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Ocurrió con las Grandes Regatas, la primera fue un exitazo, de modo que se quiso repetir el mismo modelo una y otra vez. La cosa fue decayendo poco a poco y las últimas que se organizaron eran ya bastante pobretonas, copias cada vez más cutres de aquella exitosa de 1992.

Ahora se ha desempolvado una vieja efeméride: el Tricentenario de la llegada a Cádiz de la Casa de Contratación. Vaya por delante que me parece magnífico -y hasta obligatorio- que los ciudadanos de esta ciudad conozcamos y valoremos nuestra historia. Pero estas efemérides también están pensadas para que se conozcan y valoren más allá de Cortadura.

Y a mí me da que ésta del Tricentenario se está planteando como un refrito del Bicentenario de las Cortes de Cádiz, que desde luego no fue un éxito organizativo, pero al menos tuvo cierta repercusión mediática. Además este Tricentenario, que se cumple en mayo de 2017, es un artefacto mucho más local, más localista, con poca capacidad intrínseca de atraer la atención del exterior; y no digamos de Sevilla, ciudad a la que se arrebata el monopolio del comercio con las colonias americanas.

Porque en realidad consiste en eso: conmemorar que en mayo de 1717, Felipe V ordenó el traslado de la Casa de Contratación desde Sevilla hasta Cádiz.

No se trata, pues, de celebrar el logro del pueblo o quizá la hazaña de algún gaditano, sino de celebrar el dictado del Borbón de turno, quitando un monopolio allí para ponerlo aquí. Cierto que ello benefició a Cádiz, pero por otro lado no existen referencias urbanas claras para este Tricentenario. ¿El casco antiguo? Bueno vale, pero es algo difuso, no hay ningún rincón, edificio o monumento en la ciudad que aluda a ello.

Sin embargo, tal vez lo peor sea cómo se está acometiendo la celebración. El Cádiz más tradicional y conservador, los adalides del Cádiz mohoso, ni siquiera se la plantean como un ejercicio historicista, sino como una declaración de lacrimógena nostalgia de, ay, la perdida burguesía gaditana de una ciudad tan soñada como irreal e idealizada.

Y por ahí van, soltando quejidos lastimeros por ese Cádiz ideal que le encargó una partitura a Haydn para la Santa Cueva, sin mencionar interesadamente que se trataba del mismo Cádiz del Beato Diego, aquel malhumorado e intolerante cura, forofo de la Santa Inquisición, que ya en su tiempo era un hombre de varios siglos atrás.

Son los mismos a los que se les escapan sollozos quejumbrosos por aquel Cádiz soñado que elevó las torres miradores, pasando de puntillas sigilosamente sobre ese mismo Cádiz de la Compañía Gaditana de Negros, un pestilente negocio de trata de esclavos con el que se forraron grandes apellidos, que después fueron considerados como benefactores.

Así que, visto lo visto, mucho me temo que vamos de cabeza a una celebración que nace apolillada y que se va a quedar en algo estrictamente académico, un artefacto acartonado sin trascendencia en la ciudadanía, circunscrito a conferencias del Ateneo o de alguna de las polvorientas academias, a actos corbatísticos en Diputación o en el Casino, y a algún croqueteo institucional con fotos.

Y al final todos contentos de haber celebrado el Tricentenario ¿El qué? El Tricentenario.

Y así hasta la próxima celebración gaditana.

Fotografía: Jesús Massó

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