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Yolandavallejo
Fotografía: Jesús Massó

Cantaba Paco Alba que hay quien dice que Cádiz no tiene fiestas, ni feria que aventaje a otras capitales. Se equivocaba, el hombre, se equivocaba. Porque precisamente de esa necesidad hizo nuestra ciudad, virtud. Y a falta de ferias de vino y rosas, tenemos la que se ha dado en llamar “la feria del libro más bonita del mundo”. Razón no les falta a quienes así apellidaron al encuentro de libreros, escritores, editores y lectores que año tras año se dan cita para celebrar las letras en un lugar habitado solo por libros.

Y es que donde habitan los libros no existen los títulos falsificados, ni las sentencias injustas. Tampoco existen los políticos de medio pelo, ni los predicadores. Ni los desahucios, ni los despidos. Donde habitan los libros, el alimento procede de la palabra que se hace carne en cada verso, en cada página. Donde habitan los libros no hace falta tragarse sapos ni culebras, ni comerse a los bichos de la tierra, porque donde habitan los libros hay una fuente de energía inagotable, renovable, sostenible, limpia, hermosa purísima. Donde habitan los libros no hay plazo que no se cumpla ni deudas que no se paguen y por eso están derogadas casi todas las leyes, hasta la ley del más fuerte. Porque no es más fuerte quien más pega, sino quien resiste más. Y nadie, ni nada resiste como los libros al paso del tiempo, de la forma, del espacio, de la gente.

La primera Feria del Libro se celebró en abril de 1933 en Madrid. En aquella ocasión las editoriales madrileñas inmersas todas en un furor editorial sin precedentes en nuestro país decidieron sacar los libros a la calle, acercar los libros a la inmensa mayoría, en comunión con aquellos ingenuos planes de promoción de la lectura que llevaba a cabo el gobierno de la República. “La tierra habitable ha sido toda ella descubierta, pero nos queda el mundo sin contornos, el mundo infinito” decía entonces Fernando de Los Ríos, ministro de Instrucción Pública. El mundo sin contornos, el mundo infinito, el mundo en el que habitan los libros.

Desde allí y desde entonces este mundo se ha hecho mucho más inhabitable, pero cada año los libros han seguido saliendo a la calle, al son de los versos de Blas de Otero “Si he perdido la vida, el tiempo, todo lo que tiré, como un anillo, al agua, si he perdido la voz en la maleza, me queda la palabra”. Porque, ya lo sabe usted, no solo de pan vive el hombre, sino de palabras, porque somos palabras.

Y uniendo palabras, y sumando voces, llevan los libreros de Cádiz celebrando su feria más de treinta años. Contra vientos, mareas y tempestades primavera tras primavera, nos recuerdan que frente a la decadencia, a la destrucción, a la desesperanza, al miedo, nos queda la palabra. Aunque sea en aquel baluarte tan a trasmano, que honra a su propio nombre, porque ningún baluarte fue concebido para ser asaltado, sino para la defensa. Y allí se defiende la palabra.

Nuestro baluarte es el lugar donde habitan los libros. Donde una pequeña legión resiste, como si fueran los galos de Asterix, los ataques de la crisis, de la ignorancia, de la intransigencia, de la sociedad. Quizá no sea la feria de más peso, ni la de los grandes nombres; puede que tampoco sea la feria más ambiciosa, ni la que tenga un presupuesto más alto, pero es la feria del libro más bonita del mundo, y la que cuenta con los devotos más entregados que cada año cumplen con el rito de entrar en el mundo sin contornos, sin fronteras, sin peajes, en el mundo donde habitan los libros.

Porque en este mundo, cuentan más los enemigos –la televisión, Internet, los e-reader, los móviles, las redes sociales, las librerías que cierran- que los amigos, es cierto. Pero de cuando en cuando está bien contar a los amigos, contar con los amigos, contar para los amigos y eso, sólo puede hacerse desde nuestro baluarte. Desde este lugar donde no importan las cifras, sino las letras. Donde es posible aún oler a imprenta, a papel, a sueños, a vida. Donde habitan los libros, hasta el próximo día trece. No se lo puede perder.

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