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Arturo martinez 6Fotografías: Arturo Martínez

Después de dos semanas rodando por el Peloponeso llegamos por fin a Atenas. Habíamos alquilado un apartamento en el barrio de Thision, Teseo, a los pies de la colina de Pnyx, a quinientos metros del Ágora antigua y un kilómetro del Partenón. Era una zona tranquila, que fue muy elegante hace cien años, con pocos coches y muchos cafés, ideal para recorrer andando el centro de la ciudad. El barrio se mueve hoy en día entre la ruina y la renovación, conserva a sus habitantes originales y no ha sufrido la avalancha turística de Monastiraki o Plaka.

Salimos a dar un primer paseo, una simple toma de contacto con la ciudad. La calle Apostolou Pavlou, que servía de límite al parque Thision, mostraba un claro ejemplo de desgobierno municipal y desprecio a los peatones. Tenía unas amplias aceras de mármol acondicionadas para personas discapacitadas, pero el noventa por ciento del espacio peatonal estaba ocupado por enormes terrazas de bares, contenedores de basura o de escombros, motos y hasta coches aparcados. Alguien había arrancado impunemente varios bolardos de fundición que impedían el acceso de vehículos, me imagino que para ejercer su sacrosanto derecho a aparcar en la puerta de su casa. El resultado era que los peatones teníamos que circular por la calzada esquivando a los vehículos. Y los policías municipales patrullaban por allí mirando al cielo. No ver, no oír, no hablar.

El parque Thision me sorprendió por la cantidad de gente que lo había convertido en su hogar, igual que me había pasado en el parque de Ueno en Tokio. Por todas partes había colchones, carritos de supermercado con equipajes precarios, tendales improvisados entre los árboles… Lo que más me impresionó fue una cama de matrimonio que compartían dos hombres, uno de ellos en silla de ruedas. Aquellos árboles cobijaban a su sombra muchas historias, a cual más triste.

Este primer contacto con Atenas me echó para atrás, aunque me prometí a mi mismo darme un plazo de veinticuatro horas antes de tomar postura. Porque además de lo que acabo de contar, aquella primera tarde me trajo una inmersión en lo que significa la invasión del turismo. En la calle Adrianou, que corría en paralelo a las vías del tren suburbano entre las estaciones de Thisio y Monastiraki, absolutamente todos los bajos comerciales eran bares o restaurantes, que con sus terrazas ocupaban más del ochenta por ciento de la calle. Y caminar por el veinte por ciento restante era francamente molesto, esquivando a turistas despistados pero sobre todo a los camareros, empeñados en que entraras en su restaurante a toda costa. Y por en medio vendedores ambulantes, mendigos, músicos callejeros… Ni una sola vez nos sentamos en una de aquellas terrazas, por muchas vistas a la Acrópolis que ofrecieran.

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Llegamos a continuación a la zona de Monastiraki, que tampoco era demasiado atractiva. Parecía una mezcla de las calles Carretas y  Montera de Madrid, con comercios pasados de moda, montañas de basura, muchos locales en venta o alquiler y otras muestras de decadencia. Y las pocas terrazas que había tenían la música a toda pastilla, con lo que se hacía difícil encontrar un sitio tranquilo en el que descansar y mirar el ambiente callejero desde la barrera. Por mucho que las calles llevaran los nombres de Praxíteles, de Pericles, o de otros ilustres atenienses, Atenas no me estaba causando buena impresión.

Menos mal que al día siguiente contemplé la ciudad con otros ojos, y acabó conquistándome. Había hecho bien en esperar.

No voy a describir aquí la Acrópolis, el Museo Arqueológico Nacional ni otros atractivos turísticos. Mucha gente lo ha hecho antes y mucho mejor de lo que podría hacerlo yo. Solo narraré alguna anécdota, alguna impresión.

Por ejemplo, la visita a la Librería Española Nikolopoulos, en el 32 de la calle Omirou. A mi cuñada se le había acabado la lectura, y la acompañé hasta allí para reponer fondos. Cuando entramos, pensamos que nos habíamos equivocado de puerta y que estábamos en el almacén: pilas de cajas llenas de libros obstruían casi totalmente el paso, mientras que las mesas y las estanterías adosadas a las paredes parecían a punto de derrumbarse y dejarnos sepultados en un océano de libros. Libros escritos mayoritariamente en castellano (o en griego sobre temas hispanos), pero también en portugués, alemán o catalán. Desde éxitos de venta hasta tebeos antiguos para coleccionistas, desde cuadernos escolares hasta clásicos populares, desde guías sobre Grecia o España hasta cuentos infantiles, todo cabía en aquella cueva del tesoro.

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Cuando dudábamos si marcharnos o adentrarnos en el laberinto, salió de detrás de una montaña de libros no el terrible Minotauro sino la encantadora Dina Nikolopoulos. Nos acogió estupendamente, nos recomendó varios libros de escritores griegos actuales traducidos a nuestro idioma, y durante casi una hora contestó a nuestras preguntas en un excelente español. Hasta nos aclaró por qué era tan caro tomarse un café, la bebida nacional griega. Resultaba que por una parte el gobierno griego gravaba el café con el tipo máximo de IVA, el 24% (los libros, por cierto, pagaban solo el 6%); por otro lado, como los griegos tenían la costumbre de pedirse un café y estirarlo durante un par de horas, los hosteleros cargaban un precio mínimo a todas las consumiciones, algo así como una tasa por uso y disfrute del mobiliario. Y claro, el café acababa costando más de tres euros, cantidad muy elevada para el nivel salarial del país.

Nos marchamos de la librería con pena, pero cargando con varios libros y dejando atrás una amistad que espero se mantenga. No pude dejar de recordar a Teresa, mi librera de cabecera en Cádiz, hoy en día jubilada para su felicidad y mi desgracia.

El martes aprendimos otra palabra en griego de las que creo que no olvidaré nunca. Después de describirle en griego y con mucha dificultad a la camarera como queríamos el café frappé (sin leche, con dos cucharadas de azúcar), lo apuntó en su cuaderno y luego nos preguntó: “¿Tría café kanonikós?” Evidentemente, kanonikó significaba normal, de acuerdo con el canon, como Dios manda.

En Grecia tienen la excelente costumbre de montar al lado de cada recinto arqueológico de cierta importancia un museo, en el que se exhiben las piezas encontradas allí. Solo los objetos excepcionales se trasladan al Museo Arqueológico Nacional. Así, en el Ágora Antigua (la moderna es la romana) tienen un pequeño museo. Por su relación con el lugar, cuna mundial de la democracia, me llamaron la atención tres objetos.

En primer lugar, los fragmentos de ánforas con nombres inscritos me recordaron la excelente práctica del ostracismo, la votación por la cual se desterraba durante diez años al ciudadano que ganara la votación. Me dieron ganas de lanzar una recogida de firmas en change.org para pedir su implantación en España; mientras tanto me iré haciendo una lista de candidatos y candidatas, porque la votación estoy seguro de que sería muy reñida. Ya me imaginaba la campaña electoral: “Por tu salud y tu trabajo, manda a **** al carajo”. Me temo que la participación batiría récords, muy por encima de la de una votación tradicional.

El segundo objeto que me encantó fue una clepsidra que se utilizaba en los juicios para limitar el tiempo de las intervenciones de las partes a un máximo de seis minutos. Se trataba de dos recipientes de piedra colocados el uno sobre el otro. Se llenaba de agua el de arriba hasta rebosar y cuando el orador comenzaba a hablar se le quitaba el tapón. El agua iba cayendo al barreño de abajo, y cuando terminaba de caer el que estaba hablando tenía que callarse, hubiera terminado o no. Aquellos sí que eran de verdad juicios rápidos.

El tercero y último era un artilugio para elegir a los componentes de los jurados populares. En una losa vertical de mármol habían tallado diez o doce filas con nueve ranuras cada una, y en cada ranura se introducía una lámina de bronce con el nombre de un ciudadano, procurando que en una misma fila no hubiera dos personas del mismo clan. De un tubo opaco lleno al azar con bolas blancas y negras se dejaba caer una bola para cada fila de ranuras, como en la bonoloto. Si la bola era negra, todos los nombres de esa fila quedaban descartados; en cuanto salía una bola blanca la fila correspondiente conformaba el jurado. Y todo esto en el siglo V ANE.

Al terminar la visita al Ágora cogimos un taxi para volver a casa, pero el taxista no conocía nuestra calle. Cuando vio que yo llevaba un teléfono con navegador se le iluminó la cara. Señaló primero al teléfono, luego a mí y gritó “¡Komando, komando!” Al final entendí que quería que yo le dirigiera a él usando las instrucciones del navegador. Antes de arrancar el coche todavía me explicó gráficamente cómo se decía en griego “a la derecha” (dextriá) y “a la izquierda” (arioterá). Por ese sistema y con grandes carcajadas por ambas partes conseguimos llegar a casa, eso que por el camino nos encontramos una calle cortada por obras.

El miércoles lo dedicamos a la imprescindible y agotadora visita al Museo Arqueológico Nacional, que celebraba el 150 aniversario de su fundación. Ya sé que no es elegante escribir números mediante cifras, pero es que lo de poner centésimo quincuagésimo (lo he buscado en internet) me parece demasiado pedante. Y lo de agotadora lo puedo demostrar.

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Volviendo al museo, pese a los años que tiene está razonablemente bien señalizado y es fácil de ver. Aunque todavía quedan algunas (pocas) vitrinas en que la relación entre cada pieza expuesta y su texto explicativo viene dado mediante el código de inventario, y aunque la ordenación de las piezas por salas en general es por arte (escultura, pintura, orfebrería…) y no por época, se nota que el personal está orgulloso de su trabajo, y responden en inglés a cualquier pregunta que se les haga, tanto sobre la ubicación de las diferentes salas como sobre detalles técnicos o históricos de las obras expuestas.

Las piezas, seleccionadas entre las miles y miles encontradas en toda Grecia, son excepcionales. Me gustaron especialmente las de la cultura cicládica, de entre los siglos XXIII y XVII ANE, con una sencillez de formas y una modernidad que podrían haber firmado Modigiliani o Jean Arp. En la isla de Thera, la actual Santorini, se han encontrado restos de una ciudad con casas de hasta tres pisos, destruida por una gigantesca erupción volcánica en el XVI ANE. Tan grande fue la explosión que desapareció gran parte de la isla, e incluso se le atribuye el principio de la decadencia de la cultura minoica, cuyo centro se ubicaba en Creta, ciento cincuenta kilómetros al sur. Los frescos que se han conservado bajo las cenizas volcánicas también sorprenden por su elegancia y modernidad. Creo que las islas Cícladas serán el destino de mi siguiente viaje a Grecia.

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Por la tarde hicimos un poco de turismo alternativo, paseando por el barrio de Exarchia, epicentro de las protestas antigubernamentales desde la dictadura de los coroneles y muy cercano al museo de la mañana. Calles en cuesta que subían hacia la colina de Strefi, travesías peatonales llenas de vegetación, grupos de jóvenes que charlaban sentados en cualquier escalón, casas cubiertas de grafiti hasta el segundo piso, cientos de carteles convocando a decenas de manifestaciones (feministas, antirracistas, antifascistas, en defensa de los refugiados o de la okupación de edificios), cines alternativos, tiendas alternativas, bares alternativos, rastas, camisetas del FZLN… La venganza del poder contra este barrio autogestionario se veía en primer plano: Montañas de basura sin recoger, ausencia casi total de alumbrado público, nula presencia policial…

Los residentes del barrio, muchos de ellos estudiantes del vecino Politécnico y con una fuerte presencia anarquista, gestionan como pueden algunos de estos aspectos de la vida cotidiana. Por ejemplo, han logrado erradicar de sus calles el tráfico de drogas.

Por el barrio nos encontramos desde viviendas en ruinas hasta edificios de clase media alta, pasando por todos los escalones intermedios: casas antiguas rehabilitadas o no, edificios públicos abandonados u okupados, chalecitos del siglo XIX con el jardín sembrado de tomateras y pisos para estudiantes o trabajadores. Pese a la mala fama del barrio y a la oscuridad de las calles a partir de la puesta del sol, en ningún momento nos sentimos en peligro ni notamos mal ambiente.

Ya se veía venir el final del viaje, y había que apretar el acelerador para exprimirlo hasta la última gota. El jueves por la mañana, en un largo paseo por la ladera norte de la Acrópolis, recorrimos tantos yacimientos arqueológicos que ya no me cabía ni uno más en la cabeza. Por lo menos casi todos eran de la época romana, que ahora vemos como un breve accidente en la extensa e intensa historia griega. Visitamos el Ágora romana, mucho más pequeña que la griega, la Torre de los Vientos, con sus ocho relojes de sol, la Biblioteca de Adriano, que solo en su sala principal llegó a almacenar 16.800 papiros, la linterna de Lisícrates y el Arco de Adriano. A lo largo de la mañana iban creciendo en paralelo el calor y nuestro agotamiento. El último monumento, el templo de Zeus Olímpico, nos limitamos a observarlo desde lejos, a través de una verja. Tendríamos que haber caminado doscientos metros bajo el sol y no fuimos capaces.

Y para mitigar el calor, ¿qué mejor que una buena ración de tripas de cordero? Un par de días antes habíamos descubierto una taberna muy cerca de nuestro apartamento, en la que habíamos tomado unas espléndidas chuletas de cordero y nos habíamos quedado con las ganas de probar las tripas, que solo servían en raciones de medio kilo. Por desgracia, cuando llegamos al local nos encontramos con que habían cerrado definitivamente y que estaban retirando el mobiliario. En el fondo creo que tuvimos suerte, un platazo de tripas de cordero a treinta grados a la sombra nos podía haber dejado para el arrastre.

Al atardecer fuimos a conocer Kolonakis, el barrio en el que viven los atenienses que viven bien. Por las aceras, en las aceras, solo nos cruzábamos con gente con pinta de haber vivido toda la vida sin preocupaciones, y de que seguirían así gobernara quien gobernara. No había supermercados, solo delicatesen, no había estancos sino tiendas de puros, no había panaderías sino boutiques del pan. El resto de los locales comerciales se repartía entre joyerías de alto diseño y precios en consonancia, y tiendas de ropa de diseñadores griegos. De vez en cuando asomaba una marca de moda de primera línea mundial: Bulgari, Comme des Garçons… Ni un turista, ni un inmigrante; todo quedaba en casa. El polo opuesto a la ácrata Exarchia.

El viernes tocaba descanso; María había forzado demasiado la máquina en los últimos días y el tendón de Aquiles que se había roto en la Chapada Diamantina le dolía demasiado. Así que desayunamos más tarde de lo habitual y por la mañana nos limitamos a una breve visita al recinto arqueológico de Keramikós, a pocos minutos de nuestro apartamento.

El lugar no es espectacular como la Acrópolis o el Ágora antigua, pero tiene un encanto especial. Solitario, se extiende a ambos lados de un tramo de unos doscientos metros de la muralla de Temístocles, justo en la zona en la que enlazaba con los llamados Muro Largos, que protegían la ruta de ocho kilómetros que comunicaba con el puerto de El Pireo. Ni Atenas, ni Esparta, ni Argos, ni Delos, ni siquiera Corinto, eran puertos, sino que se ubicaban a varios kilómetros de la costa. La explicación de por qué tantas ciudades de la Grecia continental se levantaban lejos del mar parece estar en el recuerdo de los asaltos piratas de la Edad Oscura (1100-750 ANE).

Dentro del recinto arqueológico, por el lado exterior de las murallas, se encontraba lo que en los siglos V y IV ANE fue el principal cementerio de Atenas. En torno a la Vía Sacra se extendía un terreno bastante irregular repleto de monumentos funerarios de estilos bien diversos. Aunque los originales de las esculturas y relieves de mayor valor se encontraban en el museo adyacente o incluso en el Arqueológico Nacional, la mezcla de elementos originales y copias en cemento daba una perfecta impresión de cómo había sido el cementerio hacía más de 2.500 años. Los senderos sin pavimentar y la vegetación de cipreses, laureles e higueras nos ayudaba a entrar en ambiente; no era difícil imaginarse los cortejos de plañideras profesionales que acompañaban los enterramientos. Una gran tortuga griega que se desplazaba lentamente entre las piedras parecía llevar allí desde el origen de los tiempos, o por lo menos desde la famosa paradoja de Aquiles y la tortuga.

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Había tumbas muy sencillas, marcadas simplemente con una piedra cilíndrica con el nombre del difunto, el de su padre y el apellido familiar. Otros necesitaban adornar sus tumbas con jarros de piedra de hasta dos metros de alto, grandes relieves y hasta una escultura enorme de un perro moloso.  Me emocionó especialmente la tumba de una abuela con su nieta, con la siguiente inscripción: “Sostengo aquí a la amada hija de mi hija, a la cual llevé en mis rodillas cuando estábamos vivos y veíamos la luz del sol, y ahora, muerta, la sostengo muerta”.

Nos aproximamos luego a las fortificaciones, que Temístocles tuvo que reforzar apresuradamente en un momento en el que se temía un ataque inminente de los espartanos. Tanta prisa tenía que se desmontaron muchos de los monumentos funerarios anteriores para recrecer con sus restos los tramos más débiles de las murallas.

En este sector de la muralla quedaban restos de las dos puertas más importantes de Atenas, situadas muy cerca la una de la otra: La de El Pireo y la Sacra, que a través de la vía del mismo nombre comunicaba la Acrópolis con el santuario de Eleusis, a más de veinte kilómetros de distancia. Todavía se podían ver las huellas talladas por las ruedas de los carros en las losas del pavimento.

Pegado a las murallas por su interior estaban las ruinas del Pompeión, un enorme gimnasio en el que todos los años se preparaba la gran procesión panatenaica, la misma que aparece representada en el friso del Partenón. El cortejo, encabezado por cuatro vírgenes de las mejores familias atenienses, partía de aquí y cruzaba el Ágora antigua para subir hasta el Partenón.

La última noche en Atenas, a modo de despedida temporal, decidimos rendirle homenaje al comisario Kostas Jaritos, el protagonista de las novelas policiacas de Petros Márkaris. Cada vez que  el policía y su mujer Adrianí tenían algo importante que celebrar, ella insistía en ir a cenar a la taberna O Platanos, en una plazuela perdida en el laberintico barrio de Plaka. Yo pensaba que era un lugar inventado, un mero recurso literario, pero en uno de nuestros paseos anteriores nos habíamos dado de bruces con el establecimiento y decidimos volver para la cena.

Desde nuestro apartamento, ya al anochecer, dimos un paseo perfecto: a la derecha teníamos una visión sin obstáculos de la Acrópolis iluminada, mientras que a la izquierda se iban sucediendo las dos Ágoras, la Biblioteca de Adriano y la Torre de los Vientos a lo largo de un sendero sinuoso rodeado de árboles.

O Platanos era un local no muy grande, con un comedor absolutamente vacío. Pero sus mesas al aire libre ocupaban gran parte de la plaza Diógenes, y no era fácil encontrar sitio. Como restaurante, O Platanos no era sobresaliente, pero tampoco estaba mal. La musaka era deliciosa, con su punto de canela, pero las chuletas de cordero parecían cortadas por un aprendiz de carnicero, por un becario muy mal pagado, y sabían demasiado a carbón. Un lugar perfecto para que Adrianí presumiera de que ella cocinaba mucho mejor, y Jaritos, entregado, le diera la razón.

El sábado antes de las doce teníamos que dejar libre el apartamento, así que mi cuñada Miya y yo aprovechamos para las compras de última hora. Lo más difícil de encontrar fue una jarra de aluminio anodizado de las que usaban en los restaurantes baratos para servir el vino de la casa. Tras mucho preguntar (no sabíamos cómo se llamaban en griego estas jarras), llegamos a la calle Athinas, cuyos bajos se dedicaban casi en exclusiva a las ferreterías y locales más menos afines: fontanerías, ortopedias, material militar, librerías de viejo… Al cabo de un rato y después de haber entrado en varios locales sin conseguir hacernos entender, vimos que en la puerta de un establecimiento colgaba un gran surtido de jarras de todos los tamaños y colores. Allí compré un katrucho, que así se llamaba, de un litro, que me dejaron a cinco euros con el descuento. Lo utilizaré en la cena griega que organizaremos pronto, para sacar a la mesa un Don Simón bien frío y reproducir fielmente los malos vinos que he sufrido en esta tierra maravillosa.

Con esto término el relato de mis andanzas por Grecia, que espero que os hayan entretenido. Yo he vuelto con nostalgia, el regalo de despedida del idioma griego. Si nostos significa retorno y algos dolor, nostalgia es el dolor o la pena por estar ausente.

Y no, no hay otra historia. Por lo menos por ahora, ya que los próximos meses los quiero dedicar a investigar la pista sobre Rekalde que encontré en Methoni.

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