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Angel pinto 3

Fotografía: Africa Mayi Reyes  (CC BY-ND 2.0)

En el deporte –en realidad, en cualquier ámbito- existe una cierta tendencia a abrigarse en la comodidad de los lugares comunes: nunca hablo de los árbitros, tenemos que hacernos fuertes en casa, las rachas están para romperse…

A este último cliché imagino se aferrarían durante la semana los jugadores maños, teniendo como tenían que recibir a un equipo gaditano que contaba sus últimos cinco encuentros ligueros por victorias. Y posiblemente el desafío debía motivarles sobremanera, porque los blanquillos saltaron al maltrecho césped de “La Romareda” con la agresividad propia de una cuadrilla de piratas ebrios de ron aliñado con pólvora.

Corría el minuto 3 cuando Papunashvili (Papu para los amigos y para su camiseta) tatuó la suela de su zapatilla izquierda en la tibia de José Mari. Fue una entrada criminal, de las que te hacen volver la cara, de las que te encogen el estómago, de las que te obligan a ver un vídeo de gatitos para quitarte la desazón.

A esa patada alevosa le siguieron tres o cuatro más, que se saldaron con faltas, rifirrafes, amarillas al aire, amarillos por el suelo… Entre el rosario de tarascadas, el césped escacharrado y el público excesivamente gritón, el partido fue adquiriendo el aire atrabiliario y cañí de los partidos de regional preferente.

Intentaba mantenerse ajeno a las circunstancias el Cádiz, que, con Barral en punta como principal novedad, había salido bien plantado (al contrario que el césped). El equipo presionaba muy arriba, robaba con cierta facilidad y manejaba el balón con soltura en campo contrario. Faltaba, eso sí, culminar: apenas anoté tres o cuatro intentonas por las bandas que terminaron en saques de esquina o en remates inocuos.

Muy pronto llegó la primera expulsión del partido (y ya les adelanto que no sería la última). En un gesto pueril, Verdasca insultó al árbitro en sus narices tras ser amonestado, lo que le valió una ducha antes de tiempo. Incluso su capitán, Zapater, le afeó la acción.

Entre bronca y bronca, el partido continuó con su desarrollo espasmódico. Los gaditanos llegaban bien por ambas bandas pero los centros de Álvaro y Salvi carecían de veneno. Un poco antes del descanso, José Mari, renqueante, dejó su lugar a Abdullah en un cambio que resultaría clave para el destino del choque.

La reanudación se ajustó a lo esperado. El Cádiz intentaba manejar la pelota esperando a que el ácido láctico apelmazara las piernas de su menguado rival; el Zaragoza se defendía con orden, confiando su quehacer ofensivo a la habilidad de Febes y al trabajo incansable de Iglesias.

Este escenario duró poco.

En el minuto 52 Abdullah rompió el partido.  En una demostración de su exquisita técnica, filtró un balón bombeado entre los centrales aprovechando el desmarque de Alvarito. El utrerano sacó ventaja en el control y marcó con un tiro preciso que se coló bajo el cuerpo de Álvarez.

El Zaragoza ya no tenía nada que conservar y adelantó líneas. La grada, ofendida por lo que consideraba un arbitraje hostil, convirtió su adrenalina en gritos de ánimo, intentando enardecer a su equipo.

Y a fe que por unos instantes lo consiguió. Los aragoneses se acercaron a la portería de Cifuentes y si bien el asedio no cristalizó en ocasiones claras, la esperanza sobrevoló “La Romareda”. Pero todavía faltaba un golpe de efecto.

En una jugada aparentemente anodina, el meta Christian Álvarez interceptó un balón con la mano fuera del área. Fue un gesto instintivo, casi animal, para evitar una ocasión muy clara de Carrillo. El portero ni protestó la tarjeta roja y a los locales solo les quedaba la carta de la gesta heroica: remontar con nueve jugadores es, más que una proeza, casi un imposible.

Aunque el escenario era aparentemente ideal, el Cádiz quedó un tanto desconcertado por esta segunda expulsión. Como el boxeador que no atina a colocar el golpe definitivo a un adversario maltrecho, deambuló indeciso durante los minutos siguientes. Los ocho jugadores de campo del Zaragoza se aprovecharon de las dudas amarillas y generaron alguna ocasión extemporánea, favorecidos por el nulo rigor táctico de Abdullah y por una cierta atonía general.

Cervera intentó revertir la situación dando entrada a Dani Romera, y precisamente fue el almeriense el que abortó cualquier posibilidad de empate local al anotar el segundo gol a pase de Salvi, en la primera jugada en la que el Cádiz tocó el balón con sentido y profundidad.

La racha de victorias, pues, continúa abierta. El Cádiz, a lomos de una dinámica positiva, se está encaramando a la cima de la clasificación (quién nos lo iba a decir hace poco más de un mes…).

Mientras que no cambie el viento, seamos felices. Y si cambia, también.

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