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Tener hijos es de ricos

Si hay una imagen que me viene a la mente cuando se habla de la crisis esa es la de Jorge, un bebé que fue desahuciado junto con sus padres y sus dos hermanos de una vivienda. Fue hace dos años en Madrid y gracias al fotoperiodista Jaime Alekos, el mundo vio cómo en España se echaba a la gente a la calle a golpe de martillazos mientras una madre besaba a su bebé para intentar calmarlo.

Tras la indignación  y la rabia, una intenta buscar respuestas, agarrarse a asideros que den un poco de cordura a esta locura cotidiana y buscar, incluso, causas para explicar cómo se llega a este drama. Y en esta normalización de lo anormal, los dirigentes de esta crisis-estafa han conseguido victimizar doblemente a las víctimas haciéndolas responsables de las tropelías del sistema hasta el punto de que, por un segundo, yo misma caigo en la trampa: ¿Cómo a las puertas de un desahucio anunciado pueden tener otro hijo? Es la pregunta final a la que llego tras plantarme todos los interrogantes y darme cuenta al instante de que esa es la pregunta que esperaban que nos hiciéramos.

Despejo mis dudas con sólo mirar a mi alrededor y darme cuenta de lo cerca que estamos todos de vivir ese drama y de lo valientes que fueron Yolanda y Jorge, desafiando al sistema y hasta a las críticas de sus iguales, y tener otro hijo en esas circunstancias, lo planificaran o no.

Porque esta crisis-estafa no sólo nos ha exigido austeridad y renuncias, mientras que otros seguían llenándose los bolsillos, sino que ha construido un armazón ideológico para robarnos derechos labores, sociales, políticos y meterse en nuestras vidas hasta el punto de condicionarnos a no tener hijos por no poder mantenerlos. De lo contrario, seríamos unos irresponsables de cara a la sociedad.

Y es que… ¿los pobres no tenemos derecho siquiera a eso? Me pregunto. Y no, las políticas austericidas que desde hace ocho años vienen practicando nuestros gobiernos al dictado de la Unión Europea han provocado mucho daño en la vida cotidiana de los ciudadanos, en su presente y, sobre todo, en su futuro que nunca llega a vislumbrarse.

Y en la de las mujeres, sin duda. Conozco a amigas que, después de años de estudio, trabajo, idas y venidas del extranjero, experiencia acumulada, aún no saben si tendrán que volver a marcharse y posponer, una vez más, la maternidad.

Mujeres con contratos de cuatro horas o hasta de dos que trabajan más de ocho, para las que quedarse embarazada es un lujo que no pueden permitirse porque perderían de inmediato su empleo.

Mujeres que se arriesgaron y ahora no tienen forma de volver al mercado laboral. Mujeres, sin trabajo, que tuvieron hijos y luego fueron juzgadas por la sociedad como insensatas.

Porque aunque sé que la crianza de los hijos es cosa de dos, es la mujer a la que acaban afectando las consecuencias de esta decisión conjunta: sobre todo, si no eres rica. Tal cual.

Cuando de pequeña escuchaba cómo, en determinadas ocasiones, las madres tenían que entregar a sus hijos por no poder criarlos, me costaba entenderlo. Y, hoy, saliendo de la crisis, como dicen algunos, la realidad vuelve a darnos una bofetada en la cara, al saber que una pareja gallega ha tenido que entregar a la Xunta a sus hijos por falta de recursos para mantenerlos.

La historia de Arantxa y Jose, con 37 y 38 años, es también el retrato de una generación cercana a los 40 que aún sigue buscando su hueco, que se afana en trabajar de lo que sea, que pospone su decisión de tener hijos por falta de recursos o que, si los tienen, como es su caso, se ven obligados a entregarlos a una institución y a los abuelos.

Porque cuando se denuncia que los niveles de pobreza infantil en España o que en nuestro país uno de cada tres niños está en riesgo de exclusión social según un estudio de Unicef -y de eso sabemos mucho en Cádiz- hay gente que todavía lo pone en duda. Niños que no pueden reponer sus gafas, que no comen pescado o carne –sólo arroz y pasta- o niños que no pueden ir al cine.

Y no hablo de lo material, porque si hay algo bueno que, particularmente para mí, trajo la crisis fue desterrar el mito de que la felicidad dependía de lo que tuvieras, del consumismo atroz que nos rodeaba. Por el contrario, la gente ha demostrado que la solidaridad y la colectividad pueden hacer mucho para dar a esos niños no sólo macarrones y salchichas, sino un buen filete de cerdo o que disfruten de una tarde de teatro callejero.

También algunas instituciones, pero no como caridad, sino como un derecho, el derecho que tenemos todos, especialmente los más pequeños, a desarrollarnos completamente como personas.

Pero mientras, van pasando los años y muchas mujeres desisten de tener hijos porque no saben si será verdad que el mes que viene podrán renovarle su precario contrato otros seis meses más o le darán el finiquito –si lo tuviese- al terminar el mes y la despedirán con un “hasta luego. Ahora mismo no podemos contar con usted pero en cuanto mejoren los resultados, la llamaremos”.

Mujeres que sí dieron el paso o que les sobrevino el embarazo y acuden a sus jefes –siguen siendo mayoría de hombres o Mónicas Oriol que prefieren contratar mujeres que no se queden embarazadas- con miedo a decir que durante dieciséis semanas estarán de baja porque van a tener un bebé y que aunque sus barrigas crezcan siguen siendo igual de válidas, como si tuviera algo que ver el tamaño de su cuerpo con su habilidad profesional.

Por eso, hablar ahora de conciliación familiar parece de risa. Hasta innecesario. La gente mayoritaria de este país –llamémosnos clase media, clase obrera, trabajadores (sin trabajo), pobres- no puede tener hijos. Lo dice el Instituto Nacional de Estadística: el número de defunciones de 2015 superó al de los nacimientos por primera vez desde 1941, cuando estábamos en plena posguerra.

No sólo están destruyendo la vida de la gente, sino el futuro de este país, aunque ‘ellos’ sigan teniendo a sus hijos sin ni siquiera caer en la cuenta de que para ‘los demás’, en estas circunstancias, no es posible.

Fotografía: María Alcantarilla

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