
A pinto
Fotografía: Ángel Pinto

CÁDIZ 2 – 0 ZARAGOZA

No sé si usted ha dedicado algún rato de su ocupadísima vida a meditar. Y no, no hablo de reflexionar ni de sopesar pros y contras de algún asunto. Me estoy refiriendo a la meditación entendida como búsqueda del equilibrio interior y de la paz espiritual.

Sentarse, cerrar los ojos, respirar. Sin expectativas, aceptando el presente.

Pues así, sin expectativas y aceptando mansamente lo que el destino me deparase, ocupé mi asiento en el estadio Carranza en la noche del lunes, víspera de los idus de mayo (sí, ya sé que los de marzo son más famosos, pero los de mayo también tienen su corazoncito: compruébese en Wikipedia si se duda).

Estaba resignado a otro recital de rigor táctico aburrido y estéril. A marrar una ocasión pintiparada, a mantener la portería a cero con un poco de suerte. Presentía, en fin, un nuevo empate agónico que añadir al rosario interminable y lo peor de todo es que ni siquiera me importaba demasiado…

Pero quiá, me equivocaba de medio a medio.

Desde el pitido inicial del errático colegiado Vicandi Garrido, aquello desprendía otro aroma. El primer síntoma fue que la línea defensiva gaditana se colocaba arriba, muy arriba, imagino que en parte para alejar del área a Iglesias y Toquero y en parte para facilitar la presión y el robo en zonas sensibles. Y el plan no pudo salir mejor: en una jugada por banda izquierda iniciada por Álex, Álvaro depositó el balón en el área como el que tira un plato al aire. Barral transformó su pierna derecha en un fusil y colocó la pelota junto al palo izquierdo de Cristian Álvarez. Inapelable.

Con la confianza que otorgan los goles, el Cádiz adquirió la consistencia y la frescura de una tarrina de helado. Durante casi media hora, y apoyados en la inmensa calidad de Perea, los locales movieron admirablemente el cuero, rondando con peligro el área zaragozana. Álex, por su parte, aportaba por igual trabajo y talento. El ex – españolista ha madurado este año hasta convertirse en un jugador sereno y adulto. Un profesional en el mejor sentido de la palabra, nuestra estrella discreta.

Mientras tanto, los aragoneses no demostraban en absoluto las credenciales que le habían llevado a completar su magnífica segunda vuelta. Marrulleros en exceso, su fútbol era ramplón y previsible: pelotazos para que sus dos delanteros intentaran doblegar a los centrales gaditanos y poco más. Febas aportaba unas gotas de calidad en la media punta, pero el trabajo de Garrido desconectaba al catalán de sus compañeros.

El primer tiempo terminó con un lance sintomático: Iglesias tumbó a Correa de mala manera y el lateral, al iniciarse la segunda parte, tuvo que ser sustituido. En la misma zona del campo y al poco de la reanudación, Delmás le haría una fea entrada a Alvarito que le costaría su expulsión. Y es que el juego sucio y la dureza excesiva han sido las señas de identidad zaragozanas en los dos enfrentamientos de esta temporada contra el Cádiz. Tanto ensañamiento solo les ha servido (aparte de para lesionar a José Mari) para encajar cuatro goles y perder los seis puntos en liza. Nacho González tiene trabajo por delante si se cruza con los andaluces en el play off.

El caso es que los visitantes se quedaron con un hombre menos (su lateral derecho, para más señas) y en la jugada siguiente Perea y Alvarito castigaron severamente esa tara. El albaceteño demostró su clase con un pase magistral y la rapidez y precisión del utrerano hicieron el resto: la pelota transitó bajo las piernas de Cristian hasta besar las mallas.

Y de ahí al final, lo consabido. El Zaragoza, demudado, revoloteaba alrededor del área del Cádiz sin demasiado sentido, como golondrinas atolondradas. Los locales, con algunos ajustes en el once (Servando en el lateral, Nico en la banda) aguantaron el resultado sin problemas y los espectadores pudimos vivir, por fin, una noche tranquila y feliz.

No sé si la clave de todo fue la ausencia de expectativas o la coincidencia en el equipo de varios jugadores de calidad. Por si las moscas, sigamos por la misma senda.

Tiempo de lectura 💬 1 minuto
Fotocu1
Fotografía: Jesús Massó

Aunque las tres tenían coartadas, la policia de los “Juegos Reunidos” las puso bajo vigilancia discreta pero firme. Cuando la ficha roja, apenas una semana después empezó a contarse veinte en una taberna cercana, el inspector Geyper ordenó su detención y la de sus cómplices antes de que se exiliaran a la casilla central Texto: Juan Rincón


 

Tiempo de lectura 💬 4 minutos
Img 0982
Imagen: Pedripol

No son manada, son escoria. Cinco hombres perpetuadores de la cultura de la violación, fagocitando la  pornografía consumida para cometer un acto cruel, aberrante  y execrable,  mofándose de un mujer de dieciocho años, despreciándola y obligándola a someterse a una tortura que grabaron para compartir como un trofeo de caza.

Ellos son cinco, pero hay otros tantos, y una polémica sentencia deja la puerta abierta para que campen a sus anchas por todo el territorio.

Fue agresión sexual, pero dos magistrados no vieron intimidación y aunque la respuesta natural y biológica ante el miedo sea el bloqueo para ellos no fue suficiente.

Nos bombardean constantemente -a nosotras las mujeres- con la importancia de las denuncias (una cada ocho horas en España), pero parecen ignorar que esas denuncias conllevan un proceso de humillación, de señalamiento, de incredulidad, de vejaciones verbales con preguntas sobre su comportamiento, de juicios de valor, de tener que demostrar qué sucedió, de aprender a olvidar lo ocurrido, recomponerse… de volver a vivir. Me pregunto si han sido conscientes del dolor desgarrador de la víctima y la respuesta es NO, porque para demostrar esa violencia te invitan a acreditarla con un parte de lesiones, a realizar un curso de defensa personal, a llevar un spray de pimienta en el bolso, a forcejear, a tratar de huir aunque acabes brutalmente herida o te arrebaten la  vida.

No les ha bastado con la superioridad numérica, física y en edad; porque eso es prevalimiento. No entienden que para sentirte intimidada sólo una mirada de una de esas bestias nos bastaría a cualquiera de nosotras para someternos. Porque eso es la violencia, ejercer el poder, tener el control y buscar la absoluta sumisión. Dos de esos magistrados reconocen que la confinaron en un lugar estrecho y la tenían bloqueada, pero condenan a cada uno de los acusados a una pena de nueve años por abuso sexual. Reconociendo el aprovechamiento de esas fieras desbocadas, existiendo informes de la policía, del servicio de salud, y del padecimiento de trastorno de estrés postraumático, no los condenan por agresión sexual. ¿Qué más necesitan?

Se me encoge el alma y se me revuelven las entrañas al pensar en su sufrimiento, en su dolor, su humillación, su angustia, su impotencia, su desolación…

Esta sentencia nos está avisando de que no salgamos de noche, no nos emborrachemos, no acudamos a fiestas, no volvamos al amanecer, no nos vistamos como queramos, no viajemos solas, no regresemos a casa sin compañía o sin un taxista vigilando nuestros pasos hasta el portal, que miremos siempre hacia atrás y que llevemos en una mano el móvil y en otra las llaves, a no frecuentar según que sitios, a soportar el acoso, a dejarnos sobar, a callar, a mirar para otro lado; en definitiva, a tener miedo, a doblegarnos y someternos, porque de eso se trata, el mensaje que lanza es que somos ciudadanas de segunda y estamos subordinadas.

Y si incumplimos todo ese protocolo diseñado para las mujeres en nuestra sociedad patriarcal, lo máximo que podrás obtener es que la justicia, esa que presume de garantista, te lance un órdago reconociendo lo ocurrido y te regale una sentencia en la que un magistrado considere que unos videos grabados por una de esas cinco bestias , con olor a sudor y alcohol, eyaculando sin usar preservativos, fotografiando el culo de otro de ellos pegado a la cara de una joven de dieciocho años, era una orgía. Sí, porque mientras dos magistrados oyeron gritos de dolor, el señor Ricardo González dedujo excitación sexual y, para él, no fueron gritos de dolor, fueron gemidos de satisfacción. Personas así no son aptas para interpretar la ley, de manera tan subjetiva, tan impropia como para que haya miles de personas que estén pidiendo su inhabilitación. El sistema judicial debe contener una perspectiva de género que nos proteja cuando nos agreden, nos violan, nos maltratan y nos matan, que transforme la mirada de profesionales de la justicia con visión patriarcal. No lo digo yo, lo dice el Convenio de Estambul, y debería decirlo el famoso Pacto de Estado, que aún no está desarrollado.

Cuántos miembros de la sociedad son consentidores de esta tremenda violencia, cuántos la aplauden, y cuántos la han naturalizado. Quiero pensar que pocas personas, pero las cifras van en aumento. Porque asistimos atónitos, llenos de rabia y de dolor a la impunidad de foros de machos que no dudan en publicar su identidad; páginas neonazis que vomitan su misoginia ofreciendo datos personales, fotografías, insultándola, tratando de vejarla, vengándose y defendiendo a esa escoria;  justicieros desde las redes pidiendo la absolución de los acusados, y, condenándola mediante comentarios aberrantes y amenazadores; medios audiovisuales que bajan a los infiernos del morbo, y, un abogado mediático, provocando con su bajeza moral,  y campando a sus anchas por las cloacas televisivas.

Seguirá el proceso, con los consabidos recursos, y mientras se vaya alargando en el tiempo, ella continuará sufriendo, siendo juzgada continuamente, porque el sistema parece conminarla a un aislamiento perpetuo, a la pena, a la discreción absoluta, porque sus mentes podridas y alienadas, no pueden comprender que siga con su joven y preciosa vida.

Hermana, te creemos, y reventaremos las calles, y,  haremos temblar los cimientos del sistema hasta que se haga verdaderamente justicia.

 

 

Tiempo de lectura 💬 4 minutos
Loregarron
Imagen: Pedripol

Llevo días con ganas de vomitar, con lágrimas en los ojos, un pellizco en el estómago y otro en la garganta. No paro de pensar que cualquiera de nosotras podríamos haber sido ella, que cualquiera de nosotras podríamos haber sentido su pánico, su asco y su dolor; que la mayoría de nosotras hemos sido ella en algún momento de nuestra vida. Apenas he podido leer la sentencia completa porque el cuerpo se me descompone, me entran temblores y me duele el alma.

Mi hermana me escribió hace unos días diciéndome que tenía miedo, que ahora más que nunca tenía miedo de que le pasara algo. Y aún tiemblo más, porque sé que el miedo que ella siente, lo sentimos todas.

La sentencia que se ha dictado contra los cinco de la manada es injusta, indignante, repugnante. Ya no por los años de condena, sino por la falta de respeto con la que se trata a la chica violada. Y sí, digo violada porque, aunque eso no es lo que recoge la maldita sentencia, que cinco tipos te acorralen de esa forma y te agredan sexualmente de múltiples formas, es intimidatorio y violento y, por tanto, se llama violación. Y ahora más que nunca, no se nos quita de la cabeza que este sistema judicial es machista y patriarcal. Se necesitan pruebas, además del testimonio. Ahí las tienen. En las propias palabras de los jueces que dictan la sentencia se leen los hechos que ellos dan por probados. Y aunque el análisis que hacen es muy claro, la resolución no se ajusta a sus propias palabras y acaban diciendo que es abuso y no agresión sexual o violación.

¿Nos toman el pelo? ¿Piensan que somos estúpidas? ¿Creen que somos objetos de consumo?. En cualquier caso, lo que han hecho es firmar una declaración de guerra. En realidad, ya nos la declararon hace tiempo, hace mucho tiempo, aunque no teníamos las herramientas, la fuerza o la unión para enfrentarnos a ellos de manera contundente. Pero hasta aquí llegamos. Si quieren guerra la van a tener y, aunque vamos perdiendo, hoy nos sentimos poderosas. Hoy sentimos que somos una manada de lobas a las que nos han arrebatado a miles de las nuestras.

Hay que mantener el corazón caliente y la cabeza fría, porque lo primero que se nos viene a la cabeza ante todo esto es la venganza. Destrozar a esa basura humana. Y personas que no creemos en la pena de muerte, ni en la cadena perpetua, ni siquiera en el sistema carcelario, nos encontramos pensando que lo que se merecen es una paliza o decenas de años en la cárcel, que paguen por lo que han hecho, que obtengan el mismo sufrimiento que han causado.

Más allá de las convicciones, estoy segura de que eso no sirve para nada. O, al menos, no para parar nuestras violaciones, asesinatos o agresiones. No nos sirve para eliminar nuestra opresión. Y cuando consigo apartar a un lado (porque en realidad no desaparecen) el asco, el miedo y el dolor, lo que realmente quiero no es venganza por lo ocurrido, sino soluciones para que no vuelva a pasar.

Algunas de las que se apuntan por parte de las instituciones son la destitución del juez que emitió el voto particular, Ricardo González, puesto que pidió la absolución de los cinco violadores y se han encontrado otras muchas irregularidades en su vida como juez e, incluso, la dimisión del Ministro de Justicia, Rafael Catalá. Me parece bien. Sería muy satisfactorio para el movimiento feminista conseguir la segunda dimisión de un ministro de un gobierno del Partido Popular, además de la primera de un juez. Pero cuidado, eso no nos basta. De igual manera que el problema no está exclusivamente en los años de cárcel, tampoco lo está en las personas concretas, aunque tengan sus responsabilidades. Y no podemos dejar que eso nos nuble la mirada y creamos que ya está todo conseguido.

Necesitamos soluciones que vayan a la raíz de los problemas que tenemos. Asumir que la cuestión central de la problemática no es el porno en sí mismo (aunque el porno que se comercializa es machista y enseña modelos de sexualidad degradantes y violentos contra nosotras), ni la música que escuchamos (aunque gran parte de ella reproduzca el mensaje de que somos objetos de deseo o propiedad de los hombres), ni la institución judicial (aunque la mayoría de ellos sean hombres que, además, no tienen formación en género), sino que todo eso no es neutro, que está empapado en una cultura y sociedad patriarcal que engloba todos los aspectos de nuestras vidas. Y que, por tanto, necesitamos también soluciones globales con mirada feminista:

  • Soluciones para que nuestro escote o nuestro largo de falda no se vea como una provocación.
  • Soluciones para que nuestro cuerpo no sea utilizado como reclamo para ir a un bar o vender un producto.
  • Soluciones para que las denuncias que ponemos sean tomadas en serio.
  • Soluciones para que ninguna mujer tenga que volver a casa acelerando el paso, mirando hacia todos los lados y con las llaves en la mano.
  • Soluciones para que los hombres no crean que lo que ven en el porno corresponde a la realidad de los cuerpos y la vida sexual.
  • Soluciones para que, mientras logramos parar las agresiones, se dicten sentencias acorde con lo ocurrido.
  • Soluciones para que podamos viajar solas sin miedo.
  • Soluciones para que nuestras madres (y digo madres porque casi siempre son ellas) puedan acostarse tranquilas cuando salimos de fiesta.
  • Soluciones para que el foco se ponga en ellos y no en nosotras.
  • Soluciones para que los hombres que de verdad están con nosotras pongan también el grito en el cielo con lo que nos está pasando.

En fin, quizá estemos pidiendo mucho, pero en realidad lo que queremos es el fin del patriarcado, el final de esta guerra que sólo podrá terminar si salimos victoriosas. Una guerra que no hemos empezado nosotras, pero en la que contabilizamos ya demasiadas bajas.

Cadenas en las redes como la de “Cuéntalo” ponen de manifiesto que “no son casos aislados”. Debemos, además de visibilizarlos, salir a la calle por miles, por millones para conseguir que esto termine. Debemos crear colectivos, redes de mujeres de lucha y apoyo mutuo: si se cae una, el resto la levantamos. Debemos, como decíamos en el manifiesto del 1 de mayo, “conseguir que el miedo se convierta en rabia y la rabia en organización”. Y también debe ser una obligación para nosotras no sólo denunciar las consecuencias de la cultura de la violación o de la violencia machista, sino analizar cuáles son sus causas, sus raíces: porque si no tenemos eso claro, va a resultar mucho más difícil combatirlas.

Tiempo de lectura 💬 2 minutos
Bearagon
Fotografía: Jesús Massó

Ya no engaño a nadie. Ya sabéis que busco cualquier excusa para hacer poesía. No es que no sepa hacer otra cosa, es que no quiero. Busco en ella lo que estas palabras no son capaces de decir, tantas cosas se quedan en el tintero de la lógica que a veces más vale no usarla.

Por eso digo pájaro en vez de mujer y puente en vez de hombre. Es verdad que puede resultar pedante y a veces cansino aquellos tirabuzones en los que me enredo para decir cualquier cosa, lo sé, aun así creo en la palabra y en todas sus posibilidades.

Ahora que estamos en tiempo de libros y de celebración del lenguaje, de verbenas en torno a la palabra escrita, de editoriales en fiesta y librerías en flor. Ahora que es tiempo de literatura, ofrezco humilde mi palabra desnuda de toda la poética de la que pueda deshacerme. No será fácil.

Escribo libros, a pesar de eso entiendo que los libros son una enormísima tienda de animales en la que hay demasiado ruido. Palabra dentro, miles de animalitos se hacen fósiles cada vez. Un escaparate perfecto y luminoso se alza alrededor del objeto-producto, de la caja que envuelve el producto. Escribo libros porque amo a la palabra y la celebro. No estoy en contra de los libros por tanto. Estoy en contra de la importancia que le damos a los libros y escribo libros pero eso no tiene demasiada importancia. Nos creemos dueños de una cosa que ya existía. Nos creemos superiores porque un día aprendimos a leer y a escribir. Nos creemos…

Ahora bien: mi madre me cantaba nanas que yo no le cantaré a nadie. Mi abuela me contaba cuentos con finales distintos cada vez que yo no le contaré a nadie. Mi prima saltaba a la comba mientras cantábamos a la par cancioncillas que yo no voy a cantar a nadie. Somos el último eslabón de una cadena tan invisible que nadie la vislumbra por más que brille. Se nos escapa la tradición oral por los ojos y miramos impasibles hacia otros horizontes. Celebramos lo perpetuo y dejamos morir lo efímero con la misma alegría y certidumbre.

El pueblo es más poema que pueblo, por eso escribo poesía. Me sentí poeta mucho antes de publicar mi primer libro. Me soy poeta porque la palabra poeta me es a mí sin credenciales ni referencias y escribo libros, pero no es el libro antes que la poeta como no es el cuadro antes que el pintor.

Es por eso que en estos tiempos de celebraciones de libros que yo también escribo, también celebro inevitablemente la voz de mi madre cantando una nana moribunda.

Tiempo de lectura 💬 3 minutos
Yolandavallejo
Fotografía: Jesús Massó

Cantaba Paco Alba que hay quien dice que Cádiz no tiene fiestas, ni feria que aventaje a otras capitales. Se equivocaba, el hombre, se equivocaba. Porque precisamente de esa necesidad hizo nuestra ciudad, virtud. Y a falta de ferias de vino y rosas, tenemos la que se ha dado en llamar “la feria del libro más bonita del mundo”. Razón no les falta a quienes así apellidaron al encuentro de libreros, escritores, editores y lectores que año tras año se dan cita para celebrar las letras en un lugar habitado solo por libros.

Y es que donde habitan los libros no existen los títulos falsificados, ni las sentencias injustas. Tampoco existen los políticos de medio pelo, ni los predicadores. Ni los desahucios, ni los despidos. Donde habitan los libros, el alimento procede de la palabra que se hace carne en cada verso, en cada página. Donde habitan los libros no hace falta tragarse sapos ni culebras, ni comerse a los bichos de la tierra, porque donde habitan los libros hay una fuente de energía inagotable, renovable, sostenible, limpia, hermosa purísima. Donde habitan los libros no hay plazo que no se cumpla ni deudas que no se paguen y por eso están derogadas casi todas las leyes, hasta la ley del más fuerte. Porque no es más fuerte quien más pega, sino quien resiste más. Y nadie, ni nada resiste como los libros al paso del tiempo, de la forma, del espacio, de la gente.

La primera Feria del Libro se celebró en abril de 1933 en Madrid. En aquella ocasión las editoriales madrileñas inmersas todas en un furor editorial sin precedentes en nuestro país decidieron sacar los libros a la calle, acercar los libros a la inmensa mayoría, en comunión con aquellos ingenuos planes de promoción de la lectura que llevaba a cabo el gobierno de la República. “La tierra habitable ha sido toda ella descubierta, pero nos queda el mundo sin contornos, el mundo infinito” decía entonces Fernando de Los Ríos, ministro de Instrucción Pública. El mundo sin contornos, el mundo infinito, el mundo en el que habitan los libros.

Desde allí y desde entonces este mundo se ha hecho mucho más inhabitable, pero cada año los libros han seguido saliendo a la calle, al son de los versos de Blas de Otero “Si he perdido la vida, el tiempo, todo lo que tiré, como un anillo, al agua, si he perdido la voz en la maleza, me queda la palabra”. Porque, ya lo sabe usted, no solo de pan vive el hombre, sino de palabras, porque somos palabras.

Y uniendo palabras, y sumando voces, llevan los libreros de Cádiz celebrando su feria más de treinta años. Contra vientos, mareas y tempestades primavera tras primavera, nos recuerdan que frente a la decadencia, a la destrucción, a la desesperanza, al miedo, nos queda la palabra. Aunque sea en aquel baluarte tan a trasmano, que honra a su propio nombre, porque ningún baluarte fue concebido para ser asaltado, sino para la defensa. Y allí se defiende la palabra.

Nuestro baluarte es el lugar donde habitan los libros. Donde una pequeña legión resiste, como si fueran los galos de Asterix, los ataques de la crisis, de la ignorancia, de la intransigencia, de la sociedad. Quizá no sea la feria de más peso, ni la de los grandes nombres; puede que tampoco sea la feria más ambiciosa, ni la que tenga un presupuesto más alto, pero es la feria del libro más bonita del mundo, y la que cuenta con los devotos más entregados que cada año cumplen con el rito de entrar en el mundo sin contornos, sin fronteras, sin peajes, en el mundo donde habitan los libros.

Porque en este mundo, cuentan más los enemigos –la televisión, Internet, los e-reader, los móviles, las redes sociales, las librerías que cierran- que los amigos, es cierto. Pero de cuando en cuando está bien contar a los amigos, contar con los amigos, contar para los amigos y eso, sólo puede hacerse desde nuestro baluarte. Desde este lugar donde no importan las cifras, sino las letras. Donde es posible aún oler a imprenta, a papel, a sueños, a vida. Donde habitan los libros, hasta el próximo día trece. No se lo puede perder.