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La primavera sigue al verano, el verano al estío, el estío al otoño, y el otoño al invierno, y el invierno a la primavera, y así torna a andarse el tiempo con esta rueda continua.

El ingenioso hidaldo Don Quijote de La Mancha. II parte. Capítulo LIII.

En las profundidades del invierno, finalmente aprendí que en mi interior habitaba un invencible verano.

Albert Camus. El mito de Sísifo.

Este verano ha empezado con una alucinación desmesurada y nunca vista: todo el mundo se mueve alternativamente pertrechado por obligación con tres modelos de mascarillas: las leves quirúrgicas, las fp2 incómodas y las bonitas de tela. No es la primera vez que damos un salto para imaginar cómo se enfrentaría a este nuevo mundo alguien que hubiera vuelto a la vida tras medio año en coma. Hemos sobrepasado todas las expectativas. Además, ahora tenemos un fantasma rondando, el de un eventual rebrote que va asomando la cabeza y al que cada comunidad autónoma debe aplastar inmediatamente a martillazos, poco tiempo después de haber comenzado a movernos libremente.

Y nos enfrentamos a un verano truncable, efímero, sin que nos llegue la camisa al cuerpo, pensando en un futuro inmediato, pues la imaginación no nos da ni para el medio plazo. Podríamos contar un verano distinto por cabeza; de eso se trata aquí. Este verano es especial porque llega abruptamente, sin apenas transición, tras una vida normal que concluyó el pasado catorce de marzo, aún en invierno. Para otros, el verano supone libertad año tras año, y más éste de 2020 por suceder al confinamiento tan prolongado por el estado de alarma. Si otros años se nos avivan todos los sentidos, cómo no va a ocurrir ahora tras dejar atrás -parcialmente- el grueso de una pandemia que tiene entre otros síntomas la pérdida del gusto y del olfato.

Vulnerable verano
Fotografía: Jesús Machuca

Esta primavera en la que hemos batido nuestra marca personal de horas bajo techo doméstico, daría paso a la temporada alta de los que encuentran su principal medio de subsistencia durante julio y agosto. Al trabajo a destajo de todos los empleados en hoteles, bares, guías turísticos o al cénit de las giras de músicos, compañías de danza, teatro, escritores y profesores en cursos -como no- de verano, muchos de ellos con una prórroga temporal de subsistencia frente a la precariedad indefinida de su oficio. La contrapartida a estos profesionales la padecerá el público. Buena parte de los asistentes a los destinos turísticos de masas o de élite -una masa más- programan con hasta un año su veraneo. Han cancelado sus planes y ahora no saben dónde ir. Todo se ha venido abajo en cadena. Algunos se apuntarían a un bombardeo con tal de no quedarse en casa.

Luego, están los que siguen con sus preocupaciones de siempre, sus hábitos, su decisión de salir si pueden; eso sí: condicionada por cualquier circunstancia que se interponga en el camino. Ellos lo viven quizá como toda la vida, pero ante la decisión de salir, se enfrentan esta vez, como tantos, a la incertidumbre de adelantar el regreso a casa o anular viajes a última hora.

Aunque ya podíamos movernos, no nos ha dado tiempo a disfrutar del verano original, el que antecede a la desazón del estío1 de julio y agosto, su calor insufrible y su no saber cómo estar a gusto, que finalmente nos obliga a movernos, a buscar un lugar más fresco o con mar y, sobre todo, distinto. España vive un verano muy corto y un estío desproporcionado para los que no pueden disfrutar de él, donde nos encontramos con el mes de la canícula, aproximadamente del 15 de julio al 15 de agosto, o con el agostamiento de algunas plantas, si el calor puede con ellas y las seca.

Este verano inquietante que queremos disfrutar, podría truncarse por la vuelta atrás en el confinamiento debido al descontrol de la pandemia; en fin, porque alguien haya dejado una puerta abierta y se trastoque la vida normal y las posibilidades de salida, entrada, visita o intercambio.

Será difícil mantener normas y restricciones, como la distancia social y la mascarilla en su lugar correcto, porque ya las hemos seguido durante un tiempo superior al que estamos acostumbrados a soportar. Pero no nos queda más remedio que mantenerlas si queremos conservar esta anormal normalidad hasta recuperar la normalidad perdida.

Ahí siguen las decisiones, la apuesta por el disfrute y la libertad, la expectativa de cambios, las ganas de conocer otras personas, las agujetas, las lecturas… para el verano. No se trata de planes de supervivencia, sino de usar todos los dedos de las manos, incluso soltando sin aprensión los que cruzamos para conjurar el infortunio. Ahí queda para todos. Feliz verano y mucha suerte.

Notas al pie

1. Gracias, Carmen Camacho, por contar sobre la antigua quinta estación del año, el estío incómodo y abrasador, de cabeza embotada, insomnio y vehemencia de pasiones, y su diferencia con el verano benigno como primavera madura que lo precede.

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