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Para argüez

Fotografía por Jaime Mdc

PRIMERA REGRESIÓN: Primeros 70. La sociedad civil española bulle, sobre todo en las ciudades. El proceso urbanizador y el desarrollismo de la década anterior han generado nuevas relaciones sociales en los barrios.  El franquismo agoniza. Se intuye cercano el fin del régimen. Todo el mundo toma posiciones. La sociedad civil se organiza y se empodera de forma casi clandestina. Asociaciones de vecinos. Colectivos juveniles.  Asambleas en las fábricas. Asociaciones de padres y madres en los colegios. Las células clandestinas del partido y los sindicatos en las sombras han aportado cierto dinamismo y metodología organizativa, pero el trabajo ha sido mucho más amplio, heterogéneo y espontaneo. Se sabe que la transición a una democracia no será fácil. Y de ser no será, ni de lejos, perfecta. Pero se empuja desde abajo. En oficinas y despachos, todo el mundo toma posiciones.  En el centro, en las periferias. La gente en los barrios también. Y en las ciudades grandes y en las pequeñas. Es el mismo magma fluyendo de todos sitios.

SEGUNDA REGRESIÓN: Primeros 80. El triunfo socialista es como una flor que ha surgido en este caldo de cultivo. Las asociaciones de vecinos han sido una pieza clave en el empoderamiento de vecinas y vecinos. Nuevas sensibilidades han roto con los viejos grilletes del miedo. El Socialismo es un estado de ánimo. Las instituciones nutren sus cuadros tirando del movimiento vecinal. En los barrios las asambleas más o menos funcionan. Cualquier ayuntamiento que se precie ha de, cuanto menos, escuchar a las asociaciones de vecinos.  Los alcaldes socialistas no dudan en firmar el pacto vecinal con las asociaciones. Son los interlocutores más legítimos. Más dinámicos. Más activos. Poco a poco, muy pronto, el conflicto social será reducido a “baches y farolas”.

TERCERA REGRESIÓN: Primeros 90. El proceso ha sido análogo en todos los lugares: la domesticación de las asociaciones de vecinos ha cumplido su ciclo. Subvenciones y fiestas en el barrio. Pérdida de identidad reivindicativa. Asambleas escasas y casi vacías. Colaboracionismo con el ayuntamiento de turno. Correaje de transmisión del poder municipal. Administración narcótica, rutinaria y lumpen-burocrática. Desactivación de la capacidad de movilización de la gente. Vaciado de contenido social. Participación real anémica. Auto-representatividad. En general, ausencia de pensamiento transformador. Juntas directivas tripudas y aburridas. El mismísimo Partido Socialista contribuye a esto colocando al frente de las Asociaciones a gente afín. Un plan perfecto. Salvo excepciones, la estrategia funciona: anulación general de discursos críticos. Clientelismo de peña. Mucha gente, en Cádiz, puede corroborar lo que decimos.

CÁDIZ. AQUÍ Y AHORA: Las Federaciones de Asociaciones de Vecinos tras años largos de desunión, silencio y escasa participación relevante en la vida política de la ciudad, se unen y ponen el grito en el cielo. Primero contra el nuevo equipo de gobierno, y luego contra el programa de alquiler social, lo que ya ha coronado la gloriosa cima del esperpento. La Federación “5 de abril”, que es la mayoritaria, considera que no se ha tenido suficientemente en cuenta su opinión al respecto (por cierto ¿habían dicho/hecho algo antes sobre la problemática de la vivienda en la ciudad?). No vamos a entrar en este asunto concreto, pero que nos sirva el singular incidente, al menos, para poner el foco sobre qué son en realidad estas asociaciones, cómo funcionan y a quién representan.

No deja de ser llamativo el enorme prestigio social y el desmesurado capital simbólico que este tipo de asociaciones conserva aún como reliquia del pasado, como escombros de tiempos mejores, como las virutillas oxidadas de lo que un día se llamó, y con toda plasticidad, “el movimiento vecinal”. De hecho, en los titulares de prensa de esos días, se hablaba literalmente de que “Los vecinos consideran…”, como si la voz de ese puñado de personas representara algo más que el sentir de sí mismos y del escaso vecindario que aún participa activamente en estas adulteradas y huecas estructuras de organización ciudadana. Como si no viéramos (o no quisiéramos ver)  que hemos pasado de aquel recordado “movimiento vecinal” a estos grotescos “espasmos seniles”.

Porque realmente ¿a quién representan? Sólo el fariseísmo o la ingenuidad nos pueden llevar a confiar en la legitimidad de la forma en que se dinamizan sus asambleas o se consulta a sus vecinos sobre las cuestiones en las que se posicionan. Es descorazonador imaginar bajo qué parámetros funcionan sus Juntas Directivas o cuánta salud democrática y consultiva tienen en su funcionamiento cotidiano más allá de las preceptivas elecciones estatutarias. Y aún existen enigmas más preocupantes: ¿Están algunos de sus representantes escondiendo, tras estos años de clientelismo, intereses (no diré que personales) pero sí al menos claramente partidistas? En definitiva: ¿Qué queda realmente en ellas de capacidad vertebradora tras estos años de flagrantes manipulaciones políticas, domesticación bienpensante y sumisión subsidiaria? Vecinos sin vecinos.

Y la pregunta más inquietante de todas: ¿Por qué ahora, de repente, se activan con esa presunta contundencia? ¿Dónde han estado durante el largo teofilato en el que la reacción ciudadana se hizo más necesaria que nunca y nada pasó (salvo cuando les tocaron sus subvenciones)? Excepto algunas asociaciones, que presentaron clara batalla al gobierno anterior sin portar el sospechoso pelaje partidista de tantas otras, la mayoría de ellas apenas tuvo alguna presencia realmente cuestionadora en los titulares de unos medios que, ahora sí, han decidido convertirlas maliciosamente en el portavoz oficioso de la sensibilidad de la ciudad.

Y  UN VISTAZO AL FUTURO: Los mecanismos de vertebración de la sociedad civil son numerosos. Este modelo es (ha sido) solo uno más. Y uno que, definitivamente, cumplió ya su ciclo de utilidad transformadora y que hoy apenas es más que un resorte ciudadano oxidado, ineficaz, oscuro, nominalista, frágil y, como cualquier mecanismo caduco, muy ruidoso.

Urge buscar otro modelo de organización y de intervención vecinal. Otras fórmulas nuevas generadoras de identidad y concienciación. Otra estrategia más dinámica, integradora, horizontal, participativa y democrática de vertebrar la ciudad y a quienes la habitamos. Los barrios, el centro y la periferia, los jóvenes, los colectivos mutualistas, las redes auto gestionadas, las asociaciones sectoriales (que hay muchas en la ciudad y hasta ahora han tenido escasa o nula participación en las cuestiones municipales). Son necesarios ya otros resortes de estructuración de voluntades y cogestión de espacios comunes más acordes con los tiempos de cambio a los que aspira (y necesita) esta vieja ciudad adormecida.

Ignoramos cuál es el modelo. Pero ha llegado la hora de buscarlo. O de imaginarlo. Y, por supuesto, de comenzar entre todas y todos a construirlo.

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