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Fotografías: Arturo Martínez

Dos horas y media después de salir de Methoni y su playa perfecta llegamos al Bacchus Tavern & Pension, un hotel que juro que no elegimos por el nombre. En mis recuerdos de viajes no hago mucha propaganda de hoteles o restaurantes concretos, pero en este caso haré una excepción, el sitio se lo merece. Ubicado en una aldeíta a pocos kilómetros de Olimpia, tenía piscina, habitaciones con vistas sobre un valle plantado de olivos, un restaurante con buenos precios, mejores vinos ¡por fin! y un excelente cocinero. Me parece una alternativa mucho mejor que alojarse en la propia Olimpia, siempre y cuando se disponga de coche para los desplazamientos.

Dedicamos la tarde a descansar, que para eso estábamos de vacaciones, y dejamos para el día siguiente la visita al recinto arqueológico. Yo aproveché para ponerme al día con las notas que suelo tomar durante los viajes para luego redactar lo que ahora leéis. Al atardecer, sentado al borde de la piscina que surcaban las golondrinas, la vista se me perdía entre los olivos, solo interrumpidos por algunos naranjos e higueras en el fondo del valle o pinos y cipreses en lo alto de las colinas.

Cenamos conejo al horno y berenjenas fritas, con un tinto de la casa mezcla de merlot y agiorgítiko, bastante más que decente; la cena para tres personas nos costó cuarenta euros. El único defecto, porque siempre hay alguno, es que en el restaurante sonaban una y otra vez las mismas canciones que veníamos escuchando desde que llegamos a Grecia: Los niños del Pireo, Zorba el Griego… Era música buena y me traía recuerdos de películas y de actores como Melisa Mercouri, Anthony Quinn o Irene Papas. Pero hasta lo buen cansa si se repite demasiado.

El jueves lo dedicamos íntegro a visitar Olimpia, que no es un sitio muy apropiado para describirlo con palabras, o al menos yo no me considero capacitado para ello.  Tampoco voy a recrearme en la evolución de las olimpiadas desde un evento mítico y heroico hasta el gran tinglado político – comercial en que se han transformado en la actualidad. Además, como diría Gila, en Olimpia estaba todo por el suelo. O casi todo.

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Visitamos el recinto esquivando a los grandes grupos de cruceristas, cuidadosamente segregados por idiomas, que seguían cámara en mano a sus guías locales. Había mucha, mucha gente, pero hasta las once de la mañana la combinación de calor y multitud era soportable. Aprovechamos esas dos horas primeras, más frescas y menos concurridas, para recorrer los edificios auxiliares: el gimnasio, donde se entrenaba para la carrera, el tiro con arco y el lanzamiento de jabalina; la palestra, en la que los atletas practicaban la lucha antes de desnudarse (se competía sin ropa), ungirse con aceite de oliva y recorrer la vía monumental hasta el estadio; el Leonideo, hotel para los visitantes VIP; la casa de Nerón, que se hizo construir para su visita en el año 70; el Nympheon, la fuente monumental que suministraba agua para los atletas y los cincuenta mil espectadores que allí se reunían; las basílicas, donde se reunían atletas y jueces para prestar el juramento olímpico; el paseo triunfal, adornado con estatuas de Zeus costeadas con las multas impuestas a los atletas que hacían trampa, y el Heroión, el templo de Hera en el que cada cuatro años se encendía la llama olímpica, y donde se vuelve a encender desde que en 1896 comenzaron los juegos modernos.

Como anécdota y recordatorio de la egolatría de algunos humanos, quiero recordar que Nerón compitió en los juegos y consiguió nada menos que mil ochocientas ocho coronas de olivo, equivalentes a las actuales medallas. Para entender el número de coronas ganadas más o menos limpiamente por Nerón, hice una estimación de las disciplinas en las que se competía (veintitrés, contando deportivas y artísticas) y las multipliqué por tres (oro, plata y bronce), pero ni aún así conseguí pasar de sesenta y nueve. Ni sumando las  femeninas, que en aquella época no existían, ni las múltiples especialidades paralímpicas, pude ni siquiera acercarme a la mitológica cifra lograda por el emperador romano. Si nos sirve de referencia, el mayor número de medallas de los juegos modernos lo ha ganado Trischa Zorn, nadadora paralímpica, que necesitó participar en siete olimpiadas para conseguir cincuenta y una medallas.

Dejamos para el final el corazón y razón de ser del recinto, el templo de Zeus Olímpico, en el que en su día se veneró la colosal estatua de oro y marfil elaborada por Fidias y considerada una de las siete maravillas de la antigüedad. De las ciento cuatro columnas corintias de este templo gigantesco solo encontramos en pie una de diecisiete metros, restaurada por el estado alemán. Las demás yacían en pedazos, esparcidas por todo el templo.

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Si algún día tenéis la suerte de venir a Olimpia, por muy agotados que estéis sería imperdonable que no visitarais el Museo Arqueológico, o al menos su sala central, dedicada al templo de Zeus. En ella se conservan, muy bien restauradas, la decoración de los dos frontones y sus frisos respectivos, que narran sendas leyendas.

En la fachada oriental, presidida por Zeus, se cuenta en imágenes la leyenda de Pélope y Enómao. Pélope, protegido de Zeus, no quería casar a su hija, por lo que retaba a los pretendientes a una carrera de cuadrigas amañada: sus caballos eran de origen divino. Si un pretendiente ganaba se podían casar con su hija; si perdía era condenado a muerte. Once hombres habían muerto en el intento cuando apareció Enómao, con unos caballos cedidos por Poseidón. Amañó el carro de Pélope para que se le rompiera el eje durante la carrera y consiguió derrotar a Pélope y casarse con su hija, que también estaba en el ajo. Moraleja: si te protegen los poderosos (sean dioses, reyes, políticos corruptos, banqueros o policías patrióticos) puedes hacer todas las trampas que quieras y te saldrás con la tuya.

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El frontón occidental muestra una batalla entre los lápidas y los centauros, presidida por Apolo. Parece ser que los centauros, invitados a la boda de Pirítoo, rey de Lápida, se hartaron de vino y decidieron raptar a las guapas mujeres lápidas. Los hombres no estuvieron muy de acuerdo, y de ahí la batalla; por suerte los lápidas consiguieron derrotar a los centauros y expulsarlos de Tesalia.

Me impresionaron especialmente dos mujeres que parecen esconderse bajo el extremo izquierdo del frontón; sus expresiones muestran claramente su terror ante una posible victoria de los centauros.

A mediodía aprendimos otra expresión en griego; el camarero que nos sirvió la comida nos deseó kali orexia, buen apetito. De ahí lo de anorexia, ausencia de apetito. De todas maneras no hacía falta que nos lo dijera, devoramos la comida como si lleváramos días sin probar bocado.

Paseando por la parte nueva de Olimpia, dedicada al monocultivo turístico, es difícil encontrar un local que no sea un restaurante o una anamnístika, una tienda de recuerdos. Buscando una panadería acabamos entrando en una tienda de reproducciones arqueológicas de bastante buena calidad, cuyo dueño nos aclaró un aspecto curioso de la religión clásica. Los antiguos griegos no adoraban a los dioses, sino que los temían, y les levantaban templos o les hacían ofrendas para aplacarlos. Muestra de este temor es que en el recinto interior de los templos (naos) solo entraban los sacerdotes, y las ceremonias religiosas públicas se celebraban al aire libre.

Algo de esto ha quedado en las iglesias ortodoxas, en las que la parte más sagrada o santuario queda oculta tras una cortina o biombo, el iconostasio. A través de su puerta santa solo pueden penetrar los popes.

A la mañana siguiente cruzaríamos el nuevo puente sobre el golfo de Corinto para volver a la Grecia continental, pero esa es otra historia,

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