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Esther post
Fotografía: Andrés Ramírez

Esther Garboni (Libros de la Herida, 2018)

“A mano Alzada” es una celebración del lenguaje. Versos que cantan y cuentan plenitudes y quebrantos, presencias y ausencias, sueños, tentativas, convicciones, fatalidades, fidelidades, asombros, hallazgos, decepciones, desobediencias, fugas, aprendizajes…

Un libro sobre la belleza. Un libro sobre el dolor. Un libro sobre las posibilidades de la escritura y el arte para salvarnos.

Poesía que incumbe, que interpela, que cuestiona y conmueve.

Poesía precisa, sugerente y musical, que pinta, a mano alzada, paisajes imperecederos y firmes en el alma.

Lean. Canten, miren, vivan, celebren.

 

MUJER DE AGUA

¿Vienes a lamerme las heridas?
Sabes que soy de papel.
Puedo enseñar los dientes
y levantar las alas como aspas de molino,
pero mi sombra es menuda
y vengo rota.
He cruzado la muerte sin quemarme.
Estoy cansada.
Yo era una mujer de agua y te encontré
entre alacranes. No te salvé.
¡Una mujer de agua y un hombre que la habita!
En oquedades secretas surgían tiernos brotes de poesía,
pero amar pedía sacrificios.
Dejé que sellaras mis labios.
Y te di mi vientre
para el hijo que hoy me robas.
Ahora él me canta lejano:
«Mi madre era una flor»
y mi alma corre a su encuentro,
mientras atada a la pena
mato mi carne por tenerlo.
No vengas a lamerme las heridas.
Ya no sangran.

 

VIRILIDAD

Si yo fuera hombre,
si mi alma se sacudiese como animal
ante el arco tenso de un cuerpo femenino;
si fueran mías la lejana bravura
de sus huestes, el arte de la guerra,
el furor, el calor, la rabia…
Si mi lengua fuera de fango o de acero
y con permiso pudiera blandirla
sin miedo inmaculado
a gritar mis señas
y agitar con orgullo una bandera,
cualquiera…
Si tuviera una patria…
Si tuviera una voz…
Si pudiera sostener mi llanto y mi sangre,
escapar de genealogías y lutos,
ausentarme por días o por años del hogar,
de la vida, de mí mismo…

¿Y si, en verdad, soy hombre?
Confieso haber arado con mis brazos desnudos
campos de cieno y campos de trigo
y he firmado con pulso de minotauro
todas mis sentencias.

Hoy creo ser el hombre
que me ha tomado de la mano
y aquel que ha llorado en mi hombro.

Soy quien me besó,
el que mudó mi infancia a casa ajena,
el que encendió mi luz
y el que me lee a oscuras.
También soy, he sido,
el hombre que me hirió.
Y mírame de cerca…
Soy mi padre, soy tú y soy mi hijo.

 

CANCIÓN DE CUNA

Lloro a los hijos que no parí,
hijos de otros
que parten mi costado y mi vientre en dos.
Su dolor se agarra a mis tobillos
pidiendo la paz,
pero yo solo canto.
Tengo dos manos izquierdas
que quieren transformar el hambre en música.
Os amamantaría, susurro,
y es esta condición simple mi tormento,
pero yo solo canto.
Sus pequeños pies de barro buscan raíces
y encuentran cemento en tierra arrasada.
Buscan mi oído
y encuentran plástico.
Alargo mis manos, pero son mis brazos
ramas de negra encina
que no tallarán cunas, sino ataúdes.
Porque yo solo canto… Canto en voz baja…
Canto una nana a los hijos de una guerra sin nombre
que ninguno de ellos habrá de escuchar.
Heredaré la tierra de mis padres,
¿qué heredarán ellos?
Los hijos que no parí, hijos de otros,
aquellos que parten mi costado en dos
y en dos mi vientre,
los hijos de la guerra,
heredarán el odio.
Pero yo solo canto.

FIT

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