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Arturo martinez 4Fotografías: Arturo Martínez

Con este epíteto se solía referir Homero a este rey de los mesenios, cuyos antiguos dominios queríamos visitar. También le llamaba, entre otras lindezas, “elocuente orador de los pilos”, “aquel cuya opinión es considerada siempre como la mejor” y “Protector de los aqueos”. Debía de ser una buena persona.

El martes salimos de Areopoli hacia Pilos, en un recorrido que podíamos haber hecho en menos de tres horas, pero que nos llevó todo el día. No teníamos prisa, huíamos de las autopistas y carreteras de mucho tráfico, y queríamos ver un par de cosas por el camino.

Abandonamos con pena la península de Mani para acercarnos a Kalamata, la cuna de las mejores aceitunas griegas, capital de la provincia y una de las mayores ciudades del Peloponeso. No es que tuviéramos un interés especial en esta ciudad, pero era paso obligado para llegar a la primera escala que teníamos prevista: Messini, la que fue capital del reino de Mesenia desde el siglo IV hasta el II ANE. Pero mucho antes, en uno de los pueblos maniotas que cruzamos a primera hora de la mañana y que creo que se llamaba Lagkada, vimos una iglesia bizantina con buen aspecto ¡y con la puerta abierta! No es que los popes ortodoxos hubieran cambiado su política de puertas cerradas, sino que una inglesa, residente en la localidad desde hacía años, se había empeñado en sacar a la luz y restaurar los frescos que cubrían su interior. Financiada casi exclusivamente con donaciones particulares, creo que a la obra le quedan muchos años por delante.

Más de una hora estuvimos cruzando olivares, el monocultivo de la zona, y recorriendo carreteritas secundarias hasta que en las faldas del monte Ithomi encontramos Mavromati, la aldea junto a la cual se alzan las ruinas de la antigua Messini. Llegamos casi de casualidad, gracias al mapa de carreteras, porque el navegador se empeñaba en llevarnos a otra Messini, a veinte kilómetros de distancia, que también tenía al lado un pueblo llamado Mavromati.

Aunque todavía eran las once cuando iniciamos la visita, el sol ya caía inclemente. Además, todo el recorrido había que hacerlo al sol; aquí no habían plantado los olivos, plátanos y robles que tanto se agradecían en otras excavaciones. Un solo árbol, un olivo no muy grande, protegía un banco en el extremo norte del estadio, y había cola para ocuparlo.

La región fue invadida en el siglo VII ANE por los espartanos, que convirtieron a sus habitantes en ilotas, en siervos. Muchos huyeron a Sicilia, donde fundaron la actual Mesina, pero los demás tuvieron que esperar trescientos años hasta que un general tebano, Epaminondas, los liberara y fundara la ciudad que íbamos a visitar. Y solo doscientos años más tarde cayeron en manos de Roma.

En lo que quedaba de la ciudad destacaban el teatro, uno de los estadios más grandes de la Grecia clásica, y un largo paseo porticado, paralelo al Ágora y decorado en su día con fuentes y estatuas. Este último espacio, que en la mayoría de las ciudades griegas estaba ocupado por tiendas, talleres y tabernas, lo usaban los mesenios para pasear, charlar y cotillear. Allí vimos el caso de estandarización más antiguo que he conocido jamás. Para asegurarse de que en la reparación de un tejado las tejas de cualquier alfarero encajaran bien en los huecos dejadas por las que se hubieran roto, los mesenios habían fabricado un patrón de mármol al que tenían que tenían que ajustarse todas las tejas que se fabricaran en sus dominios.

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Al cabo de dos horas y media ya no soportábamos más el calor y las piedras, y dejamos Messini para dirigirnos a la bahía de Navarino; buscando, como siempre, las carreteras secundarias. Después de cruzar varios pueblos sin un mal cafetín a la vista y en los que aparentemente todos los vecinos estaban durmiendo la siesta, llegamos a uno un poco más grande, en cuya plaza mayor había varios cafés con terrazas. En uno de ellos nos indicaron el único sitio en el que servían comidas, justo enfrente del ayuntamiento.

Con el hambre que teníamos se nos hizo la boca agua al ver los nombres de los platos rotulados en la cristalera: cordero asado, bisté, bacalao, pinchos… Pero como en muchos restaurantes griegos, aquel menú era un mero recuerdo de tiempos mejores, y la realidad era un poco más triste. No tenían carta, ni en griego ni por supuesto en inglés, pero con la ayuda de un funcionario municipal que mataba el tiempo en el bar de al lado y un niño, hijo de la dueña, a la vez orgulloso y avergonzado de demostrar sus conocimientos de inglés, nos fuimos entendiendo.

Claro que podíamos comer allí, por supuesto. ¿Qué nos apetecía? Escaldado por experiencias anteriores les pregunté:

-¿Qué nos pueden ofrecer?

-Spaghetti con carne picada

-¿Y algo más?

-Sí, claro, ensalada y pan.

Resumiendo, acabamos devorando una ensalada de tomates y pepinos recién cogidos de alguna huerta, y unos generosos platos de spaguetti fríos con carne de cordero picada. Eso sí, el aceite de oliva era delicioso, rodeados como estábamos por olivares en decenas de kilómetros a la redonda. Y el vino era eso, vino, y mejor no ponerle muchos adjetivos, porque seguro que serían poco elogiosos; claro que a seis euros el kilo tampoco podíamos exigir mucho. Porque en Grecia el vino a granel lo venden al peso, aunque en ningún restaurante he visto una báscula. Te ponían una jarra, de vidrio en los locales más elegantes y de aluminio anodizado en los más populares, y te aseguraban que te habían servido medio kilo de tinto. Y si pedías sólo una copa, te la llenaban hasta el borde y te cobraban un cuarto de kilo.

Después de comer y de pagar una cuenta ridícula hicimos otro largo recorrido entre olivares hasta llegar a Hora, en cuyas cercanías se conservan los restos del palacio de Néstor. El mismo Néstor que viajó con los argonautas a la Cólquida en busca del vellocino de oro, que luchó contra los centauros, que participó en la batalla de Troya al lado de los aqueos y que alojó en su casa a Telémaco, el hijo de Ulises. En ningún sitio como en Grecia se mezclan tan fluidamente la historia, el mito y la literatura.

Porque por muy mitológica que nos parezca su figura, por mucho que la leyenda cuente que llegó a rey gracias a que Hércules mató a su padre y a sus hermanos, resulta que existió y que su palacio se encuentra no muy lejos de Pilos, la capital de su reino.

Tampoco es que se conserven grandes muros ni mosaicos fastuosos; a fin de cuentas Néstor era micénico, pertenecía a la cultura minoica y su palacio estaba construido como todos los de su época: piedra para los cimientos, madera para vigas y columnas, y barro para el pavimento y las paredes, decoradas luego con frescos muy coloristas.

 

Protegido por una gran cubierta autoportante por la fragilidad de sus materiales, pudimos contemplar el trazado de los muros, las huellas de las bases de las columnas, la bañera real, el gran hogar que presidía el salón del trono, los almacenes de aceite (de oliva, por supuesto), la sala en la que se guardaba la enorme vajilla real, y los archivos.

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Los micenios tenían una excelente costumbre: registraban deudas, impuestos y gastos en tablilla de barro que archivaban con mucho cuidado en estanterías de madera y que destruían sistemáticamente al cabo de un año. Algo así como el borrado de los discos duros de Bárcenas.

Leímos en los paneles indicativos que los frescos que se encontraron en el palacio se conservaban en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas. No quedamos con la ilusión de tener suerte y poder verlos cuando llegáramos a la capital.

Hicimos noche en Pilos, en la bahía de Navarino, un magnífico puerto natural. Es una ensenada de unas tres millas de ancho por dos de profundidad, con dos entradas separadas por la isla de Esfacteris, que protege a los buques de los temporales. La entrada sur, la más amplia y cercana a la ciudad la controlaba el castillo de Neokastro, una preciosa fortaleza renacentista construida por los turcos en el siglo XVI, justo tras la derrota que sufrieron en la batalla de Lepanto. En la Segunda Guerra Mundial fue cuartel general de las tropas de ocupación alemanas.

La otra entrada, mucho más estrecha, estaba dominada por Paleokastro, un castillo que levantaron los francos en el siglo XIII sobre las ruinas de la acrópolis de la antigua Pilos, y que fue abandonado tras la construcción de Neokastro. Justo debajo de Paleokastro se encuentra la llamada Cueva de Néstor, donde según Pausanias el dios Hermes escondió el ganado que le había robado a su hermano Apolo. Como podéis comprobar, los dioses griegos se parecían mucho a los griegos de su época: libertinos, ladrones, asesinos, incestuosos y hasta cuatreros.

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Cenamos en uno cualquiera de los muchos restaurantes que bordeaban el puerto. Los boquerones estaban muy frescos y de buen tamaño, pero los mosquitos los superaban en número y en agresividad.

Mientras cenábamos recordamos la batalla de Navarino, que no tiene nada que ver con la de Navarone. En la bahía que teníamos delante tuvo lugar en 1827 una moderna reedición de la batalla de Lepanto. Doscientos cincuenta años después se volvieron a enfrentar las flotas cristiana y musulmana; por el lado que podríamos llamar cristiano ingleses (protestantes), franceses (más bien agnósticos) y rusos (ortodoxos) combatieron contra turcos, egipcios y tunecinos. El triunfo de la escuadra cristina significó el fin del poderío naval otomano y permitió que Grecia alcanzara la independencia al año siguiente.

Como el miércoles no teníamos nada que hacer, decidimos pasar la mañana en la playa. Antes de dirigirnos a Olimpia, que estaba al norte de Pilos, condujimos doce kilómetros rumbo sur, buscando la fortaleza de Methoni. Al tratarse de un punto de escala importante en la ruta a Tierra Santa (y sobre todo en el comercio con Oriente), su historia es muy similar a la de tantas otras ciudades de la costa del Peloponeso, pero con un añadido importante: cuando los argivos o aqueos destruyeron la ciudad de Nauplio, a quienes huían de ella los espartanos les ofrecieron asilo en este islote, después de expulsar a los mesenios que vivían aquí.

Con una geografía muy favorable para su defensa, al tratarse de un islote escarpado unido a tierra por un istmo de arena, los naupliotas resistieron cuatro siglos, incluso frente a los ataques de la flota ateniense o de los piratas ilirios. Lo que no pudieron impedir fue el desembarco de los romanos, de cuyas manos el islote pasó luego a los bizantinos. Así siguió hasta el siglo XII, cuando la tomaron los venecianos y construyeron las fortificaciones que se contemplan hoy en día. Varias veces cambió de manos entre venecianos y otomanos, hasta la independencia de Grecia. En la actualidad la fortaleza está abandonada y deshabitada, aunque conserva el foso atravesado por un puente de piedra, fuertes, bastiones, la catedral veneciana y los baños turcos.

Desde el fuerte vimos junto al pueblo moderno la playa perfecta. Arena limpia, poca gente, sin viento ni olas, y con tumbonas y sombrillas de alquiler. Aunque si hacías alguna consumición del cercano chiringuito del Methoni Beach Hotel podías conseguir un usufructo ilimitado de las tumbonas. Un par de horas nos quedamos allí, bañándonos con el fuerte a nuestra derecha y las islas de Adelfas, Schizos y Venetikó enfrente.

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Dejamos Methoni con pena, prometiéndonos volver algún día, aunque tengo que confesar que me llevé la satisfacción de haber encontrado una pista muy tenue sobre Eliseo Rekalde, el mítico personaje a cuya búsqueda llevo dedicándome bastantes años.

Nuestro próximo destino sería Olimpia, pero esa es otra historia

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