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Pedripol 14

Ilustración: Pedripol

Sale en televisión el flequillo rubicundo y el rostro anaranjado y la mayoría nos preguntamos cómo ha podido pasar. Un tipo misógino, homófobo, racista y abiertamente xenófobo gobernará los Estados Unidos. Los yanquis son muy raros nos atrevemos a pensar, minusvalorando, cuando no ridicularizando a 60 millones de personas.

Sin embargo, no sólo está en Washington, Arkansas o Portland. Trump también está en Cádiz. O al menos su votante. Y van a los campos de fútbol cada semana para sacar lo peor de su condición humana. Allí amparados en la masa, ocultos en el anonimato del que está en la grada no dudan en demostrar cuánto queda por recorrer para construir una sociedad abierta y tolerante.

Gritos machistas a árbitros asistentes, acoso y amenazas constantes a un árbitro por su condición homosexual y, lo último de momento, insultos racistas a un jugador juvenil. Todo esto ha ocurrido en poco más de un año en la provincia de Cádiz que, por otra parte, es también líder en delitos de odio lo que no deja de estar relacionado.

Los campos de fútbol se han convertido en un espacio de ignorancia y ruindad. Y lo peor es que no se trata de grandes estrellas o de lugares de masas, estamos hablando de campos de fútbol base donde los principales protagonistas son los padres o familiares de otros niños que llevados por un extraño afán de victoria convierten lo que debería ser una experiencia educativa en una auténtica oda a la intolerancia.

En los campos de fútbol base a los padres les sale el espíritu de votante de Trump que llevan dentro y dejan pasear sus más bajos instintos, la intolerancia que llevan inoculada y con la que, por otra parte, pretenden educar a una generación que esperemos que no sea tan mal educada como ellos.

Gritarle a alguien por ser negro demuestra un grado de intolerancia absolutamente despreciable. Si la víctima es un chaval de 16 años, la intolerancia se convierte en estupidez supina. Lo de Ettiene es una simple anécdota, dolorosa para el chaval. Lo peor es que demuestra que no estamos tan lejos de esos 60 millones de estadounidenses que han votado a Trump, porque algunos de los de aquí, cuando se sienten libres, son tan xenófobos, racistas, misóginos y homófobos como Trump. O más.

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