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Federico sopranis

Ilustración: pedripol

Por fin retomo mi paseo de media tarde después de que las lluvias que han azotado el este de Texas me lo hayan impedido durante una semana. No he sido el único al que el tiempo ha obligado a alterar sus rutinas. Se da la circunstancia de que el Simposio sobre Riesgos de Riadas y Tormentas que el Houston City Council había organizado el miércoles pasado tuvo que ser suspendido debido al agua que hacía impracticables las carreteras. David Martin, uno de los organizadores, manifestó su preocupación por que el mal tiempo se prolongue hasta el 5 de febrero, el domingo en que la Super Bowl se llevará a cabo en Houston. Su comentario me llevó a pensar que dudosamente se hubiera obtenido algún resultado provechoso del citado simposio y que poco se perdía con su cancelación.

Mientras camino por los senderos embarrados observo cómo algunos hermosos y altos cactus yacen en el suelo después de que el agua haya arrastrado la tierra a la que se aferraban sus raíces. Viejos amigos a los que echaré de menos en futuros paseos. Cuando reflexionaba sobre la forma más segura de sortear un charco de profundidad inquietante ha sonado el teléfono. Se trata de un antiguo conocido, reportero del Houston Chronicle, que quiere conocer mi opinión sobre el servicio en español de la Casa Blanca que la administración Trump ha hecho desaparecer.

La inercia académica podría haberme empujado a recurrir al apoyo de los datos históricos y recordar el arraigo del español en estas tierras. Así, podría haber mencionado a Álvaro Álvarez de Pineda, que en 1519 reclamó el territorio de Texas para la corona, o a Alonso de León, que funda San Francisco de Texas en 1689. Incluso podría haber citado el Tratado de Adams-Onís, que en 1821 establece las fronteras entre España y EE.UU. Pero todos esos hechos históricos, de peso indiscutible, empalidecen ante el auténtico significado del gesto realizado: se trata de una falta de respeto a la que es la primera minoría de este país.

“Tenemos un país donde, si te quieres integrar, tienes que hablar inglés.” “Este es un país donde hablamos inglés, no español.” “[Jeb Bush] debería dar ejemplo y hablar en inglés mientras esté en Estados Unidos.” Donald Trump dixit.

Habría que recordar que la constitución de EE.UU. no establece en la actualidad un idioma oficial para la república, pese a los numerosos intentos que se han llevado a cabo para colocar al inglés en esta situación privilegiada. No obstante, y principalmente desde finales de los 80, 31 estados han modificado sus leyes fundamentales para que así sea, poniendo en evidencia las sospechas que los inmigrantes despiertan en determinado grupo de población y de qué forma estos son percibidos como un cierto tipo de amenaza.

Sería simple, aunque no del todo desacertado, achacar esta maniobra de escamoteo del idioma español a la proverbial ignorancia del nuevo presidente o al arraigado sentimiento patrimonial del país del que la comunidad angloparlante hace gala. Yo, en cambio, me inclino por una explicación no por más lógica menos desasosegante. No es la primera vez que en este país se emprenden acciones contra una lengua. Sirva de ejemplo la campaña que tras la entrada de EE.UU. en la Primera Guerra Mundial se llevo a cabo contra el idioma alemán, llegando al punto de prohibir la publicación de libros en esa lengua o su enseñanza en las escuelas, campaña de enorme impacto en lugares como Pennsylvania donde todavía se mantenía la doble nomenclatura inglés-alemán de las calles. La marginación del idioma español se utiliza, también ahora, para identificar al enemigo con claridad, y no es otro el status que le asigna la administración Trump a México, contra el que ya proyecta beligerantes actuaciones, como la construcción del famoso muro o la repatriación de empresas y capitales.

De cualquier manera, estoy convencido de que este gesto de desprecio hacia el idioma español, aunque grave, pronto pasará desapercibido y no dudo de que la nueva administración rectifique achacándolo a un problema técnico, declaraciones que se sumarán a los despropósitos y salidas de tono, mezcladas con desmentidos, a los que los nuevos responsables nos tienen acostumbrados. Habrá contribuido también a que pase desapercibido un hecho todavía más grave: es la primera vez desde 1988 que ningún hispano forma parte del gobierno. Aunque por otro lado sería bastante paradójico, y a la vez frustrante, que la política de cuotas hubiera sido la responsable de llevar a la nueva administración a personajes como Ted Cruz o Marco Rubio.

Le trasmito mi perplejidad a Edward Youngblood, el nativo tonkawa que habita en el destartalado taller de mantas tradicionales donde suelo concluir mi paseo, allí donde el pueblo pierde su carácter residencial y empieza el desierto. Después de escucharme con atención se levanta y retira uno de los cacharros desportillados en los que ha ido recogiendo las goteras de los últimos días, y que todavía se encuentran repartidos por todo el cobertizo. Mientras lo vacía en la pileta me mira y dice “yakona”, término que en idioma tonkawa significa “riada”.

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