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Hay un placer de dejarse ser común y pueblo,
que se contrapone al gusto de lucir como persona.
Es esa una balanza que está siempre temblando.
¿No la sienten?

-Agustín García Calvo-

Infantería vs Caballería

Imaginen las calles de Cádiz en septiembre. Siéntense en una terraza del centro. Ha caído gota a gota la noche y un poniente lento refresca la suavísima pereza del verano que se alarga en estas noches de ya casi otoño. Si se fijan con atención, podrán ver de un lado para otro un número inusual de gente que pasa con guitarras en sus fundas. Si les siguiéramos, veríamos que se dirigen a pequeños locales de ensayo, repartidos por la ciudad, donde grupos de gente (básicamente varones, aunque afortunadamente se comienzan a ver cada vez más mujeres) se reúnen cada noche a estas horas. Charlan, intercambian bromas, se afinan guitarras, más risas, se pone dinero entre todos para comprar algo de beber, se comienza a ensayar, alguno llega tarde, se muestran algunas composiciones nuevas… Es la dinámica de cada noche, de cada año, de cada vida. Gentes que apenas tienen conocimientos musicales ni literarios dan forma a nuevas coplas, imaginan disfraces inéditos, experimentan con extravagantes armonías vocales. Discuten colectivamente los detalles, las dudas, los gastos, los hallazgos. Suele haber siempre uno o dos autores, pero no necesariamente son quienes lideran el proceso. A veces el alma de tan peculiar comunidad es uno de los guitarras, a veces uno de los cantantes, a veces simplemente el grupo lo lidera quien es hábil para buscar la financiación, poner orden en los ensayos o convertirse en el núcleo energético que, con su carisma o su mano izquierda, mantiene unido al equipo y coordina el trabajo. Pero de lo que no tendríamos ninguna duda, si asistiéramos a uno de esos ensayos, es que se trata ante todo de un asombroso trabajo colectivo, de un comunal esfuerzo auto-organizado, hecho por gente del pueblo, gente sencilla y sin más talento que el de cualquier hijo de vecino. Pero con mucho amor, y con mucha entrega. Alguno llega directamente con la ropa de faena, el ambiente se mueve entre la camaradería y la disciplina, gente variada se reúne a crear en común, la mayoría trabajadores con o sin empleo. Abunda la juventud, pero hay gente de todas las edades. Y trabajan, ensayan, se emocionan, imaginan, llenan con ecos nuevos y a la vez antiguos la suavísima noche de septiembre. Aún no ha llegado el invierno profundo, cuando el frío o la lluvia convertirán en una dura tarea la asistencia diaria. A veces, los ensayos son un oasis en sus rutinas diarias, a veces un sacrificio impagable. La mayoría sabe que con esto no va a ganar dinero, quizás hasta puede que les cueste. Se inventan métodos de financiación, de la clásica lotería clandestina a los arañazos de anuncios que soporta el ya de por sí debilitado comercio de barrio. La mayoría sabe además que en el próximo concurso no va a lograr ni gloria ni admiración, se saben componentes de un pelotón con escaso talento, comparados con las grandes figuras del concurso, y asumen, con resignación pero a la vez con una enorme ilusión, que su único premio es cantar en el teatro y sentir que sus coplas brillan por un rato, aunque con pobreza y fugacidad, en el gran escaparate de la pasión.

Ellos, los anónimos, la enorme mayoría de la tropa rasa, los innumerables peones del tablero, la infantería de a pie que se sabe desposeída de la gloria y del lucro que sólo logrará la caballería señorial, ellos, la hermosa mediocridad de la clase obrera del concurso, siguen manteniendo viva una larga tradición que les trasciende a ellos y a lo que les mueve a seguir cada año con esta rueda ancestral. Y esto mismo, si nos fijáramos, ocurre de igual manera en otros pueblecitos del entorno, de la provincia y, más allá, de otras provincias. Sólo conocen un combustible para todo ese enorme esfuerzo de creatividad y trabajo colectivo: la pasión por las coplas.

¿Qué quiero decirles con todo esto? Pues que ellos no pueden, bajo ningún pretexto, ser ignorados ni invisibilizados, que sus voces son indispensables y han de ser cuidadas, que su aportación, aunque casi invisible, es absolutamente crucial en todo esto. Ellos son los legítimos herederos de este pequeño gran tesoro. Ellos son los únicos imprescindibles. Ellos son el corazón y, si me apuran, la sangre. A su lado es donde debemos, siempre, posicionarnos.

Sin ellos, el concurso no sería más que una especie de Operación Triunfo, hortera, falsa y vacía, para gente con ínfulas de artistas.

Fotografía: José Montero

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