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Pastor
Imagen: Pedripol

Lejos de haberse extinguido a manos de esta nuestra sociedad de la amnesia selectiva, aún sigue vivo el espíritu de aquél memorable artículo (1989) de Francis Fukuyama en el que se proclamaba, nada menos, que el final de la Historia, con mayúscula. La causa de tan fenomenal suceso de trascendencia cuasi-cósmica la hacía residir el autor del artículo —como recordarán ustedes— en el triunfo definitivo, absoluto e incontestable del liberalismo en el mundo. Un triunfo que hacía ya prácticamente inútil e innecesario seguir buscando fórmulas nuevas o alternativas de organización económica, política y social, una vez iniciado el proceso de desmantelación del comunismo soviético, el otro polo que en oposición al liberalismo ha venido sustentando el reduccionista relato binario que la intelectualidad liberal ha procurado mantener siempre activado mediante una propaganda tan incansable como cansina.

Y aunque incluso muchos liberales consideraron las tesis de Fukuyama como una especie de pasada en la defensa a ultranza de las supuestas bondades del liberalismo, lo cierto es que todavía hoy asistimos a la proliferación de apologetas que intentan disuadirnos de cualquier búsqueda de alternativas, tanto prácticas como teóricas, puesto que en ausencia del ideario liberal y sus prácticas sólo puede existir —aseguran los guardianes de la llama liberal— irracionalidad y error, o regímenes despóticos. No falta, por supuesto, en este programa propagandístico, la apelación liberal a la supuesta adaptabilidad del liberalismo a las necesidades y circunstancias de la democracia… liberal, eso sí. Tampoco la referencia a las libertades individuales, a la libertad de expresión, a la garantía de los derechos civiles… En definitiva, la ideología liberal, convertida en mito, admitiría hasta la naturaleza perfectible de la democracia…, siempre, claro está, que no se cuestionen aspectos que vayan precisamente contra los principios puramente liberales (no ya contra la democracia), como la libertad liberal del mercado (aunque ello suponga en la práctica la instauración de la ley de la selva), la preponderancia de la propiedad privada sobre muchos otros derechos, (especialmente los de quienes carecen de propiedades), la fobia a la regulación del trapicheo económico (no ya de la economía)…, etc.

En definitiva, que a estas alturas de la historia tenemos, no indicios, sino incontestable constancia empírica de que el liberalismo, sus prácticas realmente existentes y actuantes, nada tienen que ver con ese liberalismo supuestamente virtuoso que nos presentan los propagandistas liberales. Porque, como bien lo expresó John Brown en su libro La dominación liberal (Tierradenadie ediciones, Madrid, 2009, pág. 21), “La idea de un liberalismo revolucionario y, por lo tanto, en ruptura radical con un antiguo régimen absolutista, teocrático y feudal es mucho más un elemento de la mitología del propio liberalismo que un reflejo de su realidad histórica”. En efecto, la realidad histórica del liberalismo, despojado de su mitología, ha sido la historia de la imposición de una democracia incompleta, de una democracia amañada, consintiendo —siempre de mala gana— las justas y legítimas reivindicaciones de las mayorías menos favorecidas, escatimando y desactivando demandas con el miserable reparto de migajas, o utilizando abiertamente la coerción y hasta la violencia, justificada con “el derecho legítimo y monopolista de la violencia física de todo estado”, como en su día se encargó de teorizar Max Weber.

Y en relación con lo expresado hasta aquí, precisamente estos días llega a las librerías una de esas obras hagiográficas, en esta ocasión prestigiada por la relevancia de su autor: el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa. Quizás para atenuar su carácter programático, propagandístico, el escritor peruano califica esta su obra —titulada La llamada de la tribu— como autobiografía intelectual y política.

Prácticamente acabo de leer —más por “obligación” intelectual que por devoción tribal— esta nueva pero nada novedosa aportación a la mitología liberal. Sinceramente, recomiendo su lectura, pero sugiero hacerlo con gafas anti-tópicos, con espíritu abierto, intelectualmente sereno, comprensivo, pero al mismo tiempo crítico. Aunque estoy seguro que quienes lean sin prejuicios las páginas de La llamada de la tribu caerán enseguida en la cuenta del descuadre existente entre la prestigiada personalidad intelectual de su autor —¡¡es Premio Nobel!!— y la tosquedad de los argumentos empleados para defender a toda costa lo indefendible: la supuesta validez exclusiva del liberalismo como herramienta para afrontar los graves problemas generados por el propio liberalismo en el mundo… Lo que sí es cierto es el triunfo de la concienzuda y continuada acción propagandística que el liberalismo ha venido desarrollando a su favor desde los inicios de esta ideología, posiblemente siendo conscientes sus defensores de la profunda y nunca superada quiebra entre lo que se predica desde la ideología liberal y lo que realmente se ejecuta desde las políticas liberales efectivas. El éxito mayor de esa mitología ha sido inocular en las conciencias la idea de que hacer crítica del liberalismo conlleva, como contrapartida lógica, la defensa o simplemente la tibieza a la hora de juzgar los regímenes despóticos de cualquier signo. Una de las insuficiencias del pensamiento binario consiste, como es bien sabido, en reducir cualquier realidad a la caricatura reduccionista del “o esto o aquello”. Y el liberalismo, en cuanto teoría, resulta ser un ejemplo cabal del reduccionismo binario que tanto viene retrasando el progreso del pensamiento…

Tal vez la escasa originalidad del libro de Vargas Llosa, cuya autobiografía intelectual y política desemboca en una defensa forzada y desmedida del liberalismo, haya que buscarla en la presentación de un liberalismo no ya mítico, sino un liberalismo de ficción, acorde con la reconocida y bien ganada fama de “constructor de ficciones” que le hizo acreedor del premio Nobel de Literatura. Porque el liberalismo virtuoso, eficiente, generoso, no dogmático, garante de las libertades, atento al bienestar de los más desfavorecidos, sometido a la soberanía popular, abierto y sensible a realidades y derechos que van más allá del ámbito de la propiedad, la competitividad y los negocios, la especulación y los abusos de poder, sólo existe en la mente del fabulador Mario Vargas Llosa, así como en el imaginario de cierto amplio sector de la congregación de liberales propagandistas.

No quisiera pensar que a su luxury loft de Manhattan no llegan las heridas ni las precariedades de la gente corriente del mundo, ni la hiriente desigualdad que aumenta y que arrolla a la mayoría más vulnerable del planeta, Vargas Llosa retoma la antorcha de Fukuyama y viene a repetirnos que con el liberalismo de siempre —aceptando algunos retoques en sus niveles de concreción, sólo si es estrictamente necesario— hemos llegado, si no al final de la Historia, sí al hallazgo de la vacuna contra la irracionalidad, el error y el despotismo…

Pero lo que realmente me ha movido a escribir estas líneas posiblemente pretensiosas, puesto que pretenden cuestionar el trabajo intelectual de todo un premio Nobel, es la respuesta de Vargas Llosa a una pregunta que le hacen en una entrevista en El País Semanal de 25.02.2018, con ocasión de la publicación de su libro. La pregunta textualmente es la siguiente: “La crisis bancaria de 2008, el aumento de la desigualdad, han reavivado las críticas a la doctrina liberal, que de unos años a esta parte ha sido rebautizada como neoliberalismo”. A lo que Vargas Llosa responde con esta retórica —y cínica— declaración de ignorancia fingida: “Yo no sé qué cosa es el neoliberalismo. Es una forma de caricaturizar el liberalismo, presentarlo como un capitalismo despiadado”.

Evidentemente, el premio Nobel Mario Vargas Llosa hace trampas con esta respuesta, subestima la inteligencia de quienes le leen y siguen su trayectoria como creador de ficciones. Al mismo tiempo, pone en evidencia la finalidad eminentemente propagandística de su libro. Dudo que al pretender negar mediante este burdo recurso dialéctico la pertinencia y consistencia de “esa cosa” que la sociología política contemporánea más solvente ha venido en llamar neoliberalismo, el escritor peruano pueda seguir disfrutando de la credibilidad de quienes consideran que su faceta de analista de la realidad social y política está a la altura de su condición de literato justamente merecedor de un premio Nobel.

¿De verdad que Vargas Llosa desconoce que con el término neoliberalismo un número nada despreciable de intelectuales de reconocido prestigio pretende teorizar seriamente sobre el fenómeno de superación, por digestión, de ese liberalismo de ficción que el prestigioso escritor peruano trata de prestigiar? ¿Desconoce Vargas Llosa que el anunciado final de la Historia no se produjo, y que el liberalismo ha sido complementado y hasta sustituido por otra “cosa” —llámese como se quiera— que, recogiendo el espíritu y la letra del liberalismo clásico, ha terminado por rebasar sus propios límites que lo reducían a mera ideología y a política económica, constituyéndose en una auténtica racionalidad, y que, en consecuencia, “tiende a estructurar y a organizar, no sólo la acción de los gobernantes, sino también la conducta de los propios gobernados”?

¿De verdad desconoce Vargas Llosa —repito que es un recurso retórico, cínico y tosco que traiciona al premio Nobel— las consecuencias reales, no míticas ni de ficción, que el liberalismo ha tenido en la conformación del mundo actual, que amenaza ruina víctima de su espíritu competitivo, individualista, especulador, despiadado y absolutamente desatento con la democracia que dice defender?

¿Desconoce Vargas Llosa que, previa a la consolidación del neoliberalismo, el liberalismo ya estaba en la base de la evidente concentración de rentas y riquezas en manos de los estratos más pudientes de la sociedad, proceso que el binomio Thatcher/Reagan, tan admirado por Vargas Llosa, impulsó y consolidó de manera definitiva?

Si fuera verdad que Vargas Llosa no sabe “qué cosa es el neoliberalismo”, concepto que despacha con la tosca salida a la defensiva (“Es una forma de caricaturizar el liberalismo, presentarlo como un capitalismo despiadado”), entonces la relevancia del fenómeno post-liberal que le habría pasado desapercibido constituiría un lapsus que le incapacitaría como analista de la realidad política y social más actual. Y “esa cosa” que le habría pasado desapercibida a Vargas Llosa es nada menos que “el carácter disciplinario de esta nueva política —la política neoliberal—, que da al gobierno un papel de guardián vigilante de reglas jurídicas, monetarias, comportamentales, atribuyéndole la función oficial de controlador de las reglas de  competencia en el marco de una colusión oficiosa con grandes oligopolios, y quizás aún más, asignándole el objetivo de crear situaciones de mercado y formar individuos adaptados a las lógicas del mercado” (Laval y Dardot, La nueva razón del mundo, Gedisa, Barelona, 2013, pág. 191).

Por lo tanto, o bien Vargas Llosa miente cuando afirma de manera capciosa desconocer —que no desconoce— la realidad que trata de captar el concepto neoliberalismo, o bien Vargas Llosa desconoce la mentira que él mismo contribuye a engordar cuando se declara convencido (por su experiencia política de ruptura mental binaria y por la lectura de los siete autores liberales que glosa en su libro) defensor de los mercados libres, escasamente regulados —lo mínimo, ¿y dónde se pone el límite?— dejados a manos del oleaje de la competición individual y/o empresarial, según los cánones desarrollados históricamente por el liberalismo clásico, neoclásico y ahora neoliberal. Al denostar con su displicente respuesta sobre qué cosa es el neoliberalismo, el Premio Nobel deja en las zonas de sombra de su intelecto y de su sentido de la empatía social, una realidad actual sobrecogedora, a la que un autor de la altura de Zigmunt Bauman calificó de “escenario futuro de terror”…

Es falso que los liberales/neoliberales prefieran un Estado mínimo: lo quieren mínimo, desde luego, cuando desde el Estado se quiere intentar dotar a la sociedad de instituciones que trabajen por la justicia social y por una racionalidad económica que nos evite caer en el caos de la competición… Pero lo quieren fuerte y eficaz para crear y mantener las condiciones favorables a los negocios no siempre legítimos y a la especulación financiera nunca favorable a los intereses de los menos favorecidos por la ruleta del casino liberal/neoliberal…

Pero ahí están personalidades prestigiadas como Mario Vargas Llosa para, haciendo abstracción —ficción— de una realidad difícil de cuestionar (de ahí su patinazo intelectual con esta llamada de la tribu… liberal), intentar convencernos de que incluso el liberalismo embridado de los 50-60, el socialismo democrático, la socialdemocracia, la crítica al liberalismo, etc., son formas del intervencionismo satánico que trata, con estos inventos descarriados, de llevarnos a la irracionalidad, el error y el despotismo… Como si ya, vehiculados por la democracia liberal, no estuviésemos en ello… Si a usted, lector, lectora, le parece exagerada esta afirmación, lea La llamada de la tribu, del Nobel Mario Vargas Llosa…

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