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“Respeto la decisión judicial como no puede ser de otra manera”, de todas las frases manidas, de todos los tópicos, esa es la que menos me gusta. Como si las decisiones judiciales fueran inquebrantables e inequívocas, como si fueran leyes divinas, como si superaran lo humano. Yo sólo respeto lo que es justo. Por tanto, no me gusta respetar una decisión judicial que sencillamente me parezca injusta ni pienso asumirla sin ponerla en duda, ni pienso callarme si me hierve por dentro.

Para opinar y sentir tras leer una sentencia no es necesario estudiar derecho, ser abogado o fiscal. La arbitrariedad e interpretación de las leyes afectan directamente a mi libertad y mi vida. Por lo tanto, tengo todo el derecho del mundo a opinar, discernir o criticar. Igual que un letrado que no ha pisado la Facultad de Comunicación puede calificar un texto periodístico de subjetivo u objetivo, de noticioso o repetitivo, de bueno o malo.

La justicia tambien va por barrios
Ilustración: Pedripol

Durante años, se ha extendido un mantra que impide cuestionar la decisión judicial. “Los jueces son intocables”. Un mensaje que asumimos para que haya cosas que no cambien, que ni siquiera se cuestionen. Un clasismo que huele a podrido, que diferencia a la gente común de quienes tienen toga. ¿Cómo osas tú, electricista, profesora, albañil o dependienta a cuestionar lo que dice un juez?. ¿Cómo vas a poner en duda la esfera más alta de nuestra sociedad?.

Pues no. Es mentira. Es injusto. No conozco a ningún juez, no tengo ningún amigo juez. Mis amigos, mis amigas y mi entorno no conocen a ningún juez. Es más, los barrios obreros están huérfanos de jueces. Hay profesiones que siguen cerradas para la mayoría social, para quienes no pueden permitirse vivir hasta los 30, o más, de los ingresos de sus padres, para quienes tienen que labrarse el futuro con sus manos, para quienes deben ganarse la vida después de que su familia – con mucho esfuerzo- le haya proporcionado unos años de formación (de la lucha para acceder a la Universidad hablamos en otro momento).
Y así, entres togas heredadas por apellidos nobles, entre oposiciones inaccesibles y entre jueces con la ideología que tienen quienes proceden de las clases altas se falla a favor de los bancos y no de las personas sobre los impuestos de las hipotecas.

Y así, entre togas ligadas a quienes defienden los derechos de los privilegiados, pongamos que hablo del PP, se decide que la libertad de expresión es más limitada para un alcalde que proceda de la Viña que para una exalcaldesa que resida en Vistahermosa. “Cacique, fascista y cobarde” no atenta contra el honor ni calumnia, ¡qué va!, eso se encuentra en los límites de la crítica política.

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La irrupción de los movimientos de ultraderecha en el ámbito político de Occidente parece estar ocupando un lugar preponderante en los últimos tiempos, dejando sin fundamentos básicos los pilares en los que se sustentaron los estados democráticos modernos. El fenómeno tiene claramente una conexión intrínseca con las oleadas de crisis económicas sufridas por Occidente desde el comienzo del siglo XXI cuyos efectos devastadores en la ciudadanía han ido socavando y destruyendo los ideales democráticos de participación, representación y progreso hacia el bien común. La austeridad económica impuesta desde cúpulas de control macroeconómico sobre los gobiernos nacionales para conseguir los estándares propios del mercado capitalista creó hace unos años una brecha, impensable en décadas anteriores, entre sectores de la población empobrecidos y abandonados por el estado de derecho y minorías enriquecidas rápidamente, en progresión geométrica, que ejercen la autoridad y controlan no solo el mercado sino también las instituciones tradicionalmente consideradas ajenas al poder macroeconómico.

La clase media, que había sido empoderada económica y socialmente en el siglo pasado, ha sido testigo en los últimos años de la descapitalización de su estatus y de la pérdida de condiciones laborales y derechos civiles, anteriormente dados por hecho como garantía del estado del bienestar. Estas democracias burguesas se han ido transformando en dispositivos para la regulación neoliberal de los estados cuyo objetivo principal es debilitar el control de la democracia representativa y colocar en su lugar una teoría del mercado que produce inmediatamente la separación entre la economía, nunca más en relación con los proyectos nacionales, y la política, dominada ahora por las rivalidades entre corporaciones supranacionales. En esta situación de desapego entre los diferentes sectores sociales y de divorcio entre la ciudadanía y la política, las directrices que se van instaurando se asientan en el pensamiento individualista que aborrece la colectividad y el sentimiento comunitario imprescindible para el bienestar social, de manera que se construye una idea de insolidaridad y desarraigo tan expandida que finalmente afecta a los idearios democráticos mencionados anteriormente.

En este estado de cosas, el ataque a las diferentes ideologías inclusivas de fases históricas previas a este debilitamiento democrático siempre gira en torno a la hegemonía supremacista que tiene conexiones claras con la masculinidad patriarcal, heroica y nacionalista que parece haber tomado la bandera de estos tiempos. Fenómenos como el antifeminismo, la LGTBIfobia, el racismo, el españolismo, o el nacionalcatolicismo, no solo generan un conflicto social interesado y polarizado sino que de alguna manera está asentando la idea del macho como especie que no debe extinguirse en esta sociedad que la izquierda ha transformado en caos. Si desde los 80 los sociólogos y antropólogos advertían sobre la masculinidad tóxica que negaba todo cruce con lo femenino, en estos momentos de la historia esta amenaza se ha personificado en los gobernantes, los representantes y los afines a regímenes ultraconservadores.

La descompasicion de las democracias occidentales y el retorno de la masculinidad hegemonica
Fotografía: Jesús Massó

La guerra, la competición, y el poder absoluto ha vuelto de nuevo a componer los discursos políticos que menosprecian a todos los que se quedan al margen (mujeres, lesbianas, gays, inmigrantes, pobres, discapacitados, alternativos), por su propia condición de caer en el otro lado de esta hegemonía.

Y en este estado de cosas, la ciudadanía, la que no tiene poder económico ni político y que en cualquier momento puede ser despreciada por el régimen ultra como presunto objeto de conflicto, se encuentra sola y desarbolada ante la clase política, que no lo mira ni lo atiende, impotente ante las instituciones que antes ofrecían una sensación de protección y ahora la maltrata y la empobrecen. No es difícil entender que, obrando en consecuencia, esta ciudadanía desconcertada y pobre desconfíe del estado en general, y de la democracia en particular. Dicen algunos expertos (John Weeks, Economía del 1%: Cómo la economía dominante sirve a los ricos, oscurece la realidad y distorsiona la política, 2014, Anthem Press) que la actual marea autoritaria en Europa y Estados Unidos viene de los excesos generados por la competencia capitalista, desatada y justificada no por el fascismo sino por el neoliberalismo, que tiene visos de sentido democrático por la idea del ‘libre mercado’ que tendría forzosamente que formar a ciudadanos/as libres. Sin embargo, la libertad en este discurso ha perdido todo sentido relacionado con el bien común de las sociedades y, tal como demuestra en el ensayo, el capital, como gobernador absolutista totalmente divorciado de los gobiernos nacionales, ha alimentado las dictaduras políticas abiertamente autoritarias, sin disfrazarse de adornos democráticos y simbolizadas por la heroicidad guerrera, cruel y demoledora de la masculinidad tóxica de la que ya muchos líderes políticos ni se avergüenzan sino que la cacarean mientras miles de pobres los enaltecen. Un mundo distópico con todas sus letras.

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En plena virulencia del conflicto entre el taxi y las plataformas VTC (principalmente Uber y Cabify), hemos podido oír a un conductor de una de esas plataformas hacer esta declaración: “lo que tiene que hacer el taxi es modernizarse, adaptarse a los tiempos, y si no pueden tener un día libre pues que no lo tengan”.

Lo impactante de estas reveladoras palabras reside en que no proceden de los millonarios que están detrás de Uber y Cabify, sino que provienen de una diminuta y explotada piececita de ese engranaje general que reporta suculentos beneficios a quienes apenas tienen que mojarse ni aparecer en esos conflictos entre pobre gente en lucha desesperada por una precaria supervivencia. Es una muestra más de cómo “la nueva razón del mundo” (el neoliberalismo rampante de nuestros días) ha conseguido instalar en los cerebros la idea de que la alternativa a este mundo inhóspito es la lucha desesperada de todos contra todos… los desesperados, se entiende, que son la mayoría. Una guerra por la supervivencia entre gente previamente herida por los efectos de un sistema despiadado que sólo obedece a la lógica del abuso de poder.

No hacen falta muchas lecturas ni hacer un exhaustivo esfuerzo de observación para llegar a la constatación de que eso llamado “mercado laboral” (en aceptada pero engañosa terminología liberal), ha pasado de ser un sistema de reclutamiento disciplinador (en el sentido de Foucault), chantajista, e injusto por su nulo sentido democrático, a evolucionar hacia lo que hoy podríamos denominar “mercadeo laboral”: una auténtica picadora de derechos, una sibilina maquinaria destructora de la dignidad de la gente que depende de un empleo para vivir, una trampa cruelmente diseñada para despojar aún más a los ya despojados…

Se requiere gente 40
Ilustración: Pedripol

¿Y cómo hacen quienes pueden hacerlo para imprimir cada día una nueva vuelta de tuerca a este enloquecido panorama en el que todo parecido con un Estado de Derecho es sencillamente un sarcasmo? Pues aquí a mano, junto al teclado en el que escribo estas líneas, tengo dos ejemplos, dos maneras, de hacer ese sucio trabajo de “destrucción creativa” (otro constructo liberal engañoso) con el que se intenta que los atrapados canten alabanzas a la trampa.

Por una parte está el discurso que podríamos llamar del “solucionismo tecnológico”. Es un discurso plagado de expresiones que no resisten un “control de calidad” (por continuar con la jerga industrioliberal), digamos un análisis profundo, con referencia a la que debía ser finalidad última de todo ese entramado conceptual: las personas, las buenas personas, las personas corrientes, las personas más vulnerables, las personas que empeñan su trabajo por un salario justo, las personas que constituyen la mayoría…

Expresiones pretendidamente mágicas, prestigiadas por una peligrosa euforia tecnológica capaz de privar de sus aspectos positivos a cualquier tipo de tecnología, y, al mismo tiempo, banalizar y dar carta de naturaleza a los aspectos más negativos de las mismas. En un solo folio que recoge uno de esos tipos de discurso encuentro (y copio algunas), las siguientes expresiones: big data, predecir escenarios futuros mediante analytics, cloud on the edge, segunda generación de chatbots, realidad virtual, blockchain, necesidad de soluciones disruptivas, integración del mundo “core” con el mundo digital… Y así va edificándose un sofisticado edificio donde apenas aparecen quienes presumiblemente tendrían que habitarlo: las personas reales, corrientes… Sólo rara vez se habla de “el papel central que adquiere el desarrollo de talento con nuevas capacidades para afrontar los principales desafíos de la Industria 4.0 y de la digitalización”. ¿Se referirán al talento de las personas o al de la inteligencia artificial? Ya uno duda dónde se quiere hacer radicar ese talento necesario para llevar a cabo la denominada pomposamente “Revolución 4.0”. La pista nos la dan esos mismos impulsores de espacios habitacionales evanescentes, esos digito-arquitectos 4.0, cuando actúan en el mundo real del “mercadeo del trabajo”.

Aquí y ahora, y ya situados en el mundo real, se prescinde del utillaje terminológico futurista anterior y se apuesta por el pragmatismo de toda la vida, ese pragmatismo transversal que ha recorrido las Revoluciones 1.0, 2.0, 3.0, y que se quiere que continúe activo en la 4.0. Un pragmatismo de una brutalidad explícita y transparente, sin términos extraños que emborronan cosas tan claras y sencillas como son “las cosas de comer”. Los actores del aquí y ahora (que repito, son los mismos que se parapetan tras nombres espectrales como “Minsait”, “Waymo”, “Alphabet”…), lucen ya denominaciones más convencionales: por ejemplo, Confemetal, la patronal del metal que pide contratos “de inserción” para jóvenes, mediante el cual se permita pagar por debajo del convenio colectivo y abonar indemnizaciones “reducidas”. La inserción significa aquí trabajadores más baratos, tanto en sus sueldos como en la posibilidad de echarlos a la calle, tal como explica eldiario.es

En definitiva, lo que ambas formas del mismo discurso requieren es “gente 4.0”, que ya sabemos las “cualidades” —el talento— que deben tener y demostrar: fuerte resistencia a la precarización; una moral y una ética volátiles; orgullo de clase asépticamente amputado; buen talante y constante sonrisa a prueba de desalientos puntuales; alabar a tu empleador en tus conversaciones cotidianas; disponibilidad 24 horas 365 días en previsión de avisos “online”; talento para banalizar ocasionales humillaciones, necesarias para una mejora de la competitividad personal; capacidad emocional para practicar la indiferencia ante las llamadas “injusticias”; ni mú en asuntos de “ideología de género”, cuestiones LGTBI u otras cuestiones que excedan el interés de la parte contratante; libres de cargas u obligaciones familiares… etc.

En un libro publicado en España hace ahora diez años con el título de “Trabajo y sufrimiento: cuando la injusticia se hace banal”, y que pasó gloriosamente desapercibido, su autor, Christophe Dejours, se preguntaba: “¿Cómo aceptamos sin protestar unas exigencias laborales cada vez más duras, aun sabiendo que ponen en peligro nuestra integridad mental y psíquica? ¿Por qué miramos hacia otro lado ante la suerte de los parados y los “nuevos pobres”? ¿Cómo se tolera la humillación resignada que se presenta de forma cotidiana en tantos lugares de trabajo?”

¿Tendrá la Revolución 4.0 respuestas a tales preguntas?

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Una vez más, nos vemos obligadas a defender y luchar por lo que creíamos que nunca volvería a cuestionarse: el derecho al aborto o las políticas específicas contra las violencias machistas, ya de por sí vergonzosamente insuficientes. Han llegado a San Telmo unos señoritos a caballo a decirnos que la violencia no entiende de hombres ni mujeres. Será pura casualidad que, como afirma la ONU, la violencia de género es la principal causa de muerte entre las mujeres de entre 15 y 44 años; en los hombres, sin embargo, son las enfermedades de corazón, purita casualidad. O que, como publica Intermón Oxfam, siete de cada diez mujeres en el mundo sufrirá violencia física o sexual en algún momento de su vida o que diez mujeres han sido asesinadas en lo que llevamos de año en nuestro país.

No entendemos cómo algunos hombres no tienen la capacidad elemental de ver una realidad tan palpable como que las mujeres ocupamos un alto porcentaje de los trabajos más precarizados, que sobre nuestras espaldas recaen la mayor parte de las tareas de cuidados que se nos presuponen, que la mayoría de nosotras hemos sufrido algún tipo de violencia sexual a lo largo de nuestras vidas… ¿De verdad a Ciudadanos, PP y VOX no le dicen nada estos datos?

Si por increíble que parezca esto es totalmente real, lo que supera todo lo imaginable es cómo el PSOE en Cádiz sigue insistiendo en mantener al frente de la Fundación de la Mujer a un partido machista como Ciudadanos. Parece ser que no tuvieron bastante con entregarles el poder a finales de 2017 al partido que decía que había que acabar “con la asimetría penal por razón de sexo”. Porque la posibilidad de ser violada o asesinada no guarda ningún tipo de relación con el hecho de ser mujer y por eso no hacen faltan políticas específicas ¿verdad? Por mucho que lo diga la ONU…

En este contexto, en el que los partidos del gobierno de Andalucía, junto con su socio fascista, intentan volver a la época franquista en la que las mujeres no teníamos derechos de ningún tipo, el 15 de enero, muchas personas gritamos alto y claro delante del Parlamento andaluz que no íbamos a dar ni un paso atrás en las políticas de igualdad. Y en esta línea, el alcalde de nuestra ciudad, José María González, Kichi, se reunió con el líder del PSOE (que a estas alturas no podemos denominar socialista) para pedirle retirar el apoyo a quien hoy ostenta la vicepresidencia de la Fundación de la Mujer, una señora de C´s. Sí, ese partido al que le importamos bien poco las mujeres. Cuál ha sido nuestra sorpresa cuando nos hemos enterado de que la respuesta de Fran González ha sido “que qué más da quién dirija las políticas de igualdad”. Estamos indignadas. No podemos concebir cómo el PSOE, que cuenta entre sus filas con miles de mujeres que se denominan feministas, que gritaron con nosotras en la puerta del Parlamento, que llevan años luchando por la igualdad, puede quedarse tan tranquilo sabiendo que tiene en su mano quitar a la derecha más retrógrada y machista de la Fundación de la Mujer y no lo hace.

Por otra parte, no nos extraña. Es la forma de proceder de un partido que ha perdido el rumbo. Que se dice socialista y firma reformas laborales que precariza el trabajo. Que se dice feminista y consiente que el Pacto de Estado parta con presupuesto cero. Un partido que dice tantas y tantas cosas para luego hacer la contraria.

Psoe local y fundacion de la mujer
Ilustración: Pedripol

En el último pleno del Ayuntamiento de Cádiz se aprobó el primer Plan Integral Contra la Violencia de Género en el Ayuntamiento de Cádiz. El primer Plan Integral Contra la Violencia de Género en la ciudad de Cádiz. Un Plan que ha sido participado por colectivos feministas y asociaciones de mujeres. Un Plan ambicioso para acabar con esa lacra social que mata cada año a más de 100 mujeres. Un Plan con dotación presupuestaria. Esto sí es luchar por las mujeres. Esto sí es defender la igualdad.

Y aún así, la cosa no quedó ahí. Cientos de personas firmamos un manifiesto que el colectivo Café Feminista de Cádiz impulsó para que el PSOE de esta ciudad retirara su apoyo a Ciudadanos en la Fundación. Personas de diferentes colectivos, sindicatos, figuras del mundo universitario y muchas de ellas militantes del PSOE, firmamos para que las políticas que nos afectan directamente no estén en manos de quien nos humilla y niega la violencia que se ejerce sobre nosotras.
A este manifiesto se sumó también el de varias asociaciones que forman parte del Consejo de la Mujer, pero que no están de acuerdo ni con la vicepresidencia de la Fundación, ni con la gerencia de ésta ni con la presidencia de las asociaciones. Mostraron que el conjunto de las asociaciones de mujeres no son un bloque monolítico que se sigue creyendo las mentiras de quien ha gobernado esta ciudad durante muchos años en contra de nosotras, y de quienes no son capaces de asumir que las mujeres de la ciudad necesitan mucho más que caridad.
El PSOE volvió a dar su voto a C´s, ése que entrega la portavocía de la Comisión de Igualdad de la Junta de Andalucía a la ultraderecha que dice que “la Consejería de Igualdad, viene financiando a organizaciones feministas, que él (Serrano) considera partícipes de lo que denomina ideología de género”. Nada más que decir.

Lo que les pasa a Fran González y al PSOE es que no creen en lo que dicen. Lo que les pasa es que no soportan que la concejala de la Mujer, Ana Camelo, sea una mujer trabajadora y les hable de igual a igual. Porque ellos son la élite política, y no aguantan que una mujer, trabajadora y feminista les diga las cosas claras.

Al PSOE ya no le queda ninguna excusa para mantener a la derecha al frente de la Fundación de la Mujer. Ninguna.

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Mi nombre es Abdesalam y soy marinero. Antes, mi negocio eran los peces, pero me rompí un dedo a bordo y, usted comprenderá, yo tengo que ganarme la vida de otra forma. Ahora, los peces no tienen cola sino dos piernas. Los periódicos, les llaman corderos. Los periódicos, me llaman tiburón, pero ya me gustaría serlo. Como ese Dib El Lobo que tanto dinero hizo con la gente o con la droga y que llevó la gran vida en una prisión confortable. Yo no soy un tiburón, yo soy el rais, el patrón de la zodiac, yo soy un profesional, un hijo de la mar como todos los de Ued Lau, ese pueblo costero donde el océano es un oficio que se transmite de generación en generación..

Ser piloto no es una profesión, es un oficio. Sé más de corrientes que de sextantes y veo mejor que una brújula las travesías escritas sobre la superficie marina. Yo no soy como esos otros que estafan a sus viajeros y les cobran por marearles en el mar y llevarles, simplemente, hasta una playa tangerina. Yo exijo lo mejor de lo mejor. Lanchas neumáticas de primera calidad, de esas que no vuelcan nunca aunque tal vez estallen. De seis metros y un motor de cuarenta caballos. Con eso, basta. Hay africanos de los de al sur del Sáhara que hacen mi trabajo gratis. Yo no lo hago para enriquecerme, pero tengo que ganarme el sustento. Hay quien cobra 15.000 dirhams pero yo le dejo en 10.000. Pero puedo apañarles que alguien les recoja al otro lado y les lleve a Barcelona, a Amsterdam, o donde quieran. No hay distancias, si pueden pagarlo. Yo soy el rais, yo soy el patrón, yo soy su protector. Les digo que se compren una pistola de señales, la baliza de socorro y un chaleco salvavidas. Por si acaso, por si las moscas. Por si mi baraka se tuerce. Les digo que se hagan un seguro de vida si es que tienen familia que pueda llorarles o echarles en falta, si es que no llegan nunca al paraíso. Yo soy buena gente, un moro bueno, paisa.

A veces, he presentido el final, en una de esas noches oscuras como boca de lobo, en donde no hay luces alrededor y sólo se oye el zumbido del fuera borda. Tres horas, tan sólo. Demasiadas tres horas de miedo, como para no creer que merezco lo que gano. Mi familia espera ese dinero. Tenemos hijos y no quiero que pasen por lo que ha tenido que pasar su padre, aunque espero que se ganen la vida en el mar, como se la ganaron sus abuelos y los míos. Pero de otra forma, pero de otra forma. Por eso, me he hecho detener, para que me devuelvan a casa lo más pronto posible. Ya lo hice otras veces, la cubrí a menudo esa misma travesía y nunca me señalaron ni terminé en el banquillo o en la cárcel.

Pero una vez, qué quiere que le diga, me sentí como ellos. Como esos pobres diablos a los que transporto. Hubo una vez que llegué a la costa y que no quise volver. Que me dio por seguir su misma ruta, escaparme a través de los montes y llegar a Barcelona, donde hay empleo seguro y un barrio donde viven mis paisanos. Anduve cuatro días escondido por el monte, sin comer ni fumar. Era un alma mía cuando me recogieron unos maestros de escuela. Me dieron de comer, me ofrecieron ropa limpia y me escondieron en su piso. Planearon mi fuga con todo detalle. Había que burlar los controles de carretera de la Guardia Civil y hacerme llegar al menos hasta Málaga o Granada, sin que nadie me pidiera los papeles. Me lo pensé dos veces y le dije que no. Que quería volver. A Marruecos, que quería volver a Marruecos, les dije. Ellos me miraron como si no entendieran. O como si lo entendieran todo perfectamente. No les di explicaciones, pero les di las gracias.

Palabra de rais
Ilustración: Pedripol

Me lo pensé dos veces, es sencillo. Le tenía más miedo a mis compromisos que miedo a ese mar embravecido, donde yo había oído a veces, los gritos de los náufragos intentando inútilmente que Movistar les salvara la vida en mitad del oleaje. Pensé en la cara de Muina, esperando en Ued Lau mi vuelta en vano. Pensé en el dinero que le hacía falta para ir tirando, el dinero de la comisión que tenía que llevarse el pasador que compraba las gomas hinchables y en el que tenía que pagarle a los methanis que habían hecho la vista gorda, entre el bosque y la playa de Sidi Haj Saíd o de Brideche, para que yo pudiera zarpar con el bote hinchable.

Así que dejé que me capturasen, que me llevaran a la Isla de las Palomas y luego, hasta Algeciras, hasta la comisaría de donde salen los furgones de buena mañana, rumbo al puerto y al fracaso. El tiburón, eso me dicen. El rais, eso me digo. Pero, en el fondo, soy menos libre que cualquiera de estos que me miran fijamente, que esperan que les diga algo, que les preste ayuda o les devuelva el dinero de su viaje imposible. Cualquier día, me delatarán sus miradas. Cualquier día, los guardias, entenderán lo que dicen: tú eres el patrón, tú eres el patero, llévanos a un muelle seguro donde no exista la muerte ni las ventanillas. Cualquiera de ellos es más libre que yo. Lo que no es mucho decir, si se vieron obligados a buscar la patera porque un pasaporte con visado falso cuesta más de 35.000 dirhams. Lo que no es mucho decir si se tiene en cuenta de que el día que logren conquistar sus sueños sin que la ley los alcancen, cuando crucen el mapa hasta el lugar que ansían, ese día será el primer día de su esclavitud en Europa. Hay algo que me digo a veces cuando hay tormenta o cuando hay pesadillas. Hay algo que me digo, ¿quién no es esclavo, quien no es esclavo?. Pero que no me miren, que no me miren con sus ojos delatores y atónitos; que no me miréis, Driss, Abdul, Kabal, , que no me miréis, yo no tengo la culpa.

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La calle es un espacio dinámico de personas en tránsito, de encuentros fortuitos y provocados por la cotidianidad de los ritmos vitales. Es alegría y consuelo. Es familia, amigas y desconocidas cruzándose en idas y venidas que se pueden convertir en horas de juegos, de charlas, risas y miradas amables. La calle es la extensión de nuestras casas, algo así como una raíz larga y laberíntica que conecta cada hogar gaditano creando una red segura y acogedora. Nutre y susurra virtudes y defectos, es el altavoz de nuestra cultura. Son cientos, miles de años de historia.

Está viva cuando le damos espacio para latir, porque tiene corazón, el de todas las gaditanas que luchan por trabajar y vivir en este rincón del Sur, que ha estado abandonado siempre por las administraciones. Personas nadando a contracorriente para no tener que emigrar en busca de un trabajo, de una oportunidad o porque no pueden pagar un alquiler desorbitado.

Las calles vivas
Fotografía: Inma Sanjuán

Entre las risas y charlas al atardecer en alguna plazoleta de la ciudad nos encontramos con vecinas que viven situaciones difíciles, teniendo que escoger entre comer o pagar la luz. En su barrio, el de toda la vida, donde viven sus padres que echan una mano con las niñas cuando salen del colegio, no para de subir el alquiler. Y es que Cádiz está de moda, un poquito más de moda. Una moda insostenible y nada saludable que condena a las gaditanas a la pobreza o el exilio mientras afloran pisos turísticos sin apenas control. Ese turismo que vincula el futuro de la ciudad a un espacio vacío, yermo, donde la alegría se va diluyendo por los husillos.

Aquí, que apenas nos queda industria de la que vivir, hemos agarrado el hierro candente del turismo como maná de vida; siendo en la mayoría de los casos un trabajo esclavo, mal remunerado y que nos echa de nuestras casas cuando vencen los contratos de alquiler.

Es posible que haya otra forma de vivir del turismo sin pasar por renunciar a nuestro derecho a la ciudad, a vivir cerca de nuestras familias y trabajos, con sueldos dignos y en un entorno sano y sostenible para todas las gaditanas. Quizá contando nuestras historias, antiguas y recientes. Porque las ciudades las construyen las personas que habitan en ellas y no aquellas que están de paso. La voluntad y el trabajo harán que nuestras calles sigan estando vivas.