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Federico sopranis

El sol todavía no ha terminado de secar los senderos que rodean Misalito, pero luce el sol, y parece que las aves se resarcen de las inclemencias del tiempo con un canto que a mí me parece hoy más festivo y despreocupado.

Ayer falté a mi paseo. Mabel Cuesta, profesora del departamento de Hispánicas, vino a visitarme. Todavía hay algunos antiguos compañeros con cuya compañía disfruto. Incluso estoy dispuesto a renunciar a mi rutina diaria con tal de tener una buena charla. Mabel ha dejado Austin, donde está pasando el año sabático que solicitó para terminar su biografía sobre la antropóloga Lydia Cabrera, y se ha acercado a Houston para participar en un congreso organizado por el Recovering the US Hispanic Heritage Project. Ha aprovechado el viaje para venir a saludarme a mi retiro.

Frente a los habituales desesperanzados análisis de la situación política actual, Mabel me habla con entusiasmo de la respuesta ciudadana. De su abarrotado bolso saca un arrugado panfleto donde destaca en grandes caracteres “Know your rigths/Conoce tus derechos”. En algunos institutos de Austin el profesorado ha hecho circular esta guía sobre cómo comportarse ante una visita de los agentes de inmigración y cómo responder a sus preguntas. El material está elaborado por una coalición de abogados y grupos de defensa, bajo el nombre de “Texas here to stay/Texas no nos vamos”, que procura información y servicios legales para todos los inmigrantes.

Y aún hay más, me decía emocionada. También en la ciudad de Austin, otro grupo de activistas preparan la campaña “Sanctuary in the streets/Santuario en las calles”, que planea defender de las deportaciones a los inmigrantes indocumentados con la acción directa de voluntarios, dispuestos a actuar como barreras físicas ante los agentes de Inmigración y Aduanas.

Mabel se despidió con un cálido abrazo. En el último momento me recriminó, con humor, que, sin saber muy bien por qué, su acento cubano se desata por completo cada vez que habla conmigo.

Ahora, mientras paseo entre los saguaros, me doy cuenta de la vigencia de los planteamientos de Saul Alinsky y de su “community organizing”, de la importancia de la comunidad y de la necesidad de que esté preparada para actuar con la urgencia y eficiencia requeridas en las situaciones de crisis. Aquella idea, tan propia del activismo de los 70’s, de que el auténtico fracaso de la democracia es el desapego de las personas de las tareas cotidianas propias de la ciudadanía. Frente a la frustración, acción.

No deja de sorprenderme el potencial de este país de generar tanto sufrimiento como esperanza. Capacidad para entregar el liderazgo a un narcisista sin la más mínima formación, pero capacidad también para mantener durante ocho años a un presidente afroamericano en la Casa Blanca. Quizás no deba ser tan duro en mis análisis.

Le trasmito mi perplejidad a Edward Youngblood, el nativo tonkawa que habita en el destartalado taller de mantas tradicionales donde suelo concluir mi paseo, allí donde el pueblo pierde su carácter residencial y empieza el desierto. Después de escucharme con atención me cuenta con desgana que en 1884 la tribu tonkawa fue desposeída de sus tierras y reubicada en Oklahoma.

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