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hombre sentado ordenador completaMúsica del NODO. Voces salidas de una radio de galena. Libre y rearmado, el ejercito bolchevique se ha unido en confluencia para imponer un estado totalitario, ateo, sin libertad de prensa, sin respeto a la sacrosanta propiedad, las tradiciones y las creencias. Un sin dios.

—¡Que vienen los comunistas!

Cajas B, formateos de discos duros, 1,2 millones de fianza. Bárcenas, Correa, Maroto, la Púnica, los trajes a medida. Calatrava. Amnistía fiscal. Uno de cada cinco ciudadanos al borde de la pobreza. Puertas giratorias. Patriotismo suizo, panameño. «Gorditas». «No te lo perdonaré jamás». Medallas a la Virgen. Un periodista comisario. Una manifestación en la Gran Vía de Madrid. Nazis. Un bosque de banderas rojigualdas. Remedos de las Casas Pound.

—¡Que vienen los comunistas!

Sindicalistas salidos de la nada que piden la dimisión de un alcalde, mamotretos estropeados —con deudas millonarias—, pantallas de propaganda con deudas, pésima gestión local de proveedores, aparición en las cuentas B, telefonazos para solucionar problemas, pisos del Matadero, pleitesía de dinosaurio franquista en cenas para la tercera edad. «No lleva corbata», «no lleva chaqueta», juras de bandera, premios a golpistas, argumentos como: «Venezuela», «vete a Cuba», «yo soy el pueblo». Estómagos agradecidos y bien alimentados. Grandes papadas, privilegios y cosmovisión de la vida desde el palafito construido sobre una matanza y cunetas llenas de muertos.

—¡Que vienen los comunistas!

Dicen los periodistas y opinadores que se reaviva el «anticomunismo» como arma contra la Confluencia. Se reaviva el miedo y el terror larvado durante cuarenta años de dictadura y otros cuarenta de los pactos de la Moncloa. Aquello que decía Elena Subirats en «Asesinato en el Comité Central»: «dictadura, ni la del proletariado». Muchos tenemos en la memoria un anticomunismo de pandereta: el de los rabos y cuernos que devoraba a niños pequeños. Y uno asesino, gris, metódico: el de los fusilamientos, las cárceles, las torturas, las partidas de guardas civiles disfrazados de guerrilleros. El anticomunismo está en la educación sentimental de aquellas generaciones que fueron educadas en el miedo heredado, el miedo a los golpes en la puerta a medianoche, el tiro, la tapia salpicada, la desesperación de ir a la cárcel, la certeza de saber que nunca más se debe llevar comida.

El silencio.

Es la pedagogía del millón de muertos y sus supervivientes. Existe un anticomunismo de base que se coagula en adagios y estribillos como el de «tú no te metas en » y el del «comer de la olla grande». Acumulación originaria de pamplinas: expropiaciones sin motivo, gulags para emprendedores, depuraciones arbitrarias, todas las dificultades para el supuesto creador de la riqueza: el rico y el que quiere serlo. Es un mal gestor el que no llevar corbata, tener un pasado de activismo y perroflauta.

No lo niegues. Lo tienes en la memoria: una okupa en tu pisito pagado con tu sudor explotando a iguales. Como la vieja comisaria política de Doctor Zhivago que vive ahora en la casa del poeta. Es fea, mal educada y malévola. Todos lo vimos. Todos oímos su voz áspera. ¡Así son!

—¡Que vienen los comunistas!

La crisis ha demostrado que la inestabilidad, la violencia, los tics totalitarios, la verticalidad de las decisiones, la arbitrariedad, el control de la justicia, proceden de los privilegiados y su comité central de multinacionales. Son ellos los que han quitado las casas, han expoliado los ahorros de muchos ciudadanos, han usado dinero público para rescatar a entidades privadas, han subido la deuda pública por encima del PIB, han recortado derechos sociales para ajustar la economía del 1 %, han aprobado una ley que va a meter en la cárcel a dos titiriteros por un cartel, montan declaraciones para purgar a una parlamentaria, usan la policía política para multar a una chica a la que le gustan los gatos y permiten la expresión nazi por la Gran Vía. Son los que no condenan el Franquismo. Los que hablan de problemas de hambre en Venezuela y no ven las colas de carros de la compra a las puertas de las parroquias. Son ellos los que han enchufado a sus familiares.      —¡Que vienen los comunistas!

Eran —antes de la «legislatura fallida»— los de los DOS partidos ÚNICOS con el MISMO ideario en lo fundamental. Los que tienen un vocero único llamado «oligopolio informativo» que al Pravda asombraría. Son ellos los de la gestión cortijera de lo público y de lo común. Son los que tienen comisarios políticos en las columnas de opinión y en el funcionariado perruno.

—¡Que vienen los comunistas!

¿Que vienen? Que vengan.

Pero.

Que vengan liberados de los manuales de economía de la URSS, de Konstastinov y aquello de «¿que era primero el sujeto o la naturaleza? Si digo el sujeto, soy idealista, si digo la naturaleza, soy materialista». Que vengan sabiendo que la modernidad, el colonialismo, el capitalismo, el racismo y el eurocentrismo nacen a la vez. Que vengan sin la interpretación de Afanasiev, de Harnecker —que en su librito no habla de la categoría fundamental, la plusvalía— y de Politzer. Sin Althusser, que no se había leído El Capital. Que vengan sabiendo que en casi las diez mil páginas que Marx escribió de 1857 a 1867 no se encuentran dos páginas seguidas dedicada al tema supra-infraestructura. Que vengan sin la falacia reduccionista economicista. Olvidando eso de que la economía era la última instancia. Que se olviden del materialismo fisicista.

—Y dos huevos duros.

Que vengan sabiendo que el viejo judío, el que se sentaba cada día en la biblioteca del Museo Británico, construyó sus categorías sacrificando «mi salud, mi alegría de vivir y mi familia». Que usó, con precisión y conocimiento, la teología semita. Que trufó sus textos, con la profundidad de un teólogo, con expresiones como «la acumulación originaria es el pecado original». Que nunca dijo que se debía ser ateo («este tonto de Bakunin me quiere meter en la Internacional una Asociación de Ateos Socialistas, pero la Internacional no es una asociación teológica”). Para Marx, el ateísmo era solo una cuestión teológica. No una negación de la teología. Sólo se debía abjurar, como Isaías mirando cómo se quemaban los fetiches, de la religión que mediatiza al otro, a la otra, para usarlo, que tiene fe ciega en el dios Moloch —el dinero como dios— al que le sacrificamos todos los días víctimas.

—Y dos huevos duros.

Que vengan sabiendo que este personajazo irrepetible, un pauper ante festum, nunca escribió una receta con la mala letra que le impidió trabajar en el ferrocarril de Londres. Que en eso que se llama «corpus teórico de Marx» nunca se especificó que el estado fuera a desaparecer, ni que había que escribir «realismo socialista». Que El Capital no es un tratado de política. Es el despliegue de un marco categorial, de categorías, para «la crítica de todo el sistema de categorías de la economía política burguesa». Una herramienta para hacer investigaciones económicas. No era un manual para tomar el Palacio de Invierno.

—Y dos huevos duros.

Que vengan, pero que sepan que la mitad del trabajo de Marx no estaba —no está— publicado. Que sólo publicó la primera parte de seis, y a su vez, de setenta y dos. Que editar todo Marx costaba mucho menos que un MIG. Que no se publicó porque el «catecismo» guardaba verdades que ponían en quiebra la ortodoxia soviética. Que olviden eso de que lo hizo todo válido para el siglo XXI. Que sepan continuar el discurso. Que no es un libro sagrado. Que con sólo Marx no tengo la solución.

—Y dos huevos duros.

Que vengan pero sabiendo bien qué hizo el viejo. Que sepan que hay que leer los Grundrisse y que la verdadera categoría importante de Marx es trabajo vivo, categoría que se han escamoteado entre las falsificaciones y reduccionismos. Que sepan que el trabajo vivo no tiene valor porque es el creador del valor. Y que se crea de la nada. Como hizo el dios semita que tanto rechazan los ateos. Que era un vitalista de izquierda, siendo la vida, y no la economía, la última instancia. Que es necesaria hacer crítica marxista de la URSS y su rollo «aumento de la tasa de producción» como la que hizo, el desconocido para los académicos, Franz Hinkelammert.

—Y dos huevos duros.

Sé que no grito en el desierto, ese laberinto. Pero sí en un metro repleto de gente con cascos puestos. Mi tesis suena bastante provocativa para los dogmas lastrados de los cuadros y los extraparlamentarios, para los grupúsculos y los aparatos. Y estoy seguro que me caerán cates por ello. Que caigan. Pero hay que volver a Marx y a su lectura porque es el único crítico en profundidad del Capitalismo. Y olvidar las interpretaciones fáciles.

Bienvenido, viejo.

¿Qué es el comunismo? Es un postulado, en la línea de Kant, una idea, el cuento de Galeano sobre el horizonte y la utopía. Una sociedad justa y libre donde el productor de la riqueza no sea el que menos tiene. Es un principio regulativo. Una guía. Como la Estrella Polar para los navegantes chinos. Aunque nunca se pueda llegar a ellos, lo importante es acercarse cada vez más. Un freno, como escribía Walter Benjamin.

Es necesario hacer una teoría política para gobernar. No sólo es la crítica. Debe ser un proyecto articulador y organizador. Debe ser la fundación de una serie de principios normativos para evitar la corrupción de las personas. Lo que debemos proponer es el diagnóstico de cómo funcionan los sistemas políticos.

¿Tienen ustedes programa? No, se va haciendo. Pero, ¿cómo van a cambiar el mundo? ¿Cómo van a cambiar las condiciones económicas?¿Pero cómo puede ser eso? Eso es una falta de previsión.

—Deje ver —dijo José Daniel Fierro rascándose el bigo­te con el caño de la escopeta nueva, un tic que el Ciego de­ploraba por poco profesional—. Con lo que tiran a la ba­sura en Queens en Nueva York en una noche, se podría amueblar un pueblo de Cuzco diez mil veces mejor de lo que está ahora. Con los desperdicios de un restaurante cla­se media de Caracas, comen 60 familias argelinas cinco días. Los solteros que pasean en la noche en Buenos Aires ha­rían las delicias de las solteras que sueñan solitarias viendo las estrellas de Bangkok. Los libros que he comprado y no leído resolverían los problemas de una biblioteca para en­señanza media en Camagüey. Con el salario mensual de un tranviario del D.F. se vive un día en el César Palace de Las Vegas. Con los discursos de un gobernador priísta mexica­no se pueden volver locos seis detectores de mentiras. Con la lumbre que hay en los poemas de Vallejo se cocinan to­dos los hot dogs que se consumen en un día en Monterrey. Con las palabras que he usado en 35 años para explicarlo, si las hiciéramos piedras, podríamos haber construido en Texcoco tres pirámides de Cheops . . . ¿Está claro?

—¡Un sin dios!

Porque hay que ser muy animal para dar la espalda a los sufrimientos de la humanidad.

Fotografía: José Montero

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