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Fotografía: Jesús MassóSusana ginesta

Vivimos un momento de dicotómicas confrontaciones ideológicas, la izquierda – la derecha, Ganar Cádiz – Podemos, toros sí – toros no, el fútbol como deporte – el fútbol de millonarios y hooligans, feminismo – machismo (que aunque no sean términos antagónicos, aún hay gente que debate sobre algo tan básico a nivel conceptual), ninfas sí – ninfas no, azafatas en el circuito sí – azafatas no, corrupción galopante – casos aislados, medalla a la virgen del Rosario sí – medalla no, el PSOE de estos – el PSOE de aquellos, tortilla con cebolla o sin cebolla… todo se discute con una vehemencia visceral, todos los días y varias veces además, con lo que el esfuerzo llega a ser sobrehumano y con escasa recompensa si pensamos en el mínimo porcentaje de personas que son capaces de cambiar de postura gracias a un debate en Facebook, en una cena de Nochebuena o en la oficina.

Y aquí pasa como con la dieta, nos levantamos con un desayuno espartano de pan de centeno integral y café solo con sacarina y terminamos con una cena vikinga, comiendo con las manos y con toda la cara chorreando de pringue. Nos decimos “hoy no me meto en ná, así no me llevo sofocones”, y a las nueve y cuarto de la mañana ya hemos retwitteado cuatro opiniones, dado a me gusta a siete post y hemos publicado una parrafada dejando clara nuestra posición sobre la extinción de la melva canutera, es más, empezamos escribiendo con una diplomacia que podrían contratarnos perfectamente de Community Manager en Buckingham y a mitad del comentario las teclas están hasta metidas para dentro de lo calentita que nos hemos ido poniendo poquito a poco. El punto final del post es como el mazazo de una jueza del Supremo justo antes de irse de vacaciones a las Bahamas.

Debatir es sano, el ejercicio de confrontar ideas conviene practicarlo a menudo para no convertirnos en personas aborregadas y dóciles, nos despierta la mente y nos acerca a otras opiniones diferentes a las nuestras. Debatir es todo un arte, pero para que así sea, hay que disponer de herramientas y tener habilidades sociales  que nos permitan
expresarnos, aceptar otros puntos de vista y defender nuestras ideas de manera asertiva. También hay que tener gran capacidad de resiliencia para encajar aquellos comentarios de personas que no saben discutir y que sólo sueltan latigazos por la boca.

A veces es duro posicionarse. Posicionarte te desnuda, te hace el blanco de trolls que desean carnaza. Gente tóxica que no soporta opiniones contundentes. Pero el argumento que más escucho para rebatir lo que sea, es lo que he venido a denominar: “el discurso de la importancia”. La teoría se resume en las siguientes frases a modo de ejemplo:

 

  • “¿Habrá cosas más importantes por las que protestar que por esa tontería?”
  • “La de cosas que hay por hacer y mira en que gilipollez se entretienen”
  • “¡Con el paro que hay en Cádiz, mira que pararse en pamplinas!”

 

Se resta importancia a lo expuesto alegando que hay otras cosas más importantes que cambiar. Este argumento simplista sirve para todo, y lo suelen esgrimir personas que pretenden desprestigiar una opinión, pero no tienen muchos argumentos de peso para contrarrestar ni tampoco hacen nada por cambiar otras realidades.

Yo me pregunto qué es lo realmente importante y supongo que depende de lo que cada uno/a considere. Obviamente el paro es una lacra social que impide que muchas personas puedan tener una vida digna. Es algo por lo que hay que trabajar a nivel político y social. Eso no se discute. Pero que el paro en nuestra ciudad sea una realidad patente no quita que podamos luchar, protestar y debatir sobre otras realidades paralelas y latentes.

Todo se construye con pequeños actos y acciones diarias. Por ejemplo cuando hay un debate sobre el lenguaje sexista, hay muchas personas que se rajan las vestiduras por la gilipollez que supone que se le dé importancia a hablar incluyendo el femenino. Bueno, se puede pensar que es una gilipollez o se puede pensar que es una manera de poner un granito de arena ante un entramado patriarcal complejo que está plagado de micromachismos. Si nos ponemos así, un anuncio sexista es una tontería, un borderío por la calle es una tontería, un cuento donde ellas sean las pasivas – durmientes incapaces de rescatarse solas es una tontería, un cuplé a las cachas de la vecina es otra tontería… y así hasta que construimos una realidad desigual con un imaginario común sexista que termina legitimando las violencias más visibles. Una medalla a una virgen, es una tontería para muchas personas y algo importante para otras. En cualquier caso todo lo que suscita tanta polémica siempre es importante, ya que remueve a las personas, tanto para un lado como para el otro. Es importante a nivel de fe para quien piensa que es una manera de galardonar a un icono religioso de relevancia para la ciudad y es importante para quien opina que un estado laico debe separar lo religioso de los consistorios o los ayuntamientos se terminarán convirtiendo en un lugar de peregrinación, donde igual se dictamina una ordenanza que te purifican con agua bendita y te echan las cartas.

Siempre hay debates y debates. El otro día puse Telecinco, (sí, lo confieso) y encima puse el programa de Ana Rosa Quintana, (ahora podéis dejar hasta de hablarme), y de los cinco minutos que dejé el programa puesto, cinco minutos se llevaron hablando sobre la mierda que Leticia Sabater había dejado cerca de donde estaban durmiendo sus compañeros del reallity  Supervivientes. Lo quité. Pero tenía pinta de que llevaban un buen rato hablando de eso y que no tenían intención ninguna de cambiar de tema. En ese momento me acordé de la carrera de periodismo de Ana Rosa y de lo repipi y finolis que me había parecido siempre. Pues ahí estaba la tía, hablando de los mojones de Leticia Sabater. Y es que hay público para todo, opiniones de todo tipo y “siempre hay un tiesto pa una mierda” nunca mejor dicho.

El “discurso de la importancia” es muy común en personas que se mojan poco, que no tienen una lucha clara o que les da coraje que otras personas defiendan lo que creen justo. La gente que se implica y que se deja la piel no se merece que desprestigien su lucha con argumentos de que algo es irrelevante. Si se está en contra, maravilloso, argumente, pero con criterio y amabilidad. Construyamos y no ataquemos. Charlemos y no gritemos. Fíjense en la cara de Ana Rosa por ejemplo, ya puede estar en contra de sus tertulianos/as que la muchacha no pone ni un gesto desagradable. Aunque ahora que lo pienso, igual es el bótox que no la deja ni pestañear.

A veces hay que sopesar si merece la pena entrar al trapo. Yo misma me veo en esa tesitura muchas veces y siempre pienso en lo siguiente: ¿Qué me va a producir más gasto de energía? ¿Callarme y no meterme en fango, mientras me corroen las tripas como si tuviera ácido en el esófago? o ¿gestionar y contestar argumentos de algunas personas que no quieren escuchar y que únicamente quieren “hablar de su libro”? Depende de la situación me meto en berenjenales o respiro profundamente y desvío mi instinto animal. A veces me siento Buda y a veces me siento Belcebú, pero ahí estamos en esa constante dicotomía. Y es que la vida, es como Cádiz, a veces es tacita de plata y a veces es olor a meao.

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