Tiempo de lectura ⏰ 4 minutitos de ná

Jose garcia

Fotografía: Jesús Massó

Me he secado en la ráfaga del crimen. Y le he jugado malas pasadas a la locura.
Y la primavera me trajo la risa espantable del idiota.

Una temporada en el infierno, Arthur Rimbaud

La violencia intragénero, aquella que se produce y desarrolla en el interior de parejas del mismo sexo, se nos antoja a menudo como una realidad novedosa, sin precedentes anteriores al reconocimiento legal en sí de las relaciones homosexuales. Sin embargo, como tantas experiencias enterradas bajo los cenáculos de la Historia por el poder disolvente de la prohibición, no carece en sentido estricto de antecedentes que hoy serían reconocidos con relativa facilidad como una forma de violencia específica en este tipo de relaciones, y un ejemplo casi inevitable de mencionar a este respecto es la turbulenta historia de amor entre dos de los grandes poetas del movimiento simbolista que aflora en la Francia de finales del siglo XIX al calor de aforismos decadendistas como la carne, la muerte y el diablo: Paul Verlaine y Arthur Rimbaud.

Naturalmente, rastrear la huella textual de una forma de violencia que, a diferencia de la violencia de género, no arraiga en las desigualdades estructurales entre los sexos, y hacerlo sin caer en esa afición tan contemporánea por lo anecdótico que hemos heredado de la cultura televisiva del reality, resulta particularmente complejo en una escuela poética tan gobernada por la alusión, por una concepción de la poesía como instrumento de conocimiento pero a través de símbolos que intentan capturar la realidad suprracional, de imágenes físicas que sugieren o evocan lo que nos es físicamente perceptible. Es el caso de la poesía de Verlaine y sus símbolos más característicos, como luna, nieve, viento o lluvia. Así interpela el ‘príncipe de los poetas’ al ‘niño terrible’ de la poesía simbolista:

Porque llueve sin razón
en este alma que se asquea.
¡Cómo! ¿ninguna traición?
Este duelo es sin razón

Es por eso que emplearemos pocas líneas en describir el rumbo errático de las relación amorosa entre Verlaine y Rimbaud, ya pareja en 1872, por París, Bruselas o Londres, en medio del escándalo en una sociedad tan puritana como la de entonces y las demandas de divorcio de la –por otra parte, igualmente maltratada- mujer de Verlaine. Es de sobra conocido que aquella relación ‘maldita’, tan alimentada por los ‘paraisos artificiales’ que tanto parnasianos como simbolistas y decadentistas reivindicaron como fuente de inspiración, acabó con el mayor de los dos, Verlaine, disparando dos tiros contra el cuerpo de Rimbaud, lo que le acarreó dos años de cárcel a pesar de las escasas consecuencias físicas de la acción. Por tanto, una vez realizadas estas simples anotaciones, seguimos rastreando la huella textual de aquella tormentosa experiencia. Así, Eduardo Marquina, quien se encarga junto a Luis de Zulueta de la primera traducción del Art Poétique de Verlaine, nos dirá del poeta y su poesía:

Abrasado en ardores místicos, cuando no sacudido por los amargos latigazos de una lascivia enferma y refinada, es el poeta de las sangrientas poesías religiosas, con visiones de Edad Media y de afrodisiacas apologías de la carne en versos que palpitan con estremecimientos de mujer vencida.

No obstante, tampoco es intención de este artículo realizar ninguna indagación exhaustiva sobre las causas de esta hoy denominada violencia intragénero, en la que también toma cuerpo, si no una desigualdad estructural, sí unos diferenciales de poder, y desde luego un mucho de homofobia internalizada, plumofobia, sentido de la posesión o la implacable persistencia de un entorno a menudo hostil. Pero en el caso de Verlaine, parece evidente la tensión que introduce en su vida y su obra la irrupción de Rimbaud en esa acomodaticia cotidianidad burguesa que había logrado con el matrimonio contraído con la joven Mathilde Mauté. El fervor religioso de Verlaine es otro de los elementos de la personalidad del gran poeta simbolista que aparece tensionado por esta pasión que le suscita Arthur Rimbaud. Así lo sugiere J. Bosa en la revista catalana Ciencia Social que se publica el 7 de abril de 1896, para burlarse de esa juventud francesa que lloraba entonces la muerte de Verlaine, al que califica de “ruiseñor sin ideas”, convertido a “un catolicismo sensual, propio de gente baja e inculta”.

La poesía erótica de Verlaine, de hecho, supera las limitaciones de la mera alusión para informarnos de esta especie de contrafactum que es posible intuir en sus versos. Para la posteridad nos queda Balánida, desvergonzada oda al falo:

Es un corazón pequeño,
la punta al aire:
símbolo orgulloso y dulce
del corazón más tierno

Decididamente, la huella textual de esa violenta pasión que los constantes abandonos y vuelta a empezar de Rimbaud suscitaron en la vida y la obra de Verlaine y en la suya propia es todavía una asignatura pendiente de los estudios culturales y sociohistóricos sobre el homoerotismo masculino. Aunque para ello haya que luchar y trabajar contra el tantas veces incognoscible e inefable poder de la alusión.  Como apuntara el propio Juan Ramón Jiménez, a propósito de esta poesía: “El simbolismo toma del parnasianismo la forma bella y breve, la forma precisa, pero no expresa una precisión objetiva, sino imprecisión subjetiva, es decir, sentimientos profundos que no se pueden captar por completo, sino por alusiones, por rodeos, como en la vida misma”.

Rate this post
Banner horizontal

Banner pedropablo pre

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.